lunes, 25 de junio de 2012

Capítulo 9. Infancia, un nuevo amigo.

Aura y Kinos estaban mirándose fijamente sin hablar, parecía que jugaban a algo que los demás desconocían. Alas estaba tumbado encima de Lazúli mientras Guardián le mordisqueaba los pies haciéndole cosquillas, Alas se cogía la barriga e intentaba dejar de reírse. Cuando Guardián paraba de mordisquearle Alas le ponía el pie encima de la cabeza para que seguira, no les hacia faltar hablar para entenderse.

Aura dio un paso atrás y Kinos la imitó, luego se agachó él siguió imitándola. Aura lo miró fijamente a los ojos, en su cara se podía ver que no tramaba nada bueno. Saltó de repente levantando los brazos hacia el cielo y Kinos se puso a dos patas relinchando. En ese instante Rilen salía de la casa y corrió hacia ellos asustado.

- ¡Aura! – dijo Rilen mientras la cogía en brazos.

- Papá, no pasa nada. – dijo Aura sonriendo.

- No me he vuelto loco, tranquilo. – le dijo Kinos a Rilen.

- ¿Y qué diablos estabais haciendo? – preguntó enfadado.

- Es un juego, el imita todo lo que hago. – dijo Aura divertida. – No te enfades papá.

- No me acostumbro hija, no me acostumbro. – dijo Rilen mientras la dejaba en el suelo.

- ¿A qué? – preguntó Aura.

- A que seamos diferentes a los otros niños. – dijo Alas con su típica expresión seria.

- Para mi sois los mejores hijos del mundo, ¿de acuerdo Alas? – dijo Rilen mirándolo.

Alas asintió con la cabeza y se abalanzó encima de Guardián para devolverle las cosquillas pero este ni se inmutó.

- Niños, tengo que salir. – dijo pensando que lo estaban ignorando. – Iré a la aldea a por algo de comida. Nicolás está trabajando no le hagáis ninguna de las vuestras.

- Tranquilo Rilen, nosotros nos ocupamos de tenerlos entretenidos. – dijo Lazúli tranquilizándolo.

- Muchas gracias, sois de gran ayuda. – sonrió y se fue.

Kinos empezó a andar hacia el bosque, Aura lo miró extrañada.

- ¿Dónde vas? – le preguntó.

- A estirar las piernas, a diferencia de estos dos yo no puedo tumbarme tan fácilmente como un vago. – dijo Kinos.

- ¿Puedo ir contigo? – preguntó Aura mirando a Lazúli, la veía como a su madre y siempre le hacía caso.

- Kinos, ¿puedo confiar en ti? – le preguntó Lazúli.

- ¿Lo dudas? – le dijo molesto.

- No, tened cuidado.

- ¡Bien! – gritó Aura entusiasmada. – ¿Alas quieres venir? – le preguntó mentalmente.

- No, tengo que encontrarle las cosquillas a Guardián. – le dijo Alas.

Aura siguió a Kinos por el bosque pero iba demasiado rápido para ella así que Aura se paró y cruzó los brazos enfadada.

- ¿Qué pasa bicho? – le preguntó.

- No puedo ir tan rápido. No es justo, Alas puede volar y siempre es más rápido que yo, y ahora tu con tus patas largas también me dejas atrás, si pudiera volar seguiría tu ritmo. – dijo Aura triste.

- Vamos no seas boba. – dijo Kinos riendo a carcajadas. – Seguro que sabes hacer algo mejor que nosotros.

- Sí, pero duele, duele saber lo que piensa la gente. – dijo Aura más triste.

- ¿Estás bien? – le preguntó al ver que sus ojos estaban lagrimosos.

Aura asintió pero las lágrimas que se deslizaban por su mejilla no engañaron a Kinos, este se acercó a ella y puso su morro en su frente.

- Bichito, ¿quieres ir tan rápido como el viento?

- Sí. – le dijo mientras lo miraba con su carita de pena. – Pero, ¿Cómo?

Kinos se arrodilló delante de ella, Aura lo miró sorprendida, sabía que a él no le gustaba que lo montaran y que nadie lo había hecho nunca. Empezó a llorar de nuevo de la emoción, sabía que tenían una conexión especial pero aquello parecía un pacto de amistad eterna.

- Vamos bichito. – le dijo Kinos con voz dulce, una voz que Aura nunca había escuchado de él.

Aquel caballo era maleducado, testarudo y gruñón pero supo como animar a su pequeño bichito como él la llamaba. Lazúli lo sabía y por eso confió en él. Aura dejó de mostrar su tristeza pero la tigresa, que poseía el sexto sentido de una madre, sabía exactamente como se sentía la pequeña.

Aura parecía indecisa delante de aquel majestuoso y precioso caballo que permanecía arrodilladlo ante ella, paciente. No tenía miedo y estaba deseando montar e ir veloz como el viento, pero no quería molestar a su amigo ni ofenderle.

- ¿De qué tienes miedo? – le dijo con la misma voz.

- ¿Estás seguro? – le preguntó ella.

- Sí. – su respuesta fue firme y sirvió para convencerla.

Aura se subió despacio para no hacerle daño, no tenia montura así que no sabía de donde cogerse.

- Cógete fuerte a mi pelo, tranquila bichito, no me duele. – le dijo con cariño. -¿Preparada?

- Sí. – dijo ella animada.

Kinos empezó a trotar, sabía que no podía salir disparado sino Aura no podría acostumbrarse a estar encima de él. Le dejó un tiempo para que ella encontrara la forma de cogerse bien sin resbalarse. Aura miraba a su alrededor, no sabía como poner los pies, los hecho hacia atrás y los apoyó en los muslos del caballo, sus pequeñas piernas se movían con las de Kinos, era como si corriesen juntos. Aura al fin encontró la forma de montarlo y Kinos aceleró la marcha. Iban esquivando árboles y ramas, hasta llegar a una gran llanura lisa. Kinos aceleró, era mucho más rápido que un caballo normal. Aura miraba al frente su cara de miedo empezó a cambiar, sonrió y gritó como una pequeña amazona, Kinos fue todavía más deprisa. Aura vio que delante de ellos había una gran roca.

- ¡Vamos a volar! – le dijo Kinos.

Aura confió en el. Cuando ya estaban casi encima de la piedra Kinos saltó y ambos se elevaron en el cielo por unos segundos, parecía que iban a volar de verdad. Delante de ellos había una gran montaña, Aura pensó que era una locura intentar subir, pero Kinos no se detuvo, siguió corriendo. Este empezó a saltar por las grandes rocas de la montaña, subiendo sin cansarse. Aura miró hacia atrás, sabía que un pequeño fallo y la caída sería mortal. Aquel caballo ahora parecía una cabra montés desafiando las pendientes como si fuera el mismo dios de la montaña. Llegaron a la cima y Kinos fue parando lentamente.

Aura relajó las piernas y las dejó colgando. Cogió aire y gritó a todo pulmón, de alguna forma se había librado de su sufrimiento. Rodeó el cuello de Kinos con sus brazos y se abrazó a él.

- Gracias. – le susurró Aura. – Te quiero Kinos.

Kinos se quedó callado, no sabía que decir. A Aura le pareció normal su comportamiento, lo conocía y casi estaba segura de que su amigo no sabía expresar sus sentimientos, aunque la había sorprendido.

- Te quiero bichito… - Kinos se armó de valor y se lo dijo, le dijo lo que sentía.

Aura se quedó petrificada no esperaba que Kinos le dijera aquello, una vez más le había abierto su corazón.

- No quiero que sufras. Y si algún día te sientes triste dímelo, no me lo ocultes o me enfadare, somos amigos, ¿no? – le dijo Kinos.

- Eres mi mejor amigo. – le dijo Aura sinceramente. – Y siempre, siempre lo serás.

Se quedaron en silencio contemplando el maravilloso paisaje que veían desde allí.



Rilen se había pasado media hora andando pero, por fin, llegó a la pequeña aldea. Podía haber ido más rápido pero decidió ir a pie y así contarle a su amada las travesuras de sus hijos.

Vio a unos niños delante de una casa hablándole a otro de pelo rojo, a Rilen le dio la impresión de que lo estaban molestando. Se acercó a ellos despacio, tampoco quería meterse en una común pelea de niños, por su experiencia sabía que los niños se pelean y al rato ya están jugando de nuevo. Pero vio algo raro, los niños eran mayores que el otro y este parecía estar muy enfadado, les escuchó insultarle y decirle que le iban a pegar.

- ¿Qué pasa aquí? – dijo Rilen con delicadeza.

- Él es lo que pasa. ¿No lo ves? Es un demonio. – dijo uno de los niños.

- ¿Y cómo sabéis eso? – les preguntó.

- Porque tiene el pelo rojo y los ojos amarillos. – le dijo otro niño.

- Yo tengo el pelo blanco y no soy un anciano. – les dijo sonriendo. – Porque alguien sea diferente no significa que sea malo.

- Vámonos, que el viejo este está loco. – dijo un niño.

En ese momento salió Clara de su casa.

- Akai, ¿estás bien? – le preguntó su madre.

- Sí, mamá. – la miró. – Él me ha ayudado.

- Muchísimas gracias señor, siempre están molestando a mi hijo, ya no se que hacer.

- No te preocupes, no me hables de usted que no soy viejo. – le dijo sonriendo mientras le tendía la mano. – Mi nombre es Rilen, encantado.

- Clara, encantada. – le dio la mano. – No eres de aquí, ¿verdad?

- No. – le respondió. – Tengo que ir a comprar.

- Yo también, si quieres vamos juntos. – sonrió.

- De acuerdo, así me dices donde puedo encontrar la mejor verdura. – sonrió.

- Eres la única persona con la que he hablado, aparte de Akai, desde que mi marido se fue de viaje. – le dijo Clara.

- ¿Por qué? – le preguntó Rilen sin pensar. – Lo siento no quiero inmiscuirme.

- No pasa nada. – le dijo ella amablemente. – La gente de esta aldea es demasiado religiosa y se creen que mi hijo es un demonio.

- Eso es una tontería. – dijo Rilen indignado. – A veces pienso que les han robado el cerebro.

Entraron en una tienda y la gente los miró con desprecio mientras cuchicheaban. Rilen cogió lo que necesitaba y esperó a que Clara hiciera sus cosas. Después fueron a la caja, Rilen pagó primero.

- Son veinte euros. – le dijo la dependienta a Clara.

Clara iba a sacar el dinero cuando Rilen le cogió el brazo.

- Señorita, ¿está segura de que no se ha equivocado? – le dijo Rilen educadamente a la dependienta.

- Sí, son veinte euros. – dijo esta cortante.

- Me parece que no. – dijo Rilen que empezaba a enfadarse. – El pan vale un euro, la leche dos, la carne cinco y las botellas de agua tres, son once euros.

- Para ella son veinte. – dijo la dependienta con cara de pocos amigos.

- ¿Por qué? – preguntó Rilen irritado.

- Porque son demonios. – dijo esta con desprecio.

- Déjalo Rilen, no pasa nada. – le dijo Clara.

- Me gustaría que me explicase porque lo son. – le dijo Rilen a la dependienta.

- Porque son raros. – le dijo esta.

