viernes, 27 de abril de 2012

Capitulo 1 ''Encuentros''


En la ciudad, deshabitada, con tanta suciedad que le daba una tonalidad grisácea y deprimente, los papeles revoloteaban por el suelo creando sombras vivientes que se movían con la melodía que el viento, sollozos y gritos a la lejanía componían.
El cielo nublado dejaba pasar algunos rayos de sol, que se proyectaban hacia el suelo creando columnas de luz.
Ella estaba plantada en medio de la calle, llevaba una camisa amarillenta, unos pantalones vaqueros rasgados y una mochila de color beis colgada a la espalda, su mano empuñaba una katana que apuntaba al suelo. Su espalda se mostraba tensa como si esperara entrar en combate de inmediato. Una respiración acelerada se iba intensificando a cada momento, ella miraba al frente con una expresión tan seria que hubiera derrotado al mismo diablo. Levantó la katana y flexionó sus piernas, la respiración cada vez era más fuerte y aterradora, pero ella frunció el ceño, empuñó la espada con las dos manos y el brillante metal destelló en sus ojos marrón claro  con anillos verdes rodeando el iris. Entreabrió sus rojizos labios que contrastaban con su piel blanquecina adornada de múltiples pecas. El viento sopló y su alocado cabello, castaño oscuro, se despegó de sus hombros, corrió hacia delante gritando.
Un ser apareció delante de ella corriendo como un animal, apoyando sus manos en el suelo, flexionando sus piernas para impulsarse velozmente. Con un saltó llegó hasta ella pero esta se desplazó con un rápido movimiento a un lado, giró sobre su cuerpo, levantó la katana que resonó cortando el viendo, mientras la espada se dirigía hacia el ser, ella cambio la posición de las manos como si fuera a clavarla en el suelo, gritó de nuevo y atravesó la cabeza de su enemigo. La sangre salpicó hacía su cara.
-                            -       Se supone que fuiste un humano, pero no te queda de ellos… ni la sangre.- dijo limpiándose la cara con la manga de su camisa rota y desgarrada por el tiempo, manchada con la sangre de un rojo oscuro.
Sacó la espada de la cabeza de su enemigo, se giró de espaldas y empezó a andar, cuatro gotas de aquella sangre se deslizaron por el filo de la katana goteando en el suelo y dejando un rastro a su paso.
Ella se giró y miro al suelo. No es bueno marcar el camino a casa, pensó. Y en su cara se dibujó una sonrisa llena de melancolía mientras sacudía su espada con la intención de deshacerse de la sangre.
Se deslizó como un reptil por las calles pasando desapercibida de cualquier otro enemigo, que siempre atacaban. No quería que nadie descubriera donde tenía su escondite. Giró por una esquina y llegó a una calle amplia y, como siempre, solitaria. No debía confiarse demasiado y tener cuidado de mantener en secreto su hogar. Aunque esas bestias parecieran poco inteligentes sería muy peligroso que alguno pudiera encontrarlo.
Recorrió con la vista toda la amplia calle, detenidamente, cuando vio que no había nadie dio algunos pasos más y finalmente entró en uno de los edificios. Al subir por las escaleras iba revisando, como siempre, cada rincón en el que pudiera haber alguien. Finalmente, tras un largo recorrido, llegó al final. Allí en el último piso solo había una gruesa puerta de madera. Se paró enfrente y apoyó su cabeza en ella. Suspiró.

-     Abre.- dijo mientras apoyaba una mano en la puerta y se incorporaba.
En ese momento le cambio la expresión de su rostro se volvió más amable aunque en sus ojos se podía ver la frustración que el mundo debajo de esas escaleras le causaba. La puerta se abrió. Una joven de su misma edad de pelo negro y de ojos oscuros, vestida con un traje corto, de color verde y desgastado, la miró y vio que su cara estaba manchada.
-         No puedes entrar así. – Suspiró mientras sacaba de uno de los dos bolsillos, que tenía a la altura de la cadera, un pañuelo blanco e impecable. Se lo acercó a la cara y le quitó la sangre que anteriormente se había restregado.
-          Lo siento Jade, intenté limpiarme- dijo mientras se rascaba la cabeza con gestó despreocupado.
-          Intentaste limpiarte, ¿eh? Me alegro de que estés bien Aura. – Le dijo con una amable sonrisa.
-      Encontré algo de comida, parece comestible.- dijo mientras miraba por encima del hombro de su amiga- ¿Cómo están?
-          Los niños están bien, no han parado de preguntar por ti en toda la mañana.- sonrió.
-          Tengo sueño, espero que me dejen descasar un poco. –bostezó.
-          Eso será difícil, sabes que van a hacerte sus interminables interrogatorios. – Se apartó de la puerta   dejando pasó a Aura. – Venga entra, te prepararé algo caliente. Te has vuelto a ir sin la chaqueta. –  la miró molesta, no quería que se resfriara.