- ¿En serio? Usted no tiene respeto ni lo conoce, su dios dice que hay que amar al prójimo pero hace suposiciones absurdas, juzgando a la gente por su apariencia en vez de intentar conocerlos. – Rilen estaba muy molesto.

- Déjalo Rilen no vas a cambiar nada. – le dijo Clara preocupada, no quiera montar una escena. Sacó el dinero y se lo dio a la dependienta.

- Gente como usted acabará con este mundo. – le dijo Rilen.

Salieron de aquella tienda, Rilen estaba muy enfadado, no entendía como podía existir gente así de inculta.

- No te lo tomes así. – le dijo con cariño. – Ya me he acostumbrado.

- No hay derecho. – dijo Rilen. – Ahora mismo hasta podría soltar un sinfín de insultos.

- Gracias por intentar defenderme pero no hay nada que hacer. – dijo Clara riéndose, era muy optimista.

- ¿Sabes qué? Te invito a tomar algo y que les… y que se aguante la gente de este pueblo. – sonrió.

- No sé si será buena idea, tal vez no nos sirvan. – le dijo ella.

- Lo harán, por mis… lo harán. – Rilen quería desahogarse pero no podía decir palabrotas delante del niño. – Vamos.

Clara lo llevó a un bar que había en una pequeña plaza y se sentaron en la terraza. Ya pensaban que nadie los iba a servir cuando un camarero se acercó a ellos. El chico se dirigió a Rilen y le tomó nota pero se fue antes de atender a Clara y a Akai.

- Joven, disculpa. – Rilen levantó el brazo.

- ¿Dígame? – le dijo el chico.

- Ellos no han pedido.

- No les sirvo.

- Vais a acabar con mi paciencia, lo que no han conseguido mis hijos en cinco años de travesuras hoy lo vais a conseguir vosotros. – le dijo Rilen enfadado. – Entonces quiero dos de lo que te he pedido y un vaso de leche.

- ¿Son para usted señor?

- Sí, sí, son para mí, ¿de acuerdo? – le dijo con un tono de voz elevado.

- De acuerdo.

El camarero se fue y Akai miró al hombre que estaba haciendo todo aquello por ellos, sin juzgarlos previamente como los demás.

- ¿Tienes dos hijos? – le preguntó Clara.

- Sí, una niña y un niño de cinco años. – le dijo Rilen con cara de felicidad.

- ¿Los has dejado con tu esposa? Si vuelves, ven con ellos y os invito a comer. – le dijo Clara con amabilidad.

- Mi esposa… está de viaje… también. – Rilen se quedó pensando un momento, tenía que inventarse algo. – Es la directora de un ONG y siempre está de viaje, los niños la adoran porque saben que es una mujer maravillosa que se dedica a salvar vidas. Ahora están con su tío.

- Es un alivio saber que existe gente como tu esposa. – le dijo Clara sonriendo. – Si quieres puedes traer a tus hijos, así Akai podría jugar con alguien.

- Me odiaran, como todos. – dijo Akai con la cabeza agachada.

- No lo creo pequeño. – le dijo Rilen tocándole la cabeza. – Son un poco especiales y tampoco tienen amigos.

- ¿Y eso? - le preguntó Clara.

- Vivimos apartados de la civilización y no les gusta la ciudad. – dijo Rilen. – No sé si traerlos aquí, Aura se pone muy nerviosa cuando hay gente a su alrededor.

- ¿Aura? Que nombre más bonito. ¿Cómo se llama el niño? – preguntó Clara, estaba feliz de mantener una conversación normal con alguien.

- Alas, el niño es Alas y es muy serio. – dijo Rilen rascándose la cabeza. – Son gemelos.

- Que trabajo te habrán dado. – Clara rio.

- Si, más del que imaginas. – dijo riendo.

- ¿Y si no les caigo bien? ¿Y si al verme me odian? – dijo Akai preocupado.

- ¿Cuántos años crees que tengo Akai? – le preguntó Rilen.

- ¿Sesenta?

- No. – Rilen estalló en carcajadas. – Tengo treintaiuno.

- ¿De verdad? – le dijo Clara sorprendida.

- Sí, ¿sabes desde cuando tengo el pelo blanco? – le dijo Rilen a Akai.

- No. – dijo este que empezaba a tener curiosidad.

- Desde los siete. A los seis empezó a ponerse blanco. Y me asusté, los demás niños dejaron de hablarme menos uno, que era mi mejor amigo y siguió siéndolo sin importarle el color de mi pelo.

- ¿Y porque se te puso el pelo blanco? – le preguntó el niño interesado.

- Porque era más inteligente que los demás. – dijo Rilen tocándole la nariz.

- Más inteligente eres, al menos más que la gente de esta aldea. – dijo Clara sonriendo.

- Mis hijos son como yo, nunca juzgarían a alguien por su apariencia. – les dijo a los dos.

- Rilen, me gustaría que mi hijo los conociera, si son como tú podrán hacerse amigos y no estará tan solo.

- Hablaré con ellos pero si quieren, iremos directos a tu casa. No quiero que Aura se agobie.

- Mi casa esta donde nos hemos conocido. ¿Venís pasado mañana? – le preguntó contenta.

- Sí, una cosa más. No comen carne, si pudieras hacer arroz o pasta te lo agradecería. – le dijo Rilen amablemente.

- No hay problema. – Clara sonrió.



La tarde estaba anunciando la noche, el sol tiñó el cielo de naranja. Aura, que estaba sentada en una piedra, miró a Kinos.

- Deberíamos volver, esta anocheciendo. – le dijo Kinos.

- ¿Cómo bajamos de aquí? – le preguntó Aura que tenía sus dudas.

- Sube. – Kinos se arrodilló.

Aura subió a su lomo, sabía que la bajada iba a ser terrorífica pero confiaba en su amigo. Kinos esperó a que Aura se colocara y cuando ya lo estuvo fue descendiendo con la misma agilidad con la que subió. Por fin llegaron a la llanura y Aura se calmó. Kinos iba trotando despacio, Entraron en el bosque y Aura se dejó caer encima de la espalda de Kinos y cerró los ojos lentamente, sin soltarle el pelo. Kinos dejó de trotar para que no se cayera. El sol se escondió por completo y Kinos llegó a la casa donde Rilen les estaba esperando fuera paseándose de un lado a otro.

- ¿Dónde habéis estado? – le preguntó a Kinos enfadado.

- En las montañas, ¿no confias en mi Rilen? – le dijo Kinos molesto.

- Sí, solo estaba preocupado. – Rilen se calmó.

- Nunca dejaría que le pasara nada.

- ¿La has llevado todo el rato así? – le preguntó Rilen sorprendido.

- Sí, incluso hemos ido tan rápido como el viento. – le dijo Kinos feliz de recordarlo.

- Pero si tú… dijiste que nadie te montaría nunca.

- Pero ella es mi pequeño bichito y quería animarla. Verás Rilen, puedo parecer un caballo testarudo y gruñón pero con Aura soy diferente. – Kinos se sinceró con Rilen.

- ¿Y quién no? Si con esa carita conquista a cualquiera. – dijo Rilen sonriendo, ahora sabía que había más gente que podía proteger a su hija.

Rilen cogió en brazos a Aura que parecía un peso muerto de lo dormida que estaba. La llevó a su habitación y la tumbó al lado de Alas que estaba despierto en la cama jugueteando con una pelota.

- Te dije que estaría bien. – le dijo Alas orgulloso de tener razón.

- Bien, ya te pareces más a mí. – Rilen sonrió.

- Pues, que bien. – dijo Alas con tono burlón.

- Venga a dormir, deja la pelota. No despiertes a tu hermana. – le advirtió. – Mañana tengo que deciros algo.

Alas se pegó a su hermana y Rilen les arropó. Rilen abrió la puerta de la habitación.

- Buenas noches papá. – le dijo Alas mientras Rilen cerraba la puerta.

Rilen sonrió al otro lado de la puerta, su hijo a veces era irritante pero estaba seguro de que lo quería.



Aura despertó en mitad de la noche, miró a su alrededor y vio a Alas a su lado durmiendo como un bebé, le dio un beso en la frente y se levantó con cuidado para no despertarlo. Salió de la habitación silenciosamente, fue al jardín y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo. Había tenido una revelación, pensó que si conseguía concentrarse y hacer una gran bola de luz podría desvanecer la oscuridad que los humanos tenían en las mentes, no sabía como pero decidió crear primero la esfera. Cerró los ojos, no lograba concentrarse, recordó que en la ciudad al enfadarse sintió su energía emerger de su interior, así que empezó a pensar en todas las cosas que había visto aquel día.

Un pequeño grano de luz se formó delante de ella, abrió los ojos y sonrió. Se quedó mirando fijamente aquel grano luminoso. La luz se izo cada vez más grande obteniendo energía de su alrededor, cuando Aura se quiso dar cuenta tenía delante de ella una esfera de su mismo tamaño que brillaba con fuerza cegándola, era como la luz del sol. Pensó en hacerla lo más grande que pudiera y después la enviaría al cielo.

Alas se despertó y se levantó de golpe al no ver a Aura, bajó de la cama corriendo y alertó a Rilen gritando, tenía un mal presentimiento. Alas vio una luz entrar por las ventanas que daban al jardín, se tapó los ojos, aquella luz lo estaba cegando. Volvió a mirar con cuidado y vio una figura sentada delante de aquella gran esfera. Rilen corrió hacia él y cuando iba a preguntarle qué pasaba miró hacia la ventana. Corrió hacia la puerta, la esfera cada vez era más grande y había envuelto a Aura. Rilen se quitó la camiseta mientras se acercaba a su hija corriendo y la cubrió con ella.

- ¡Aura para! – le gritó.

Aura estaba tan concentrada que no se dio cuenta de lo que estaba haciendo, abrió los ojos pero los cerró de inmediato, estaba dentro de la esfera y hacía mucho calor. Se asustó y la esfera estalló descomponiéndose en el aire, en ese momento Rilen se abalanzó cubriendo a su hija con su cuerpo.

- Aura, Aura. – le dijo Rilen asustado parecía que iba a desmayarse.

- Papá, ¿Dónde estoy? – Aura estaba aturdida.

- Mírame, ¿puedes ver? ¿me ves Aura? – Rilen estaba nervioso y asustado.

Aura abrió los ojos lentamente, veía a su padre pero tenía la vista manchada de colores que no le dejaban enfocar bien.

- Sí, estas dentro de un arco iris. – le dijo medio atontada.

- Has sufrido una fuerte insolación. – le tocó la frente. – Aura no vuelvas a hacerlo.

A Rilen se le fue aclarando la vista y se fijo en la cara de su hija, le habían salido pecas a la altura de la nariz y en la mejillas a causa de la radiación. Alas salió al jardín y se quedó mirando a su hermana.

- Aura tienes pecas. – le dijo extrañado, podía sentir que su hermana estaba bien.

- ¿Por qué? – Aura empezó a sentirse mejor pero tenía mucha sed.

- Por la luz que has creado, menos mal que no te has quemado la piel. – le dijo Rilen enfadado.

- Papá tengo sed. – le dijo Aura.

Rilen la cogió en brazos y entraron dentro de casa, la sentó en el sofá mientras iba a por agua. Alas no paraba de mirarla, aquellas pecas no le quedaban mal, le gustaban.

- Son bonitas. – le dijo Alas sonriendo.

- Pues vaya mierda, todo mi esfuerzo solo ha servido para tener pecas. – dijo Aura enfada.

- ¡Aura! ¿De dónde has sacado ese lenguaje? – le dijo su padre sorprendido e irritado, era la primera vez que Aura decía un taco.

- Lo aprendí en la ciudad. – había estado pensando tanto en todo aquello que no se dio cuenta y habló sin pensar.

- Toma. – Rilen le dio un vaso de agua. – Ahora sé que es mala idea llevaros a la aldea.

- ¿A la aldea? – preguntó Aura. – Yo quiero ir.

- Aura, ¿Por qué has hecho eso? – le preguntó Rilen extrañado.

- Pensé que si podía hacer una gran bola de luz podría acabar con la oscuridad de las personas. – dijo entristecida.

- Pequeña… - Rilen le acarició el pelo. – Tu sola no puedes hacerlo. Antes de volver a hacer una locura consúltamelo antes.

- Vale, lo siento papá. – lo miró con sus grandes y tiernos ojos. - ¿Cuándo vamos a la aldea? – su cara cambió de repente.

- No creo que os lleve… - dijo Rilen.

- ¿Por qué? Yo quiero ir, porfi, porfi, papá. – lo miró con su carita irresistible, era imposible negarle nada. – Te prometo que me portaré bien.

- Prometedme, los dos, que no vais a mostrar vuestras habilidades, tenéis que comportaros como niños normales. – les advirtió serio.

- ¿Para qué vamos a la aldea? Ya has hecho la compra. – le preguntó Alas.

- Clara, una mujer que conocí y su hijo Akai, nos han invitado a comer. Akai tiene vuestra edad, quiero que lo tratéis bien. – Rilen miró a Alas. - ¿De acuerdo Alas?

- De acuerdo. – Alas refunfuñó, no quería conocer a nadie y menos a un niño normal.

- Lo habéis prometido, no me falléis. – les dijo sonriendo.

Nicolás entró al salón medio adormecido con el pelo todo revuelto y el pijama descolocado.

- He tenido un sueño muy extraño. – dijo mientras intentaba domar su pelo con las manos. – He soñado en una luz que entraba por mi ventana y lo curioso es que al despertar veía manchas de colores.

- No ha sido un sueño, Aura lo ha hecho. – dijo Rilen.

- ¿Qué? – Nicolás abrió los ojos y los miró a todos. – Rilen que le ha pasado a tu camiseta. – dijo al ver en el suelo la camiseta chamuscada.

- Cubrí a Aura con ella y ahora no sirve ni para trapos.

- Rilen tienes la espalda quemada, y Aura tiene pecas. – Nicolás se acercó a su amigo y le tocó la frente luego hizo lo mismo con Aura. – Tenéis un poco de fiebre los dos.

- Alas, ¿puedes traerme el botiquín? – le preguntó al niño.

- Tranquilo Nicolás, te estás exaltando demasiado. – Rilen intentó tranquilizarlo.

Alas le trajo el botiquín y Nicolás le curó la espalda a Rilen, su fuerte cuerpo contrastaba con su pelo y barba blanca, sin duda podía verse que era bastante joven.

Aura no se había dado cuenta de que le había hecho daño a su padre y se entristeció, Rilen la miró y pego su nariz contra la suya.

- No pasa nada pequeña, estoy bien, estamos bien y eso es lo importante. – su dulce voz animó a Aura.



Por fin amaneció, Aura estaba despierta desde muy temprano, dando vueltas en la cama, quería conocer a aquel chico y a su madre, era la primera vez que hablaría con otra gente y quería averiguar si pensaban igual que los de la ciudad. Su padre la advirtió de que intentara no mirar a los ojos a las personas pero ella tenía una misión…

Rilen entró en la habitación, de su brazo colgaba la ropa que iba a ponerles, Alas lo miró e hizo mala cara, odiaba vestirse así. En cambio Aura dio un salto y le quitó la ropa a su padre y se vistió deprisa, estaba muy emocionada. A Alas lo tuvo que vestir su padre que tardó bastante en convencerlo, mientras Aura no paraba de saltar en la cama.

- Aura, tranquilízate me estas poniendo nervioso. – le dijo su padre.

- Perdón. – dijo mientras se sentaba de golpe.

Alas la miró, le gustaba verla tan ilusionada y feliz, sonrió y terminó de ponerse la camiseta.

Salieron de casa, Rilen llevaba en una mano una botella de vino para regársela a Clara, y en la otra las chaquetas rojas que llevaban los niños en la ciudad. Aura iba saltando por el bosque como una cabrita.

Por fin llegaron a la casa de Clara y Rilen llamó a la puerta. Clara abrió y lo saludo, Aura se escondió detrás de su padre, no tenía miedo pero se avergonzó a ver a aquella mujer tan bella.

- Tú debes de ser Aura. – Clara le sonrió. – Eres muy bonita.

- Gra… gracias tú también. – le dijo Aura ruborizada.

- Y tú eres Alas. Pareces un chico fuerte. – le dijo amablemente.

- Lo soy. – dijo serio.

Aura se decidió a mirarla a los ojos, le gusto ver lo que pensaba, aquella mujer amaba a su hijo y a su marido y pensaba que ella y su hermano eran muy bonitos. Aura se puso tan feliz que estuvo a punto de llorar. Era la primera vez que veía luz en la mente de una persona.

- Akai, ven a saludar.

Akai salió a la puerta, tenía miedo de la reacción de Aura y Alas.

- Hola, soy Akai. – Akai tenía la cabeza agachada esperando el rechazó.

- Que pelo más bonito. – le dijo Aura.

- Gracias. – Akai se sorprendió, la miró y vio como Aura le sonreía.

- Alas salúdalo. – le dijo Rilen a su hijo.

- Hola, soy Alas. – le dijo serio.

- Yo soy Aura. – Aura le tendió la mano.

Akai titubeó, le temblaba la mano, nunca antes había tocado a otro niño. Aura se acercó a él y cogió su mano. Akai la miró a los ojos, le pareció muy bonita y se avergonzó. Aura cogió la mano de Alas y le obligó a dársela a Akai. Los dos se dieron la mano.

- No te preocupes, Alas es así con todo el mundo. – le dijo Aura.

- Lo siento Clara, te dije que mi hijo era serio. – dijo Rilen preocupado.

- No pasa nada, al menos no lo mira como los otros niños. – Clara sonrió al ver a su hijo hablar con otros niños. - ¿Queréis ir a jugar mientras terminamos la comida?

- Sí. – dijo Aura animada.

- Niños no hagáis ninguna trastada, y no os acerquéis a la gente de esta aldea. – les advirtió Rilen.

Los niños salieron a la calle, se sentaron en el suelo, Akai llevaba unos coches de juguete en los bolsillos y le ofreció uno a cada uno.

- ¿Qué es esto? – Alas analizó el juguete, no sabía que era ni para que servía.

- Es un coche, ¿no sabes lo que es? – le preguntó extrañado.

- No, ¿para qué sirve? – preguntó Alas.

- Los mayores los tienen más grandes y se meten dentro y viajan con él.

- Es como los que vimos en la ciudad. – dijo Aura. – Pero ¿Qué tenemos que hacer con ellos?

- Pues… ¿no tenéis juguetes? – preguntó Akai.

- No. – dijo Aura.

- ¿Cómo jugáis? – Akai se sorprendió al conocer a niños que eran más raros que él.

- Jugamos por el bosque, corremos y buscamos cosas. – Aura sabía que no podía contarle nada más.

- Seguro que os divertís solos vosotros dos, yo no tengo amigos y solo tengo mis juguetes. – Akai se entristeció.

Tres niños se acercaron a ellos. Aura los miró y pensó que cuantos más mejor, así podrían inventarse un juego todos juntos.

- ¿Ya tienes amigos?, Demonio. – dijo un niño. – O los has invocado.

- ¿Demonio? – Aura se quedó extrañada parecía que no querían ser sus amigos.

- Vámonos dentro de casa. – dijo Akai levantándose.

- ¿Por qué? – preguntó Alas mientras se levantaba y ayudaba a levantarse a Aura.

Aura miró al niño, que estaba hablando, a los ojos y vio que quería tirarle del pelo a Akai, aunque le tenía miedo, de verdad pensaba que era un demonio. Aura se enfadó.

- No te acerques a él. – le dijo Aura al niño.

- ¿Y esta quién es? ¿Tu novia? – el niño miró a Aura. – Que pecas más feas.

Aquel niño intentó empujar a Aura pero Alas lo cogió del brazo y apretó con todas sus fuerzas.

- Si la tocas te mato. – dijo furioso.

- Me haces daño, suéltame. – dijo el niño con cara de dolor.

- Alas vámonos dentro. – dijo Akai preocupado, Alas estaba muy enfadado.

- No quiero hacerle nada, solo venimos a pegarle a Akai. – dijo el niño.

- Primero me tendrás que pegar a mí, si puedes. – Alas lo soltó y se puso delante de Akai.

- Te crees muy valiente mocoso, pero te saco dos años podría pegarte si quisiera. – dijo el niño.

- Inténtalo. – dijo Alas con una sonrisa burlona en sus labios, sabía que no sería capaz ni de rozarlo.

- Alas, recuerda lo que ha dicho papa, vámonos de aquí. – dijo Aura preocupada, podía ver lo que su hermano estaba pensando y no era nada bueno.

El niño se arremangó la camisa y cuando iba a pegarle un puñetazo a Alas, este lo esquivó rápidamente. Alas lo cogió del brazo y lo tiró al suelo mientras le retorcía la mano. El niño chillo de dolor.

- ¡Alas para! – gritó Aura.

Alas soltó al niño, en ese momento Rilen salió de la casa de Clara corriendo seguido de ella. El niño que estaba en el suelo empezó a llorar mientras los otros lo levantaban.

- ¿Qué ha pasado aquí? – dijo Rilen enfadado. – ¿Alas que le has hecho?

- Querían pegarle a Akai y Alas lo ha defendido. – dijo Aura excusando a su hermano.

- Es verdad. – dijo Akai preocupado, no quería que Rilen se enfadara con Alas.

- ¿Chico estás bien? – le preguntó Rilen al niño.

- Déjame viejo, voy a contárselo a mi padre y vendrá a darte una paliza a ti a tu hijo. – dijo el niño con lágrimas en los ojos y luego se fue corriendo con los otros niños.

- Alas, ¿no le habrás roto el brazo? – Rilen estaba preocupado, podían tener grandes problemas.

- No, no se lo he roto. – dijo Alas enfadado.

- ¿Encima te enfadas? Nos podemos meter en un buen lio por no saber controlarte. – Rilen estaba muy molesto con su hijo.

- ¿Y que querías que hiciera? Casi le pegan a Aura y querían pegarle a Akai, solo los he defendido, la culpa es de ese estúpido niño.

- Papá no te enfades con Alas. – dijo Aura.

- Vamos a comer. – dijo Rilen enfadado. – Esperemos que no venga el padre del niño. Lo siento Clara, parece que te he dado más problemas de los que tienes.

- No te preocupes Rilen. Son niños, es normal que se peleen. – dijo Clara calmada.

- Sí, es normal si los niños no saben pelear pero mi hijo… bueno, es igual, vamos a comer. Cuando venga el padre del niño yo hablaré con él.