Aura entró en el ático y miró a su alrededor. En aquel amplio salón habían unos colchones, en el suelo de madera, pegados a la pared y delante de unos grandes ventanales había una mesa donde estaban sentados tres niños y una niña jugando a cartas, aunque habían cuatro sillas, dos de ellos estaban sentados encima de la mesa. Uno alzó la vista y se quedo mirándola, le sonrió con una tierna sonrisa, Aura se sintió feliz al ver a aquella criatura de ojos azules y de pelo rubio largo y rizado. En su cara se dibujo una sonrisa y se arrodilló en el suelo.
-          ¿Cómo están mis pequeños exploradores? – Preguntó esperando la avalancha.
Todos los niños se levantaron, el pequeño que le había sonreído permaneció sentado encima de la mesa mientras los otros tres se tiraron encima de ella abrazándola y haciendo un sinfín de preguntas.
-          Vamos, vamos niños, dejadla respiran.- dijo Jade.
Se apartaron un poco y se sentaron a su alrededor, Jade se fue a la cocina dejando la puerta abierta mientras ponía a hervir un poco de agua.
Aura miró al niño rubio y le hizo un ademán con la mano para que se acercara, este bajó de la mesa de un salto y fue  hasta ella. La miró fijamente con aquellos grandes ojos.
     -     Has tardado mucho.- le dijo el niño que tenía unos siete años, con expresión seria.
Aura lo miró fijamente y sopló aliviada, al ver que ninguno de sus pequeños amigos tenía ningún síntoma de aquella enfermedad que consumía la mente de las personas.
-          Pero he vuelto, como te prometí Río.- Le sonrió y él le devolvió la sonrisa.


Una suave brisa nocturna sopló, apartando su alborotado y largo pelo negro. Miró a la luna, que esa noche estaba llena, sus ojos de un azul eléctrico parecían reflejar luz propia contrastando, así, con su pálida piel, sus labios rojizos se entreabrieron lentamente y respiró profundamente intentando imaginar que estaba en un bosque en lo alto de un árbol. Entonces abrió los ojos y volvió a la realidad, por un instante fue feliz, en lo alto de aquel edificio sabía que estaba a salvo, pero a él no le preocupaba su seguridad, algo le atormentaba por dentro. Por ahora solo podía ser un espectador sin poder hacer nada, su frustración se hacía más intensa con el paso de los días.
Miró hacía delante y una chica salió a una terraza de los altos edificios de la ciudad con un niño rubio siguiéndola, él se quedó plasmado mirándola. Levantó una mano lentamente hacia delante, de golpe la cerró y golpeó el suelo con fuerza, su rostro se entristeció. Se levantó ágilmente, miró una vez más hacía ella se volvió de espaldas y desapareció en la oscuridad.


A Aura le pareció ver algo en lo alto de uno de los edificios, sintió una punzada en el corazón y de repente se entristeció sin saber por qué.
-          ¿Estás bien? – le preguntó Río preocupado.
-          No lo sé. – dijo mientras miraba a la luna.
-     Oye, he estado pensando y creó que si me enseñaras a manejar la espada podría acompañarte cuando sales a por comida. – La miró seguro de lo que estaba diciendo, sin miedo. – Así podría compartir tu carga.
-         Río… - suspiró y lo miró con cariño. – No puedo dejar que me acompañes, si te pasara algo, nunca me lo perdonaría... –le apartó uno de los rizos que le caía por encima de los ojos, se agachó y le puso las manos en los hombros.
-           Pero yo… - Río tartamudeo, él quería ayudarla y no sabía como.
-          Tienes un sí y un no. – Aura le guiño un ojo divertida. – Sí, te enseñaré a utilizar la espada, pero no podrás venir conmigo hasta que tengas dieciséis años.
-          ¿Enserio me enseñarás? ¿Podemos practicar un poco ahora? – Pregunto Río ilusionado.
-          Venga, pero te voy a explicar lo básico, por ahora no quites la funda. – Le dijo mientras le daba la katana.
Espero que no llegué el momento en el que tengas que salir a la calle con una katana peleando por sobrevivir, en nueve años todo esto debería haber cambiado, son ellos o nosotros…- Pensó Aura preocupada.
Después de enseñarle como coger la katana y los movimientos básicos, que ella misma no sabía cuando aprendió, Aura cogió uno de los colchones donde dormían los niños y Jade y lo sacó a la terraza. Río, ilusionado al verla y de poder estar tanto rato con ella, fue corriendo dentro a por una manta gruesa. Cuando Río salió a la terraza Aura lo miró.
-      Si te quedas conmigo te vas a resfriar, y si te resfrías no te daré más clases hasta que te pongas bueno, ¿estás seguro de correr el riesgo? – Le dijo Aura sonriendo, no quería que Río se resfriara pero sabía que él la necesitaba y solo podían pasar juntos pocos momentos.
-          Sí, estoy seguro. – Río, contento se tiró encima del colchón.
Aura cogió la manta, lo arropó y le dio un cálido beso en la frente. No sabía como aquel niño le había cogido tanto cariño y se asustó al pensar en lo que le podría suceder si a ella le pasara algo, lo que podría pasarle a Río, a los niños y a Jade. Pensó que debía ser fuerte, al menos tenía buenas razones, no estaba sola y eso le aliviaba. Pero cuando exploraba las calles sin más compañía que su espada se sentía desamparada y sola ante el mundo, ante la destrucción, ante la muerte. Se enfadaba con la humanidad, ¿Por qué no había nadie como ella en las calles? ¿Eran los únicos supervivientes? Si fuera así no aguantarían mucho más, pensaba. Tenía miedo de colapsar y dejar de luchar.

Un joven de pelo Castaño y ojos verdes claros miraba por una ventana de la biblioteca que por suerte, no fue tomada ni arrasada como todo lo demás. Dos hombres  permanecían detrás de él, sentados en una de las mesas cuadradas de la grande biblioteca rodeada de decenas de estanterías repletas de libros, untando flechas con un polvo amarillo.
-          Oye Aku, ¿enserio crees que esto funcionará? Ya sabemos que no podemos matarlos a menos que les cortemos la cabeza o la perforemos. – dijo el más delgado de los hombres de pelo oscuro y ojos de color miel de unos cincuenta años, dirigiéndose al chico de la ventana. – Tú chaval tienes mucha puntería pero nosotros no…
-          Creo que aunque esas flechas no los maten al menos los aturdirán y entonces vosotros tendréis más ventaja.- dijo con tono serio y tímido el chico al que, aquellos hombres, le pusieron de nombre Aku, una especie de diminutivo de arco, por su increíble puntería.- Tu Carlos no deberías acercarte tanto a ellos- se giró dirigiéndose al más grande de los dos, de cabello blanquecino y ojos oscuros, de unos sesenta años.
-          Eso espero, porque esas jodidas cosas corren como bestias hambrientas. – dijo Carlos riéndose. - ¿Qué dices Juan? ¿Vamos a ver si funciona la idea del chico?
-     Pues si no hay más remedio, vamos. – dijo Juan con cara de miedo, pero convencido de sus palabras.