Todos entraron en casa de Clara y los niños se sentaron en el sofá del salón con las cabezas agachadas, Rilen y Clara estaban detrás de una barra, que separaba el salón de la cocina, poniendo la comida en los platos. Rilen no paraba de disculparse. A Clara parecía no importarle lo sucedido, estaba feliz de ver a su hijo jugar con Aura y Alas.

- Rilen, ya basta. No pasa nada. – le dijo Clara con cariño. - ¿Qué pueden hacer? Son niños, no nos pueden denunciar ellos son más mayores que Alas. A demás, la gente de este pueblo está loca pero la policía se reiría de ellos al decirles que a su hijo le ha pegado el amigo de un demonio. – Clara se rio.

- Lo malo será que el padre de ese niño quiera pegarme. – dijo Rilen preocupado.

- ¿No podrás con él? – le dijo Clara divertida. – Pareces fuerte y el padre de ese niño es regordete y bajito, se asustará solo de verte.

- Que optimista eres. – le dijo Rilen sonriendo.

- Sino ¿Cómo podría vivir aquí? – Clara miró a los niños que estaban sentados sin moverse. – Anda, ve a decirles que no pasa nada, que parecía que se estaban haciendo amigos.

- Está bien. – dijo Rilen mientras dejaba el plató encima del banco.

Rilen se acercó a ellos y se sentó en una silla, no sabía que decirle a Alas estaba seguro de que estaría muy enfadado con él, en verdad el niño no había hecho nada malo, solo defendía a su hermana y a su nuevo amigo. Para alguien como Alas defender a otra persona que no era su hermana era un gran progreso.

- Alas… siento lo que ha pasado. – dijo Rilen. – Se que no has hecho nada malo.

Alas lo miró con cara de enfado. Rilen suspiró, aquello iba a ser difícil.

- Lo que ocurre es que eres más fuerte que esos niños bobos y me he asustado porque podríamos tener problemas con sus padres.

- ¿Qué has dicho? – preguntó Alas con otra expresión más relajada.

- Que podríamos tener proble…

- Eso no, ¿Qué son esos niños? – lo interrumpió.

- Bobos… - dijo Rilen.

- Y querían pegarle a Aura y a Akai, así que, no me regañes porque tú hubieras hecho lo mismo.

- Vale hijo, lo siento. Pero a la próxima, avísame o intenta controlar tu fuerza.

- Tranquilo papá no habrá una próxima. – dijo Alas orgulloso. – Ahora me tendrán miedo y no se volverán a acercar a Aura ni a Akai , porque sino…

- Si no nada, Alas. – lo interrumpió ahora su padre. – No puedes ir por ahí pegándole a la gente. Puedes hablar antes de precipitarte.

- Hablar, esos bobos se piensan que Akai es un demonio, como va entenderme gente tan retrasada. Los animales del bosque son mucho más listos que ellos.

- Prométeme que intentaras solucionarlo con palabras la próxima vez. – Rilen lo miró fijamente.

- Vale, está bien, intentaré habar antes. – dijo Alas refunfuñando.

- Ahora animaos y jugad a algo, ¿de acuerdo? – les dijo Rilen, Aura parecía triste. - ¿Qué pasa Aura?

- Odio a la gente, no me gustan, todos son malos. – dijo Aura con los ojos llorosos.

Clara se acercó a los niños, se arrodillo delante de Aura y le puso una mano en la mejilla.

- Pequeña, no todo el mundo es malo. – le dijo con una voz muy suave. – Hay gente buena solo que no la has encontrado.

- Solo tú y Akai sois buenos. – le dijo Aura.

- No, te prometo que hay más gente buena, solo tienes que encontrarla y no rendirte nunca, no dejes que esos bobos te hagan llorar porque no se lo merecen. – Clara sacó un pañuelo de su bolsillo y le secó las lágrimas.

- Eres muy dulce, gracias Clara. – le dijo Rilen, sabía que aquellas palabras la animarían, el no podía competir con una mujer a la hora de animar a su hija, ellas siempre saben que decir.

Los niños se levantaron y fueron a la habitación de Akai que era bastante grande. Había una pequeña cama pegada a la pared y en el centro, en el suelo, una gran alfombra de colores, en otra parte de la habitación había un baúl de madera.

- ¿Qué hay ahí? – peguntó Aura señalando el baúl.

- Juguetes… ¿queréis verlos? – preguntó Akai un poco triste. – No sé si os gustaran, lo siento, no quiero que os aburráis.

- No pasa nada, nos inventaremos algo. – Aura se levantó y arrastró el baúl hacia la alfombra. Se arrodilló y empezó a sacar juguetes.

- Una pelota. – dijo Aura emocionada con una pelota en la mano.

- Es verdad, la pelota. – A Akai se le fue pronto la emoción. – Pero no podemos salir fuera a jugar.

- Podemos hacer una competición. – A Aura se le ocurrió un juego. – A ver quien aguanta más tiempo plantado encima de ella.

- Seguro que gano. – dijo Alas.

- Yo primero. – dijo Aura, sabía que iba a perder pero quería probarlo.

Aura se subió a la pelota con la ayuda de Alas y Akai que le sujetaban una mano cada uno.

- ¿Preparada? – dijo Akai feliz de estar jugando con ellos dos.

Aura asintió y ambos la soltaron al mismo tiempo. Permaneció una fracción de segundo y luego se calló encima de Akai que se apoyó en Alas desequilibrándolo y todos cayeron encima de la alfombra, empezaron a reírse a carcajadas.



Rilen y Clara oyeron un golpe que venía de la habitación corrieron hacia ella pero antes de abrir los oyeron reírse.

- Dejémosles que hagan travesuras. – dijo Clara feliz de escuchar a su hijo reírse. – Será la primera vez que Akai las haga.

- Vale pero si te destrozan la habitación no me culpes. – bromeó Rilen.



El día trascurrió con normalidad, los niños no pararon de jugar a juegos que se inventaban. Nadie llamó a la puerta aquel día, parecía que el padre de aquel niño lo había dejado pasar, tal vez era la única persona racional de aquella aldea. A Rilen le sorprendió ver a Alas jugando tranquilamente con Akai, como si fuera un niño normal, parecía que se llevaban bien, tal vez siempre había querido tener un amigo. Se estaba haciendo tarde y Rilen pensó que era el momento de irse, sino Nicolás empezaría a preocuparse.

- Clara muchas gracias por todo y perdón por lo que ha pasado. – dijo Rilen con educación. – Tenemos que irnos antes de que anochezca.

- No te preocupes Rilen, vuestra visita a sido lo mejor que le ha pasado a mi hijo. Volved pronto. – le dijo Clara feliz de haberlos conocido.

- Niños nos vamos. – Rilen cogió sus chaquetas.

- ¿Ya? ¿Por qué? Yo no quiero. – dijo Aura triste.

- Porque tu tío Nicolás se preocupara si llegamos tarde, ya se estará subiendo por las paredes. – dijo Rilen mientras le ponía la chaqueta a Aura.

- ¿Podemos volver? – le dijo Aura.

- Sí, volveremos.

- Cuando queráis, esta es vuestra casa. – dijo Clara sonriendo.

Aura corrió hacia ella con la chaqueta mal puesta mientras Rilen intentaba terminar de vestirla.

- Gracias. – Aura se acercó a Clara y esta se agachó y le dio un beso.

- Pero que niña más bonita. – le dijo Clara feliz, le encantaban los niños.

Rilen terminó de ponerle la chaqueta y luego se la puso a Alas. Aura se acercó a Akai y le dio un beso en la mejilla, Akai se ruborizo, Aura le gustaba era muy bonita y dulce con él.

- Vamos, hasta luego. Pórtate bien Akai. – dijo Rilen mientras abría la puerta.

- Akai, si alguien te molesta dímelo que le daré… - Alas miró a su padre. – Que intentaré hablar con él.

- Me lo he pasado muy bien, gracias Alas, gracias Aura. – dijo Akai sonriendo.



Empezaba a refrescar y Aura parecía tener sueño. Rilen la miró.

- ¿Estás bien Aura? – le preguntó.

- Estoy cansada. – le dijo bostezando.

- Ven. – Rilen se arrodilló y Aura subió a su espalda. – Pero no te acostumbres.

Aura cerró los ojos y se durmió con facilidad. Rilen quería hablar con Alas, tenía curiosidad por saber porque se llevaba tan bien con Akai.

- Alas, ¿te cae bien Akai? – le preguntó.

- Supongo. – dijo este indiferente. – Es extraño y tiene cosas raras que él dice que son juguetes. Pero sabe jugar como Aura y yo. Y si somos tres es más divertido.

- Estoy orgulloso de ti, hijo.

- ¿Por qué me lo preguntas?

- Pensé que serias más reservado. – dijo Rilen.

- A Aura le cae bien, y ha visto que no piensa cosas malas. Creo que puedo confiar en él. – dijo Alas seguro.

- Siempre es bueno tener un amigo. – Rilen sonrió.

- Ahora somos como tú y el tío Nicolás. – dijo Alas feliz.

- Ves, te dije que cada día te pareces más a mí, por mucho que intentes cambiarlo. – dijo Rilen bromeando.

- Pero yo nunca pareceré un viejo. – Alas le sacó la lengua.

- Serás… - Rilen rio.

- ¿Por qué no te cortas esa barba fea? Seguro que hay bichos ahí dentro.

- Tú sí que eres un bicho. – dijo Rilen sonriéndole.

- Y tu un yeti de las nieves. – Alas estalló en carcajadas.

- Papa es un yeti. – dijo Aura medio dormida.

- En el fondo sé que me queréis. – Rilen suspiró.

Alas sonrió. Le gustaba bromear con su padre ya que nunca se enfadaba, el siempre intentaba no faltarle al respeto y sabia cuando estaba de broma y cuando no. Quería ser como él, tener razón siempre y ser tan fuerte y sabio. Aunque pensaba que nunca se lo diría, no aguantaría ver su cara de felicidad y sus abrazos de yeti orgulloso. Alas sonrió al imaginárselo como un yeti.

lunes, 18 de junio de 2012

Capítulo 8. Noticias y aliados.



Jade, Juan, Carlos, Aku y los niños estaban contemplando la cabaña, que por fin estaba terminada, en vez de puerta habían colgado una cortina que hicieron cortando una de las mantas. Les había sobrado mucha más leña por lo podrían tener el fuego todo el invierno encendido. Lo habían hecho, su refugio estaba terminado.

- Ha quedado perfecto. – dijo Jade contenta.

- Sí, estos dos son unos artistas. – dijo Carlos mirando a Aku y Río.



Alas volaba por encima de los árboles, en la mano sujetaba un gran saco abultado, se había recuperado del todo y volvía a tener toda su fuerza. Vio una columna de humo no muy lejos de él, descendió y aterrizó en el suelo, podía escuchar las voces de los amigos de Aura, vio a Guardián que se acercó a él corriendo, Aku lo llamó, pero este no le hizo caso. Guardián se abalanzó encima de Alas, cayeron al suelo y Guardián le lamió la cara.

- ¿Cómo está, como está? – le preguntó Guardián impaciente.

- Bien, todavía no está consciente pero me ha hablado, Rilen dice que se recuperará. – le dijo Alas mentalmente.