Aku, acostumbrado a ese nombre, se había encariñado con aquellos dos. En la biblioteca había más gente refugiada, mujeres y otros hombres más, cargados con espadas y cuchillos. Aku los convenció a todos para que no usaran armas de fuego, se dio cuenta de que esos seres eran atraídos por cualquier tipo de ruido y era mejor ser silencioso si querían sobrevivir en aquel caos.
Salieron por la gran puerta, sus ropas estaban desgastadas y rasgadas por el paso del tiempo, Aku llevaba un carcaj cargado con las flechas que habían preparado y en su mano derecha un arco blanco moderno de esos que se utilizaban en las competiciones. Carlos prefería el hacha, le gustaba imaginar que era un bárbaro, al menos así se sentía más fuerte. Juan llevaba una espada de doble filo, aunque prefería no tener que usarla, siempre había sido un pacifista y ahora estaba obligado a luchar para sobrevivir, ya que ninguna de las otras personas de la biblioteca quería luchar y se pasaban el día llorando y aclamándose a sus dioses.
-       Chicos creo que esos de ahí dentro no aguantarán mucho más, seguramente se rendirán y se volverán como esas cosas. – dijo Juan preocupado.
-          Si eso pasa, mucho a mi pesar, tendremos que acabar con ellos. – dijo con tristeza Carlos. – Ahí dentro hay gente que abandono a sus hijos presas del pánico.
-          Ya os he dicho muchas veces que busquemos otro lugar para vivir nosotros tres solos, tendríamos menos bocas que alimentar y por la noches podríamos dormir tranquilos. –dijo Juan. – Siempre he querido ayudar a la gente pero les he mirado a los ojos y os digo que de humano les queda poco.
-          Está noche iré a buscar un lugar tranquilo, y cuando lo encuentre nos iremos allí.- dijo Aku con esperanza.
-          Eres un gran chico. – estalló en carcajadas Carlos. – Pero no  te vamos a dejar ir solo por ahí.
-          Me iré igual.- dijo serio y enfadado.
-        Vamos Aku no te enfades con Carlos. – dijo calmadamente Juan. – No queremos que te pase nada.
-          Me da igual si seguimos quedándonos ahí acabaremos muertos, ¿sabéis los que hay ahí dentro? – se estaba poniendo nervioso al pensarlo. –No podremos contra ellos. Por eso espero que mi idea funcione así lo tendremos más fácil y podremos irnos.
-          Si colapsan se mataran entre ellos, ya lo habéis visto son bestias solitarias. – dijo Carlos.
Aku estaba a punto de hablar cuando Juan le tapó la boca con su mano, no tenía ni idea de luchar pero al menos tenía un agudo oído. Al quedarse en silencio escucharon una respiración acelerada y ruido de latas esparciéndose por el suelo. Se acercaron sigilosamente, Aku se asomó por una esquina, con cuidado, y vio que una de esas bestias, vestida con ropa desecha, estaba rebuscando en la basura con las manos apoyadas en el suelo y olisqueando como un perro.
-          Voy a disparar. –susurró Aku.
Carlos y Juan asintieron con la cabeza. Aku colocó una de las flechas en el arco. Se concentró en su objetivo por un momento y le disparó a un brazo apropósito para probar el efecto que la flecha iba a tener.
El ser se enfureció al recibir el tiro de Aku, lo miró con unos ojos completamente negros, tenía la cara de color gris, era como si no existiera el color para aquellas bestias, se levantó de un salto, y cuando fue a correr hacía Aku empezó a gritar cogiéndose el brazo, de el salía humo como si se estuviera quemando por dentro. Se quitó la flecha de un estirón y se fue acercando a Aku lentamente, parecía aturdido como si estuviera envenenado, moviéndose de lado a lado.
-          ¡Ahora!- grito Aku para que Carlos le pegará el último golpe.
Carlos gritó, levantó el hacha y con toda su fuerza se la hundió en el pecho.
-          ¡Carlos a la cabeza coño! – grito Juan asustado.
Aku cargó otra flecha y le disparó a la cabeza justo entre los ojos. La bestia cayó muerta al suelo con la flecha en la cabeza y el hacha metida en el pecho.
Ellos se miraron y sonrieron al ver que funcionó. Ya habían hecho suficiente ruido, y seguramente no tardarían en llegar más. Aku cogió la flecha del suelo y luego sacó la otra de la cabeza del derrotado, se dio cuenta de que en la parte de alrededor de la herida la piel estaba negra y se caía a trozos.
-          Vámonos chico. – Carlos lo cogió del brazo.