- Ve a decírselo, están muy preocupados. – Guardián estaba feliz sabía que si Rilen decía que se recuperaría estaría en lo cierto, como siempre…

- Guardián, no sé como hacerlo… - Alas estaba nervioso.

- Ven conmigo, sabrás hacerlo. – le dijo Guardián. – Te caerán bien, son muy buenas personas.

Alas y Guardián se acercaron a la cabaña, todos se giraron hacia él, Alas retrocedió un poco, parecía un animal desconfiado. Nadie dijo nada, estaban esperando a que él lo hiciera. Aku se acercó lentamente.

- Alas, ¿verdad? – le preguntó con respeto.

- Sí… - Alas sabía lo que tenía que decir, miró a Aku a los ojos, por alguna razón aquel chico le inspiraba confianza. – Aura está mejor, todavía duerme pero se recuperará.

- ¿Podemos verla? – preguntó Jade.

- No sé si puedo… - Alas miró a Guardián. No esperaba que le hicieran aquella pregunta. – Os he traído ropa, y algunas mantas, por cortesía de mi padre. – dijo mientras depositaba el saco en el suelo.

- ¿El padre de Aura? – preguntó Jade, quería conocer a aquel hombre.

- Sí. – dijo Alas.

- Guardián, ¿Qué hago? No puedo llevármelos a todos, sé que si lo hiciera Aura estaría feliz. – le dijo mentalmente.

- Mejor esperemos a que Aura despierte, tú ven a menudo a darnos buenas noticias. – le dijo calmado.

- ¿Te quedas aquí? – le preguntó Alas.

- Sí, he estado observando a Aku, creo que tu madre está interesada en él. - dijo Guardián.

- ¿De qué forma?- Alas no sabía a que se refería.

- No lo sé, por eso me quedare con ellos un poco más, son muy divertidos. Quédate a comer y así los conocerás un poco más. - dijo animándolo. 

- Alas, ¿Te quedas a comer? – le preguntó Jade, de esta forma podría contarles más cosas sobre Aura. – No tenemos mucho pero podemos compartirlo.

- También os he traído arroz. – dijo Alas.

- Pues, solo por eso, tienes la obligación de quedarte a comer. – dijo Carlos sonriendo.

Alas miró a Guardián, no estaba seguro de quedarse allí, quería estar con Aura, a su lado apoyándola en todo momento. Aunque si hablaba con ellos un poco más, después se lo podría contar a Aura así ella se pondría contenta.

- ¿Qué dices chico? – le pregunto Juan.

- De acuerdo. – decidió Alas.

- Mientras hacemos la comida podrías contarnos más cosas sobre Aura. – dijo Jade, quería saber quien era en realidad su amiga.

Aku le ofreció una piedra-silla a Alas, este se sentó. Los niños lo miraban sorprendidos, no llevaba camiseta y hacia bastante frío.

- ¿No tienes frío? – le preguntó Kaley.

- No. – Alas era de pocas palabras.

- ¿Dónde están tus alas? – le preguntó Río.

- Escondidas. – Alas no sabía como explicárselo.

- ¿Escondidas en otra dimensión? – preguntó Río.

- ¿Cómo sabes eso? – Alas se extrañó.

- Porque si dices que están escondidas y yo no puedo verlas será porque no están en esta dimensión. – dijo Río convencido.

- ¿Cómo sabes que existen otras dimensiones? – preguntó Aku sorprendido.

- He estado pensando mucho estos días. – Río podía hacer más de diez teorías a la vez e ir descartándolas hasta quedarse con la más apropiada. – Es muy difícil que crezca un bosque de estas dimensiones en un lugar en el que antes solo habían campos, pienso que… todo esto estaba en otro lugar, en otra dimensión y que algo o alguien ha sido capaz de cruzarlo a esta.

- Río, ¿tú de dónde has salido? – Juan estaba sorprendido por las teorías de Río que no eran del todo descabelladas.

- Te pareces a mi padre, él lo sabe todo. – dijo Alas un poco más integrado pero con su expresión seria.

- ¿Lo que he dicho es posible? – le preguntó a Alas.

- Sí. – dijo Alas sin intención de aclarar nada.

- Es lo bueno de los niños, que como no conocen la supuesta realidad del mundo adulto, pueden pensar libremente y nada les parece absurdo. – dijo Carlos. – Y si a eso le añadimos una inteligencia superior tenemos a Río. – Carlos le guiño un ojo, en verdad pensaba que aquel niño era un genio. – Habrías sido un buen músico Río.

Todo aquello era extraño pero a nadie se le hacía difícil de asumir, ya que habían visto muchas cosas extrañas últimamente y ya nada les parecía imposible.

- Alas, vuestra madre debe de estar muy preocupada. – dijo Jade esperando averiguar más. – Me gustaría conocerla y a tú padre también.

- Mi madre… - Alas no sabía que decirle.

- Lo siento, ¿No está con vosotros? –dijo Jade pensando que había metido la pata.

- Lo está, de alguna manera… lo está. – Alas no quería decirles nada más, aunque aquella gente no le desagradaba prefería que fuera Aura quien lo contara.

Aku, quería saber más de Aura pero tenía la certeza de que Alas no les contaría mucho más, parecía distante y reacio a hablar, le recordaba a ella la primera vez que la vio. Le rondaba algo por la cabeza, había estado observando a Guardián y nunca lo había visto comer o dormir, estaba empezando a creer que las suposiciones de los niños no eran del todo descabelladas.

- Alas, ¿te puedo preguntar algo? – dijo Aku educadamente.

- Si… pregunta. – dijo Alas.

- ¿Quién o qué es Guardián? – dijo mientras miraba al lobo.

Alas miró a Guardián que a su vez lo miró divertido, parecía estar a gusto con aquella gente, siempre había sido muy simpático y amable a diferencia de Kinos.

- ¿Qué hago Guardián? – le dijo Alas.

- Dile que soy especial. – Guardián parecía divertirse con todo aquello. – Puede que algún día le hable, quiero ver su cara de asombro.

- Aku, Guardián es… - le parecía absurdo decir aquello ya que no era una respuesta. – especial.

- ¿Especial? - Aku arqueó una ceja. – Eso ya lo sabía.

- Lo siento, no puedo contarte más. – dijo Alas.

- ¿Por qué? – dijo Aku extrañado.

- Porque… - Alas hizo una pausa, no sabía que decir. – Es mejor que lo descubras tú.

- Muy bien, has sabido como salir de esta. – bromeó Guardián.

- Te diviertes, ¿verdad? – Alas estaba un poco molesto. Sabía que Guardián lo estaba obligando a hablar más de lo que él quería.

- Una cosa más, ¿puede entenderme verdad? – Aku sabía la respuesta pero quería estar seguro.

- Sí, a todos. – dijo Alas sin cambiar su expresión.

- Pero Aura lo entendía a él. – dijo Río seguro de sus palabras. – Y tú también.

- Me encanta este niño, nunca deja de sorprenderme. – le dijo Guardián a Alas.

- Siento como que si fuera a leerme la mente. – dijo Alas.

- La comida ya esta lista. – Jade se había fijado en que Alas estaba incomodo. – Vamos a comer y hablaremos de otras cosas, sino Alas no volverá más.

Durante la comida no hablaron mucho, estaban muy felices de las buenas noticias que Alas les había traído. Alas dejó el plato medio vacío en el suelo, tenía que irse, ya había estado demasiado tiempo allí y quería volver con Aura.

- Me voy. – dijo levantándose.

- ¿Te volveremos a ver? – pregunto Jade.

- Tal vez. – dijo Alas secamente.

Alas se adentró en el bosque. Todos se miraron y sonrieron, por fin habían tenido noticias de Aura y eran buenas.



Akai estaba apoyado en la pared de uno de los edificios de la ciudad, el sol resplandecía en su cara y su pelo despeinado se movía suavemente con la brisa. Destacaba en medio de la sucia y abandonada ciudad, su rojizo pelo, su esbelto cuerpo cubierto por una túnica, sus brillantes ojos amarillos y su blanca piel le daban un atractivo misterioso.

Estaba mirando al cielo pensativo cuando escuchó unos pasos muy cerca de él, aquella forma de andar le resultaba familiar.

- Nunca podremos… - dijo Akai sin mirar. – Nunca será nuestra.

- ¿Has perdido la esperanza? – dijo un hombre de pelo y ojos oscuros.

- Padre, soy un inútil. – dijo Akai mirándolo con ojos tristes.

- No lo eres. – dijo Démian mientras le ponía una mano en el hombro. – Hijo, los encontraste, no contábamos con que ella los ayudaría. Pero ahora está más débil no creo que interfiera de nuevo.

- Sí que lo hará, son sus hijos. – le dijo Akai. – ¿Crees que nuestro plan funcionará?

- Aura vendrá a nosotros. – Démian puso una cara terrorífica. – Vendrá a por ellos.

- Eso espero… - Akai suspiró.

Démian se giró y empezó a andar por la ciudad, giró una esquina y llegó a un gran edificio situado en medio de una plaza, con barrotes en todas las ventanas, dos grandes puertas de hierro cubrían la entrada. Se escuchaban gritos mezclados con ruidos de metal que venían de dentro del edificio. Una de las bestias que merodeaban alrededor de la plaza se acercó a él con miedo.

- Maestro, ¿está todo a su gusto? ¿Quiere entrar? – Su voz era temblorosa. – Le abriré la puerta. – empujó las puertas con fuerza y las abrió de par en par.

En la amplia entrada de aquel edificio había más bestias trabajando con hierro construyendo rejas y montándolas, el ruido de los martillazos apagaba los gritos de la gente. Un Oscur salió de un pasillo y se acercó a Démian.

- Silencio bestias. – el oscuro gritó y su grave voz resonó por todo el edificio.

- ¿Cuántas personas hay? – le preguntó Démian.

- Unas doscientas en este edificio. – dijo el Oscur.

- ¿Y en los otros cuatro? – preguntó Démian.

- El mismo número aproximadamente. – dijo el Oscur con desprecio.

- ¿Qué se supone que vamos a hacer con tantos humanos?. – dijo Akai andando hacía ellos. – Ya lo hemos probado y no se convierten en bestias.

- Son nuestro señuelo para atraer a la pescadita y a sus amigos. – dijo Démian entusiasmado. – Y a su perfecto padre. No podrán dejar que mueran estos humanos.

- ¿Y cómo van a saber que hay humanos encerrados aquí? – preguntó Akai.

- Rilen nos ha estado vigilando… - Démian frunció el ceño. – Pero, por ahora, estará muy ocupado cuidando de su hija.



Rilen estaba sentado en un gran escritorio lleno de papeles desorganizados, la paredes de aquella habitación estaban repletas de estanterías con libros, en medio había una escalera de caracol de metal negro que subía a una especie de guardilla donde había más libros amontonados unos sobre otros. El techo estaba cubierto de vidrio por el que entraba una bonita y agradable luz. Nicolás abrió la puerta y se dirigió al escritorio, cogió una silla y se sentó al lado opuesto de Rilen. Miró a su amigo que estaba sumido en sus pensamientos.

- ¿En qué piensas? – le preguntó Nicolás amablemente.

- Démian… - Rilen suspiró. – Tiene a más de ochocientas personas encerradas en edificios.

- ¿Bestias? – preguntó Nicolás espantado.