Aura buscaba rápidamente por todas las tiendas arrasadas de la ciudad, con todos los sentidos activados al máximo. Entró a una tienda de jardinería, pensó en coger semillas de hortalizas para plantarlas en el pequeño jardín que tenía Jade en una habitación del ático. Al entrar se dio cuenta de que la tienda estaba sucia pero ordenada como si nadie hubiera entrado allí. Las estanterías que habían detrás del mostrador estaban llenas de bolsitas con semillas y de botes con productos de jardinería. Había algunas macetas con plantas que habían sobrevivido en una mesita alargada a la entrada. Aura buscó en una estantería algo que poder cultivar, se arrodilló en el suelo y abrió la mochila que siempre llevaba encima, metió todas las que pudo dejando sitio para la comida que pudiera encontrar. Se dirigió a la puerta, miró de reojo una de las macetas, era pequeña con una plantita en el centro, pensó que sería una buena idea regalársela a Jade ya que le gustaban mucho, la cogió. Cuando estaba a punto de abrir la puerta con una mano en el pomo, oyó unos pasos, se escondió detrás del mostrador y asomó la cabeza por un lado. Vio unos pies descalzos de color gris y sucios, se dio cuenta de que no era un humano. Los pies se detuvieron y se giraron hacía la puerta y de repente se echaron atrás rápidamente de un salto, el ser se fue corriendo. Aura se extraño, no entendía que había pasado. Se levantó lentamente con cuidado y fue hasta la puerta, se asomó por los cristales de esta, vio que no había nadie y salió sigilosamente con la maceta en la mano.
Siguió buscando por la ciudad mirando hacía todos lados, el sol se estaba escondiendo dándole una tonalidad amarillenta a la escena. Pensó que no sería buena idea quedarse por mucho más tiempo, de pronto escuchó un ruido en una de las calles, y sin saber porque se acercó sigilosamente. Allí habían tres de aquellas bestias mirando a un ser totalmente erguido y cubierto con una túnica negra que les estaba hablando, Aura no podía escuchar bien lo que decía ya que el ser solo susurraba mientras los otros lo miraban fijamente atentos a lo que les estaba diciendo. Aura agudizó el oído y pudo escuchar algo de lo que estaba susurrando: Buscadla y traédmela. Fue lo único que pudo entender. De repente soltó la maceta y empezó a sentirse mal, unas imágenes le vinieron a la cabeza, vio un bosque en llamas y a un ser parecido a ese acercase a ella, un niño gritaba llamándola con fuerza pero aquel no era su nombre, vio como la separaban de aquel niño de pelo negro y ojos azul eléctrico, alguien lo sujetaba mientras a ella se la llevaba en brazos un hombre con barba y pelo blanco.
-          Alas. –susurró Aura y despertó del trance.
Tenía la vista nublada miró hacia arriba y vio una figura borrosa, Aura se apartó aturdida retrocediendo arrastrándose por el suelo de espaldas, su vista se aclaró. Las tres bestias la estaban rodeando por detrás y aquel ser estaba plantado delante de ella.
-          Mira que tenemos aquí.- dijo el ser con una voz grave.