- No, humanos que no se han convertido, gente pura. – Rilen puso cara de preocupación. – Se lo que está pensando, quiere atraer a Aura, a todos. Nicolás, cuando Aura despierte no le cuentes nada de esto o irá a por ellos sin mi permiso.

- No le diré nada. Puedes confiar en mí. – dijo su amigo.

Rilen le sonrió. Se habían olvidado de Alas, él les había estado escuchando desde la habitación de Aura gracias a su agudo oído. Decidió ocultárselo a Aura, sería lo mejor, al menos hasta que se recuperara del todo. Rilen entró en la habitación y sentó en una silla.

- ¿Lo has escuchado? – le preguntó Rilen.

- Sí pero no se lo diré. – le respondió.

- Ya ha pasado casi un mes, pronto despertará. – Rilen parecía nervioso.

- ¿Qué ocurre? ¿Está bien? – Alas se preocupó al ver la cara de su padre.

- No creo que vengan a buscarla aquí, las bestias no pueden entrar en el bosque pero los Oscurs sí. – dijo Rilen intentando creer en sus propias palabras.

- Me deshice de uno en la ciudad… - dijo Alas.

- ¿Cómo lo hiciste? – preguntó Rilen curioso.

- Concentre mi energía y la electricidad se aglomeró alrededor de mi cuerpo, utilicé todas mis fuerzas y la electricidad se transformó en luz. El Oscur se desintegró.

- Los Oscurs se crearon a partir de la oscuridad que los humanos tenían en sus mentes, son incorpóreos solo se pueden matar con luz. – Rilen se frotó la barba pensativo. – Siempre creí que los humanos destrozarían el mundo pero nunca pensé que iba a ser así. El poder que no sabían que tenían actuó por su cuenta…

- Tal vez, tuvieron ayuda… - dijo Nicolás que entraba a la habitación. – Pero no deberíamos hablar aquí sobre esto, Aura podría enterarse.

- Alas, quédate con tu hermana. – dijo Rilen mientras se levantaba. – Los Elementales no tardaran en llegar. Tengo que ponerlos al día de la situación.

Rilen abrió uno de los ventanales de la habitación y una gran tigresa seguida de un caballo gris entraron a la habitación.

- ¿Por qué no despierta? – dijo Kinos impaciente.

- Relájate un poco. – le respondió Lazúli calmada. – Te has pasado todos estos años esperándola, espera un poco más.

Alas sonrió al recordar como Aura y Kinos discutían constantemente y luego jugaban como si nada hubiera pasado.

- Una sonrisa… - dijo Lazúli animada. – Que difíciles son de ver.

La tigresa se acercó a él y frotó su cara contra la suya. Kinos sopló inquieto, parecía un caballo salvaje indomable. Se acercó lentamente a Aura y su aspecto distante y arrogante cambio, sus ojos reflejaron ternura. Acercó su cara a Aura y apoyó suavemente el morro en su frente.

- No tardes en despertar bicho… - le dijo Kinos.



Rilen se paseaba, impaciente, de un lado a otro del salón. Nicolás lo seguía con la mirada, lo estaba contagiando con su nerviosismo.

- ¿Qué ocurre Rilen? – le preguntó.

- Na… nada, bueno algo, tal vez un poco. – dijo Rilen con inquietud.

- ¿Qué pasa? Me estas asustando. ¿Es la primera vez que hablas con los Elementales? – preguntó Nicolás.

- No, hablé una vez con ellos. Cuando nacieron Aura y Alas. Son un poco… Salvajes. – Rilen cada vez estaba más nervioso. – Cuando hablé con ellos, aquella vez, no paraban de moverse y juguetear con sus habilidades, parecía que no me prestaban atención y me costaba mantener una conversación normal con ellos. Espero que esta vez sea diferente, si causan mucho alboroto podrían perjudicar a Aura.

- No creo que hagan eso, le tendrán respeto, ¿no? – dijo Nicolás intentando calmar a su amigo.

- No le tienen respeto a nadie, son pura energía y no pueden estarse quietos.

Un soplo de aire frió le rozó la cara, Rilen se estremeció, ya habían llegado. Una cara se materializo delante de él rápidamente.

- ¡Bu! – dijo con tono burlesco.

Aquel ser se materializó por completo, aunque era translucido, tenía el pelo grisáceo que revoloteaba sin parar como si el viento lo hiciera danzar. Sus ojos eran de color gris claro sin ninguna pizca de color. Se parecía a un fantasma. Su cuerpo no paraba de cambiar como si fuera una duna golpeada por un fuerte viento, dándole un aspecto espectral.

- Ketar, bienvenido. – dijo Rilen siendo todo lo amable que podía.

El techo de cristal empezó a gotear, las gotas caían al suelo formando un charco, el charco empezó a crecer hacia arriba formando el cuerpo desnudo de una mujer tranparente con una tonalidad verdosa parecido a las aguas de los lagos, su pelo era de color azul marino aunque más que pelo parecían tubos de agua que se asemejaban al pelo de los cantantes de reggae, sus ojos azules del mismo color parecían dos piedras brillantes… era muy hermosa.

- Aqua, bienvenida. – dijo Rilen sinceramente, sin duda era la más tranquila de todos.

La puerta se abrió de golpe y por ella entró un hombre grande y musculoso su piel era marrón oscura y estaba cubierta de moho, sus ojos de color verde hoja estaban llenos de energía, su pelo verde grisáceo caía por sus hombros como las ramas de un sauce llorón y de ellas colgaban pequeñas hojas. Se acercó a Rilen dando grades zancadas, media dos metros y era muy robusto lo que hizo que Rilen retrocediera unos pasos, parecía que lo iba a aplastas con sus grandes manos rocosas.

- Rilen, me alegro de volver a verte. – Su voz era grave y más elevada de lo que a Rilen le gustaría.

- Igualmente Terrus… Podrías hablar un poco más bajo, Aura necesita tranquilidad. – dijo educadamente.

- Tranquilidad, tranquilidad. – Una voz distorsionada resonó por toda la habitación.

Miles de pequeños rayos se acumularon formando un delgado cuerpo azul que parecía inestable y no dejaba de desprender pequeños rayos que sonaban como la electricidad al tocar el agua, su cabeza no tenía ni un pelo y sus ojos azul eléctrico chispeaban sin parar.

- Bienvenido Ectodo. – Rilen suspiró estresado. – Ya estamos todos.

- Nos falta uno pero no es bien recibido. – dijo Aqua con una voz dulce.

- Os presento a mi amigo Nicolás. – Rilen miró a su amigo con cara de angustia.

- Mucho gusto. – dijo Terrus con la voz un poco más baja.

Los demás asintieron con la cabeza. Rilen no sabía como empezar la conversación, aunque esta vez parecían tranquilos, Ketar estaba bastante quieto y Ectodo, que era el que más le preocupaba, no se estaba moviendo mucho. Todos permanecían callados esperando a que Rilen empezara a hablar.

- Bueno. – Rilen cogió aire. – Como sabéis, el mundo tal y como lo conocíamos ya no existe. La Diosa está luchando contra la contaminación y no tiene fuerzas para luchar contra nuestros enemigos. Démian y su hijo están formando un gran ejercito de bestias, que algunas de ellas están evolucionando, y otras criaturas como los Oscurs. Por otra parte, tienen encerrados a unos cientos de humanos en edificios. Están esperando a que Aura despierte para atraerla hacia ellos, saben que ella no dejará que esas personas sigan sufriendo, ya que han pasado la prueba y sus mentes son puras. Necesito vuestra ayuda, ya que esto desembarcara en una gran guerra, ellos son miles y nosotros por ahora menos de diez. Si aceptáis os estaré muy agradecido.

- Acepto. – dijo Terrus sin apenas pensar. - ¿A quién hay que machacar? – preguntó golpeando su puño contra la palma de su mano.

- Acepto. – dijo Aqua segura. – No dejaré que le hagan daño a mi pequeña Aura y a mi pequeño Alas.

- Ya no son tan pequeños. – dijo Rilen sonriendo nostálgico.

- Siempre serán mucho más pequeños que yo. – Aqua sonrió.

- Acepto. – dijo Ketar divertido. – Será muy emocionante.

- ¿Por qué debería de salvar a unos malditos humanos? – dijo con su voz distorsionada, Ectodo.

- Porque la Diosa les está dando una segunda oportunidad y deberíamos complacer sus deseos. – dijo Terrus.

- Deber y querer son dos conceptos muy diferentes. – dijo Ectodo.

- Pues cuando todo termine y salgamos victoriosos tú te encargaras de los fuegos artificiales. – bromeó Ketar. – Solo tienes que hacer chispitas en el cielo.

- Al menos yo no salgo de los culos ajenos. – dijo Ectodo enfadado.

- Cállate chispitas y acepta. – dijo Ketar sin enfadarse. – Todos sabemos que te encantara aniquilar a esas bestias. Y tú puedes encargarte de los más fuertes, los Oscurs.

- Eres un pesado viento apestoso. – dijo Ectodo irritado. - De acuerdo, aceptaré pero los Oscurs son míos.

Rilen suspiró aliviado, no pensó que iba a ser tan fácil. Miró a Nicolás que se había quedado atónito, era la primera vez que veía a los Elementales.

- Tengo una misión para ti, Ketar. – dijo Rilen. – Serás nuestro espía.

- Dime capitán. – Ketar nunca dejaba de bromear. – ¿A quién quieres que espié?

- Quiero que averigües todo lo que puedas de esos edificios, y busques una forma para que nosotros, cuando llegué el momento, podamos entrar y evacuar a la gente. Pero no te acerques mucho a Rilen y a Akai, podrían notar tu presencia.

- De acuerdo, me voy ya. Te traeré la información que necesitas. – dijo Ketar entusiasmado.

- No… no hace falta que vayas ahora. – dijo Rilen sorprendido por aquella reacción.

- Me aburro y me voy. – le dijo a Rilen. – No te preocupes seré muy silencioso.

- Los pedos no lo son. – bromeó Ectodo.

- Hasta luego chispitas. – Ketar nunca se enfadaba por nada y eso enfurecía a Ectodo.

- Si tu cuerpo fuera tangible te hubiera electrocutado hace mucho. – dijo irritado.

- Pero después de darme un beso de amor. – Ketar se desvaneció en el aire y se esfumó riendo a carcajadas.

- Aqua, ¿te gustan los niños? – le preguntó Rilen.

- Si, ¿Por qué? – preguntó Aqua intrigada.

- Tengo una misión para ti, no es tan emocionante como la de Ketar pero sé que te gustará.

- Dime… capitán. Que buena idea ha tenido Ketar, capitán te queda genial. – sonrió divertida.

- Hay un grupo de humanos, son cuatro niños, dos adultos varones, una chica de la misma edad que Aura y un chico un año más joven llamado Aku. Me gustaría que estuvieras pendiente de ellos y los protegieras, hasta que pueda traerlos aquí. Ten bien vigilado los alrededores de su hogar.

- De acuerdo, ¿me puedo ir ya? – dijo Aqua impaciente.

- Si… bueno, como quieras. – dijo Rilen, parecía que los Elementales habían estado muy aburridos.

- ¿Nosotros que hacemos? – preguntó Terrus.