Aura se incorporó de un salto y sacó su katana rápidamente, le entraron nauseas al levantarse tan rápido, pensó en Jade y en los niños, no podía perecer allí tenía que hacer algo. Miró a su alrededor analizando la situación, no encontraba ninguna salida, cuatro eran demasiados, nunca habían ido en grupo. Algo saltó por delante de ella y se le tiró al cuello a una de las bestias. Aura vio, brevemente, a su salvador pero antes de fijarse en que era atacó a otra de las bestias. No tenía que vacilar, le cortó la cabeza a una de ellas y la otra la atacó por detrás cogiéndola del cuello, miró hacia abajo y vio un perro grande, de pelaje oscuro y ojos azules, sacando los dientes enfurecido hacía ella, el perro no podía atacar a la bestia, entonces se cortó el viento y una flecha fue directa a la cabeza de la bestia que sujetaba a Aura mientras el ser miraba entretenido. La bestia cayó al suelo muerta y Aura se desplomó por el peso. Cuando levantó la cabeza el ser ya no estaba. Miró al perro que la miraba sacando la lengua, se sorprendió al ver como había cambiado la expresión de su cara, entonces recordó que alguien más la había ayudado se giró y vio a un chico castaño de ojos verdes que le ofreció su mano para levantarla del suelo.
-          ¿Estás bien? – le dijo Aku preocupado pero al mismo tiempo alegre de saber que había más gente como él.
-          Sí,  - se incorporó, lo miró fijamente sus ojos le inspiraron confianza. – ¿Es tu amigo? – Le dijo mirando al perro.
-          No. Pero parece que le gustas. – sonrió tímidamente.
-          Gracias me habéis salvado la vida, los dos. – dijo Aura agradecida pensando en que vería a su familia una vez más. – Nos vemos. – Aura se giró de espaldas.
-          ¿Dónde vas? – Aku se sorprendió con aquella reacción.
-          A casa. – dijo secamente mientras se iba alejando. – No puedo correr el riesgo de llevarte conmigo, no me puedo fiar de nadie, cuídate.
-          Pero… - Aku no sabía que decir y mientras buscaba las palabras Aura se iba alejando de él.
Aura se giró y vio que el perro la seguía, aunque más que un perro parecía un lobo salvaje. Le llegaba a la cintura si le acercaba la mano podía tocarlo sin agacharse, su pelaje de un gris casi negro contrastaba con sus claros ojos azules. Aquel animal hubiera atemorizado a cualquier persona pero a Aura le gustaba, decidió llevárselo con ella y ofrecerle un poco de comida.
-          Chico. – le susurró al perro. – Creo que si te quedas conmigo deberíamos de buscar un poco más de comida, pero estoy un poco cansada.
El perro la miró como si entendiera sus palabras. Aura giró la cabeza y vio una pequeña tienda de alimentos, entró junto con su recién amigo, miró a todos los lados mientras él olisqueaba el pequeño recinto. Aura encontró arroz que parecía estar en buen estado, abrió la mochila y metió el arroz junto algunos botes de comida preparada.
-          Espero que aun sea comestible. – dijo.
Aura se dio cuenta de que no sabía dónde estaba y se asustó, se había perdido aparte de eso estaba mareada pero tenía que llegar a casa. Salieron de la tienda y el perro se le adelantó, la miró y a ella le pareció entender que quería que lo siguiera. Anduvieron durante diez minutos, al fin, recordó aquellas calles y encontró el camino a casa.
No podía quitase de la cabeza la cara completamente negra sin ojos de aquel ser delgado de casi dos metros de altura, y porque había tenido esas alucinaciones. Pensó en el chico que dejó atrás y se preocupó, lo había dejado solo allí, después de que este le salvara la vida, le podría pasar algo pero ella estaba demasiado cansada para pensar.
Por fin llegó a casa y subió junto a su peludo amigo sin mirar como hacía siempre por todo el trayecto de las escaleras, se sentía mal y aturdida, se estaba quedando sin fuerzas. Al llegar arriba tocó a la puerta y se desplomó en el suelo.