- Por ahora, esperar. Vosotros sois nuestro elemento sorpresa. Así podremos tomar ventaja en la batalla ya que no se lo esperaran. Terrus tu nos serán de gran ayuda luchando cuerpo a cuerpo. Y Ectodo se encargará de los Oscurs, lo que desbancara la estrategia de Démian ya que son sus guerreros más fuertes. – Rilen miró hacia arriba pensativo. – Solo espero que ellos no nos sorprendan.

- ¿Aura luchará? – preguntó Ectodo.

- No quiero que luche, tenemos que ocultárselo. – Rilen sabia que aquello era complicado. - Si la cogen no sé como reaccionará su madre. Podría ser el fin de este mundo…

- Próximo capítulo: 29 de Junio de 2012 -  
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domingo, 10 de junio de 2012

Capítulo 7 Infancia ''La ciudad''


La casa estaba en silencio, Rilen estaba plantado en el recibidor mirándose en un espejo, se pasaba una mano por la cabeza intentado aplastar los pelos que se le plantaban. Su cara tenía pocas arrugas, su piel era joven pero su corto pelo blanco lo hacía parecer más viejo y su puntiaguda barba que le llegaba casi al pecho contrastaba con sus grandes ojos azul intenso. 

Rilen suspiró, no había manera de controlar su pelo. Se dirigió a una puerta y la abrió lentamente, el sol estaba saliendo y entraba una tenue luz matinal por el tejado de cristal de aquel pequeño pasillo en el que había cuatro puertas, eran las habitaciones de Nicolás, Rilen y los niños. Aura y Alas tenían cada uno su propia habitación pero siempre dormían en la de Aura los dos juntos. Una de las puertas estaba entreabierta, Rilen la empujó con la mano con cuidado y entró. En medio de la habitación había una cama muy amplia donde sus dos hijos estaban durmiendo, aunque era bastante grande ellos la ocupaban, los dos tenían las piernas y los brazos abiertos, cada uno tenía la cabeza en un sitio. A saber lo que estaban haciendo anoche para dormirse así, pensó Rilen. 

Rilen abrió una de las grandes cortinas que cubrían casi toda la pared, dejando que entrara la luz del sol por los grandes ventanales. Los niños remugaron algo pero no les entendió. Luego accionó una palanca que había al lado de la puerta y del techo se separaron dos grandes placas de madera descubriendo el tejado de cristal por el que entró la luz del sol. 

- Vamos niños, si no os dais prisa os dejamos aquí. – La voz de Rilen era muy amable. 

- Yo no quiero ir, déjanos aquí. – dijo Aura medio dormida, nunca quería levantarse de la cama. 

- Vamos dormilona, levántate. – Rilen se sentó en la cama y le tocó el cabello. 

- ¿Nos vamos ya? – dijo Alas mientras se levantaba y se fregaba los ojos. – Pero si es de noche. 

- ¿Qué dices? – Rilen se empezó a reír. – Si te está dando el sol en la cara. 

- ¿Eso no es la luna? – dijo Alas medio adormecido. 

- La luna… a saber a qué hora os dormirías ayer. – Rilen le puso una mano en la espalda a Aura. – Vamos pequeña, tu hermano esta delirando pero al menos se ha levantado. 

- No, déjame un poco más, todavía es de noche. – dijo mientras se acurrucaba. 

- Será posible… - Rilen se levantó y cogió a Aura en brazos. – Vamos al salón Alas, ¿tenéis hambre? 

Alas se levantó y siguió a su padre, estaba tan dormido que iba de lado a lado, Rilen cogió bien a Aura con una mano y cogió a alas por el hombro con la otra. Entró en el salón y sentó a Aura en una silla, después cogió a Alas en los brazos e hizo lo mismo. Nicolás entró con una bandeja con vasos de leche y la depositó en la mesa. 

- ¿Ya estamos como siempre? – dijo Nicolás sonriendo. – Abrid los ojos bichillos. – dijo al ver que los niños habían apoyado sus cabecitas en la mesa. 

Los niños empezaron a desayunar con cara de sueño, Aura se fue despejando poco a poco, estaba muy ilusionada, para ella ir a la ciudad era como irse de excursión. A Alas le era indiferente ya que no le gustaba mucho la gente pero también tenía curiosidad. Rilen, por otra parte, estaba bastante inquieto y preocupado, sabía que a Alas no le gustaría y Aura al ver tanto humo se escandalizaría pero ahora era demasiado tarde para negárselo. 

Habían terminado con el desayuno y Rilen los acompañó a la habitación para ayudarles a vestirse, no podían ir con las pintas de siempre. Abrió un rustico armario que el mismo restauro y se puso a rebuscar, tenía que encontrar algo, más o menos, normal. Encontró dos pantalones vaqueros, que les había regalado Nicolás para su cumpleaños y que nunca se pusieron, después cogió dos camisetas blancas y unas chaquetas de lana roja. 

- Bueno… - suspiró. – Con esto bastará. 

- ¿Me tengo que poner camiseta? ¿Y esa cosa horrible de lana también? – Alas frunció el ceño y se cruzó de brazos. 

- Hijo, ¿quieres que todos te miren? – Rilen sabia como convencerlo, Alas odiaba ser el centro de atención. 

- Está bien… - bufó. 

- Iremos iguales. – dijo Aura emocionada. 



Nicolás estaba esperando a la puerta de casa, llevaba una elegante chaqueta y unos pantalones perfectamente planchados y la cara bien limpia. Estaba muy diferente, siempre llevaba una bata blanca manchada de carbón y restos de extraños líquidos que utilizaba en sus experimentos. 

Rilen salió con los niños, también iba muy bien vestido y arreglado. Nicolás se quedó mirando a los niños con cara de sorpresa, parecían normales, hasta llevaban zapatillas. Estaban muy bonitos con aquella chaqueta roja les resaltaba las caras. 

- Que guapos estáis bichillos. – dijo Nicolás sonriéndoles. 

- Parezco un payaso. – dijo Alas con mala cara, odiaba llevar camisa. 

- No digas eso Alas, estas muy bien. – Intentó animarlo. -¿Verdad Aura? 

- Está muy guapo. – dijo Aura cogiéndole la mano a su hermano. 

Rilen abrió las palmas de sus manos y cerró los ojos se concentró delante de él se formó muy lentamente un túnel con las paredes e color azul que solo se podían ver desde dentro. Rilen había creado un camino en otra dimensión por el que podían doblar su velocidad sin que sus cuerpos sufrieran ningún daño. Desde dentro parecía que caminaban a una velocidad normal. Aura iba mirando a las paredes que eran translucidas detrás de ellas se movían sombras y luces, parecía que caminaran por debajo del agua. 

- Bueno, hemos llegado. – dijo Rilen dándoles paso a los demás. – ¿Estáis todos bien compuestos? – bromeó. 

- ¡Oh! Mi oreja. – exclamó Nicolás cubriéndose con una mano la parte de la oreja. 

Los niños lo miraron asustado, Nicolás se quitó la mano, sí que tenía oreja, los miró sonriendo, le gustaba jugar con ellos, en el fondo se sentía como un niño. Aura y Alas se miraron resignados, les había vencido, los dos se dijeron mentalmente que se vengarían. El túnel se abrió delante de ellos y vieron unos arboles delante, todos salieron. 

- ¿Esto es la ciudad? – preguntó Aura extrañada, estaban en un huerto. 

- No, estamos a las afueras, cogeremos un autobús e iremos al centro. – Rilen estaba cada vez más nervioso. 

Siguieron andando hasta llegar a unas pequeñas casas, ya estaban dentro de la ciudad, Aura miraba todo su alrededor con la boca abierta, las casas, para ella eran extrañas, altas y con pequeñas ventanas, olía a humedad, pero no le desagradaba del todo. Rilen les dijo que paran y se sentaron en una parada de autobús, no había mucha gente ya que estaban lejos del centro, Aura observaba a cada persona, sus comportamientos eran extraños, no les saludaban y parecía que tenían mucha prisa. Llego el autobús, los niños solo habían visto ese vehículo en los libros ilustrados que les traía Nicolás. Era mucho más grande de lo que imaginaron, las puertas se abrieron, Alas y Aura titubearon antes de subir. 

- Vamos hijos, no tengáis miedo. – les dijo con amabilidad. 

Rilen les tendió la mano y Aura la agarró con fuerza, Alas le cogió la mano a Aura, no quería mostrarle a su padre que tenía miedo. 

Subieron al autobús, solo habían tres personas sumidas en sus pensamientos, se sentaron en el fondo donde había cuatro asientos libres. 

- ¿A dónde vamos? – preguntó Alas. 

- Vamos a la ferretería del centro, Nicolás tiene que comprar algo de allí y luego iremos a comprar comida y otras cosas para casa. – su voz era temblorosa, tenía un mal presentimiento. 

El autobús empezó a llenarse de gente, Rilen estaba más nervioso que los niños que parecía que se estaban distrayendo hablando telepáticamente. El vehículo paró y Rilen se levantó, Aura miró a su alrededor y le cogió rápidamente la mano a Alas y a su padre. 

Andaban por una de las anchas aceras que estaban repletas de gente, Aura miró a un hombre a los ojos. 

- Quiero morir ya, me da asco toda esta gente. Malditos imbéciles. 

Aura miro los labios del hombre pero no se movieron, empezó a deprimirse y a sentir ira pero ella no quería sentirse así, se paró en seco y volvió a mirar al hombre que se paro delante de ella. 

- ¿Qué hace esta mocosa mirándome?, si no estuvieras con tu padre la gente te aplastaría sin darse cuenta de que existes. – Aura volvió a escuchar la voz del hombre resonando en su cabeza. 

Rilen se agachó al lado de Aura, pero ella no le miró, seguía con la mirada fija en aquel hombre que la volteó y se alejó de ellos. 

- ¿Estás bien?- le preguntó Rilen asustado, la cara de su hija estaba pálida. 

- No… no lo sé. – dijo Aura con la mirada perdida. 

- ¿Qué te ha pasado? – preguntó Alas que no podía leer su mente. 

- Nada… - Aura decidió no contarlo, no quería amargarles el día. – Me he mareado. 

- Hay mucha gente, pequeña. Seguramente estés agobiada, ¿Quieres que te lleve en brazos? – dijo Rilen tocándole la frente. 

- No, ya estoy bien. – le volvió el color a la cara, ya se encontraba mucho mejor. 

Alas sabía que había pasado algo, en aquel momento dejo de sentir a su hermana y no podía saber lo que pensaba, de nuevo lo pudo hacer y se tranquilizo, pensó que tal vez al marearse habían perdido el contacto. 

Entraron en la ferretería Nicolás iba lo más rápido posible, de sección en sección, cogiendo lo que necesitaba para poder irse de la ciudad, sabía que a los niños no les gustaba y no lo estaban pasando bien. Alas y Aura no estaban del todo mal allí dentro, no había tanta gente y las estanterías estaban repletas de cosas, que para ellos, eran muy raras. 

Salieron a la calle, otra vez, la gente caminaba deprisa, aquello parecía una autopista imposible de atravesar. Rilen los cogió a los dos de la mano, Alas y Aura la apretaron con fuerza. 

- Nicolás, ¿necesitas algo más? – le preguntó Rilen con cara de preocupación. 

- Solo la comida. – Nicolás miró a los niños. – Pero no es necesario comprarla ahora, volvamos a casa. 

- Sí, vamos. – dijo Rilen aliviado. 