Jade oyó un golpe después de que alguien llamara, se asustó y corrió hacía la puerta. La abrió con la certeza de que Aura estaba detrás.
-          ¡Aura! – gritó Jade asustada al ver a su amiga que estaba en el suelo, luego miró al perro y le impactó ver lo grande que era, pero pensó que si estaba allí no era un enemigo.
-          ¿Qué ocurre… Ja? – Río salió al portal y vio a Aura en el suelo su cara se puso pálida y corrió hacia ella
-          Río, ayúdame. – Dijo Jade aliviada al ver que Aura estaba respirando.
Jade la levantó colocando su brazo por encima de su hombro y Río la ayudó. El perro cogió la mochila, que Aura había dejado caer, con la boca y la llevó dentro siguiendo a Jade y a Río. Uno de los niños cerró la puerta rápidamente.


Aku entró en la tienda en la que Aura había cogido las semillas y pensó que aquel sería un buen lugar para vivir con Carlos y Juan. Aquel chico era muy inteligente y sabía que las bestias no se acercarían allí. Inspeccionó el lugar sin parar de pensar en la chica a la que había salvado. No entendía su reacción ni porque se fue en su estado, parecía encontrarse mal pero Aku sabía que era completamente humana, tal vez estaba resfriada pensó. Aku vio una puerta de madera al final de la habitación y la abrió, era un trastero bastante grande lleno de cajas y sacos de arena. Salió de allí y pensó en ir a buscar a Carlos y a Juan a la biblioteca, había encontrado un buen sitio y eso le alivió.
Llegó a la biblioteca, las ventanas estaban rotas y la gran puerta abierta de par en par llena de sangre restregada. Aku se puso en posición de ataque, luego pensó en Carlos y Juan y entró corriendo. Allí no parecía quedar nadie vivo, miró al suelo y vio a la gente que antes fueron humanos, tirados sin vida, miró hacía todos los lados buscando a sus amigos.
-          Juan aguanta. – dijo una voz que salía de detrás de una de las estanterías.
Aku corrió hacia allí. Juan estaba tumbado en el suelo y Carlos le sujetaba la mano con la cara llena de lágrimas, su rostro que siempre parecía tan alegre ahora estaba entristecido de tal modo que no parecía él.
-          ¿Qué ha pasado? – dijo Aku preocupado arrodillándose junto a Carlos.
-          Fuimos a buscarte, y cuando volvimos sin noticias tuyas la gente se había vuelto loca se estaban matando entre si. Nos vieron y uno atacó a Juan, le mordió en el abdomen. – dijo Carlos con los ojos vidriosos. – Entonces mate a aquella bestia luego se fueron los demás como si algo los llamara.
-          Ha sido todo por mi culpa. – dijo Aku cubriéndose los ojos, estaba llorando.
-          No te atormentes chico. – dijo Juan, con la voz entrecortada, que permanecía en el suelo con una mano en su barriga.
Aku le apartó la mano y vio la herida no parecía muy profunda pero tenía muy mal aspecto, como si se le hubiera infectado rápidamente, Aku sacó con rapidez una bolsa con polvo amarillo de su bolsillo y se puso un poco en la mano. Juan le cogió la mano y lo miró con tristeza.
-          Es lo único que tenemos, no sabes si funcionará. – a Juan le costaba respirar. – Dejadme morir aquí, mi camino ha terminado.
-          Calla, no digas estupideces. – dijo Carlos, con la esperanza de que pudieran salvarlo. – Date prisa chico.
Aku dejó caer el polvo en la herida de Juan y de ella empezó a salir humo eliminando la suciedad. Carlos sonrió aliviado, con una herida de aquellas la gente se moría como una planta envenenada. La herida se limpió por completo, Aku terminó todo el polvo que había en la bolsa. Juan empezó a sentirse mejor, pero la herida no había sanado. Carlos se arrancó un trozo de la camisa de botones a cuadros que llevaba y le tapó la herida a Juan presionando. Aku se quitó los cordones de sus sucias deportivas y le ataron el trozo de tela al abdomen cubriendo la herida. Lo ayudaron a levantarse, Juan rodeó con los brazos los hombros de sus amigos.
-          Tenemos que salir de aquí. – dijo Aku nervioso. – He encontrado un sitio en el que podemos vivir seguros, vamos.
Los tres salieron por la gran puerta con Juan arrastras y se dirigieron a la tienda que Aku había encontrado.

                                            - Próximo capítulo: 5 de Mayo de 2012. -

Prólogo


La tercera guerra mundial… nadie creyó, realmente, que llegaría a verla con sus propios ojos,  que sería partícipe de ella.
Solo querían cambiar el mundo, cambiar el gobierno, hacer de la Tierra un lugar mejor, en el que todo humano pudiera vivir tranquila y agradablemente. Todos aquellos jóvenes llenos de fuerza y esperanza se alzaron ante el gobierno, ante el poder.
Tanto poder no significó nada ante la avalancha de miles de personas con la rabia y la fuerza suficiente para acabar con todo aquello que necesitaba de un gran cambio.

Derrotado el gobierno, desapareció la voz de mando… la organización. Muchos intentaron hacer realidad su sueño de un mundo perfecto. Pero había desaparecido el poder, nadie más volvería a tenerlo, nadie se dejaría dominar por nadie, cada cual quería vivir a su modo, el mundo entró en caos…

La comida escaseaba, las fuentes escupían agua sucia y grumosa, las calles estaban repletas de suciedad, sollozos resonaban por doquier rebotando contra las paredes de la desolada ciudad. Salir a la calle era una locura, la gente permanecía en sus casas esperando a que el mundo se arreglara solo. Algunos valientes salían con armas para buscar comida en los abandonados supermercados pero la caridad había desaparecido del corazón de muchas personas, la gente cada día era menos humana, comportándose como animales hambrientos, cada cual se ocupaba de si mismo.

Algunos se suicidaban, otros se mataban entre ellos,  muchos morían de hambre, los niños… pocos de ellos sobrevivían en aquel estado de locura en el que el mundo entró, eran demasiado débiles, como sus padres, como todos. Nadie se preparó para aquello.

Saludos!

Hola a todos!
He estado escribiendo algo que podría llamarse libro. Subiré todos los capítulos, uno por semana, de la primera parte de esta historia que me ronda por la cabeza desde que aprendí a pensar.
Espero que os guste!