Los niños se alegraron no querían permanecer ni un minuto más allí. Aura caminaba con la cabeza agachada, no entendía que le había pasado, tal vez aquel hombre no era normal, empezó a tener curiosidad y no pudo evitar mirar a una mujer a los ojos. 

- Tengo miedo, no quiero volver a casa, él siempre está furioso. – Aura vio desde de los ojos de la mujer como le pegaba un hombre muy enfadado. 

Apartó la mirada de inmediato, pero se cruzó con otros ojos. 

- Mañana iré a cazar y matare varios conejos. – Aura, vio como aquel hombre le quitaba la vida a aquellos animales y lo hacía por diversión. 

- Niño inútil ojala no hubieras nacido. – Aura no paraba de escuchar los pensamientos de toda la gente que pasaba por su lado. 

Alas se asustó su hermana no le respondía y no podía sentirla, esta vez sentía que le estaba pasando algo malo, lo estaba evitando, había bloqueado su mente. Aura empezó a frustrarse pero se esforzó para que su hermano no sintiera lo mismo que ella, un sinfín de imágenes horribles pasaron por su cabeza, los pesimistas, egoístas, malvados y tristes pensamientos de las personas hicieron que se enfadara, se estaba enfadando cada vez más sintió que su fuerza se estaba acumulando dentro de ella. 

- ¡BASTAAAAA! – Aura gritó con tanta fuerza que todo el mundo se quedó mirándola. 

- Pequeña, ¿Qué te está pasando? – dijo Alas medio llorando. 

- Aura mírame, Aura. – Rilen se puso de cuclillas delante de su hija, podía sentir su poder vibrar en su interior, si no conseguía calmarla podría causar algo terrible. 

Aura tenía la mirada perdida y sus ojos empezaron a brillar, estaba muy enfadada y su cara mostraba ira. El cielo empezó a cubrirse de oscuras nubes. 

- Aura, mírame. – Rilen le cogió la cara con las dos manos y la obligo a mirar, pero su hija no le prestaba atención. -¡Aura! 

Alas se abalanzó sobre su hermana y la abrazó con fuerza. 

- Para, para, para, para, para. – Alas no dejaba de repetir aquella palabra. 

Aura volvió a la realidad, miró a su alrededor y vio que todo el mundo la estaba mirando, las voces en su cabeza cesaron, miró a su padre a los ojos concentrada en su mirada, no podía leerle la mente y eso la alivió. Su ira cesó y la tristeza se apoderó de su corazón, no entendía como la gente podía ser tan infeliz y si lo eran porque no hacían algo para cambiarlo. Los corazones de la gente carecían de valor y esperanza. Sus ojos derramaban lágrimas sin parar, estaba muy triste. 

- ¿Por qué piensan esas cosas papá? – dijo llorando. 

- ¿Quiénes hija? – su padre no quería creerlo. 

- Las personas, he leído sus mentes y he sentido lo que sienten. 

- ¿Desde cuando puedes hacer eso? – Su padre se sorprendió, no tenia ni idea. 

- Nicolás solo piensa en números y formulas extrañas, que no entiendo. – Aura estaba calmándose. – Pero nunca piensa cosas malas. Pensaba que solo podía leerle la mente a él y a Alas, porque a ti no puedo. 

- Ven aquí. – Rilen cogió a su hija en brazos. – No mires a nadie, habla con tu hermano de cosas bonitas. 

En una terraza un hombre de pelo oscuro y ojos de color miel, les había estado observando calmado, a su lado había una preciosa mujer pelirroja de ojos verdes y de piel blanca, de aspecto delicado. 

- ¿Qué le habrá pasado a esa niña? – le preguntó con una voz dulce. 

- ¿Rilen? – aquel hombre la ignoró. – Era verdad, tienes dos hijos viejo amigo. 

- ¿Lo conoces? – le preguntó extrañada. – ¿Por qué no vas a saludarlo? 

- He dicho viejo amigo pero dejó de serlo… - frunció el ceño. 

- Mi amor, no seas rencoroso, haz las paces con él, no parece mal hombre. – le dijo la mujer mientras le acariciaba el pelo. 

El hombre la miró y la besó, le encantaba la dulzura con la que su mujer le hablaba siempre, era la única que no lo odiaba. 



Rilen giró por una calle con Aura en los brazos, Alas iba pegado a él cogido de su cintura, Nicolás iba detrás. Entraron a un callejón sin salida y se escondieron en el fondo. Nicolás vigilaba la entrada para que nadie los viera. Rilen abrió un túnel delante de ellos y todos entraron rápidamente. 



El hombre de la terraza entró a aquel callejón corriendo y vio como se desvanecía la puerta del túnel. 

- Sigues siendo igual de prodigioso que cuando éramos pequeños, maldito Rilen. – dijo enfadado. 

La mujer que estaba con él se le acercó corriendo. 

- Me has dejado sola, ¿Qué ocurre? Me estas asustando. – le dijo. 

- Nada cielo, no tengo por que preocuparte, solo quería comprobar que era quien yo pensaba. – dijo calmándola, ella no sabía nada de él y así era mejor. 

- Pero si aquí no hay nadie. – le tocó la mejilla. – Debes estar agobiado, vámonos a casa. 



Llegaron a casa, Aura no paraba de llorar en los brazos de su padre. Nicolás abrió la puerta y entraron. Rilen fue al salón y sentó a Aura en el sofá se sentó a su lado y esta se abrazó a él sin dejar de llorar. 

- Lo siento mi niña, ha sido culpa mía, no tenía que haberos llevado a la ciudad. – Rilen se sentía culpable, de algún modo sabia que pasaría algo así. 

- No papá, no es tu culpa. – dijo Aura entre sollozos. 

- Mírame hija. – Rilen desbloqueó su mente y dejo que Aura viera lo que pensaba. Le mostro una imagen de su madre embarazada de ellos. 

Era la mujer más bella del mundo, sonriente, su pelo era largo y castaño oscuro parecido al de Aura y Alas, sus ojos del mismo color que los de Aura, sus labios rojizos y su piel casi blanca, su ser desprendía paz y tranquilidad. Estaba sentada en el mismo sofá en el que estaban ellos ahora, se tocaba la barriga mientras tatareaba una alegre melodía. Aura dejó que su hermano viera lo que ella estaba viendo. Los dos se relajaron escuchando aquella canción. 

- Mama es preciosa. – dijo Aura encantada, se le estaba olvidando lo que le había pasado. 

Rilen sonrió. Una voz empezó a tatarear la misma canción del recuerdo de Rilen, rebotaba en las paredes envolviéndoles. 

- ¿Mamá? – dijeron los niños. 

- Dormid un poco hijos. – dijo Rilen. 

Los niños se tumbaron abrazos uno al otro en el sofá, la melodía sonó hasta que se durmieron. Rilen no les quitaba los ojos de encima, su hija había pasado por un momento que ningún niño seria capaz de soportar. Sabía que sería difícil quitarle todas aquellas cosas horribles de la cabeza. 

- Necesitan tu ayuda, mi amor… la necesitan más que nunca. – susurró Rilen. 





Delante de una pequeña casa de pueblo, había un chico sentado en el suelo jugando con unos juguetes, el sol calentaba su blanca piel y reflejaba en su corto pelo de color rojo vivo, levantó la cabeza y sus extraños ojos amarillos destellaron. Delante de él se pararon tres niños mayores. Lo miraron con desprecio. 

- Oye tú, rarito, ¿de dónde has sacado esos ojos? – le dijo el más mayor con tono burlón. 

- Se los habrá quitado a una rana. – dijo otro riéndose. 

El niño pelirrojo los miraba serio, escondió una mano detrás de su espalda y esta se cubrió de fuego, tenía ganas de vengarse, siempre se metían con él y no le dejaban en paz. 

- Se los arranque a la imbécil de tu madre. – soltó, su cara parecía la de un pequeño demonio. 

- ¿Atrévete a repetirlo? – el niño más mayor lo cogió del cuello de la camisa. 

- Dejadme en paz. – se levantó y empujó al que lo estaba cogiendo. 

- Te vamos a dar una paliza para que aprendas a respetarnos. – dijo otro niño. 

Una mujer pelirroja vio a un niño que estaba peleándose con otros tres, pensó que era su hijo. Corrió hacia él, cuando ya estaba más cerca vio que las manos de su hijo estaban en llamas. 

- ¡Akai! – gritó aterrada. 

El niño se giró y el fuego se extinguió de sus manos. Miró a su madre y se sintió aliviado. 

- ¿Qué está pasando aquí? – dijo la mujer enfadada. 

- Nada señora, solo estábamos jugando. – dijo el mayor con cara de bueno. 

- Sí claro, jugando a hacerme la vida imposible. – susurró Akai. 

- Iros a vuestras casas, como os vea molestando a mi hijo otra vez hablaré con vuestras madres. 

Los niños se fueron corriendo, Akai abrazó a su madre, que siempre llegaba a tiempo para salvarle o salvar a los otros niños. 

- Akai, no quiero que uses tus habilidades con los demás, ¿te han visto? – su madre le arregló el cabello. 

- No, creo que no. – dijo y agachó la cabeza. 

- ¿Qué ha hecho mi diablillo esta vez Clara? – dijo un hombre que se acercó a ellos. 

- Démian, nada, solo estaban jugando, ¿verdad hijo? – Clara no quería decirle nada ya que su esposo tenía muy mal genio. 

Akai asintió a desgana, sabía que si se lo contaba a su padre, este les daría su merecido, a ellos o a sus padres. Pero Clara siempre les paraba los pies, tenia buen corazón y no le gustaba la venganza ni el rencor. Aquellos dos eran difíciles de controlar pero ella se las apañaba y siempre conseguía arreglarlo todo con una sonrisa. 

Entraron dentro de aquella casa que estaba apartada de las otras del pueblo, era pequeña pero acogedora. Nada más entrar estaba el salón, al fondo había una barra que lo separaba de la cocina. Clara dejo unas bolsas en el banco y Akai se sentó de un salto en uno de los taburetes, mientras observaba a su madre. Akai quería muchísimo a su madre, para él era como un angel, nunca se enfada demasiado, siempre estaba sonriendo y estaba pendiente de él a todas horas, escuchaba sus problemas y siempre intentaba solucionarlos. 

Démian, se sentó al lado de su hijo y le revoloteó el cabello. 

- ¿Tienes hambre? – le dijo su padre. 

- Sí, ¿Por qué habéis tardado tanto? No quiero quedarme solo otra vez. – dijo con cara de pena. 

- Papá y mamá tenían que arreglar unos asuntos, la próxima vez buscaremos a alguien que te cuide mientras no estamos. – dijo su madre. 

- No, yo quiero ir con vosotros. – dijo enfadado. 

- No puedes hijo… - su madre intentó darle alguna razón pero no pudo. 

- ¿Es porque soy raro? ¿Por qué tengo los ojos amarillos y el pelo rojo? – Akai se entristeció se sentía como un bicho raro. – No tendré amigos nunca, nos iremos de este lugar algún día como siempre, de pueblo en pueblo. 

- Esta vez, nos quedamos aquí. – dijo Démian pensativo. 

- Akai, algún día encontraras a alguien que no te juzgue por tu apariencia y será tu amigo de verdad, lo sé mi niño. – Su madre se acercó a él y le rozó la mejilla. – Eres un chico maravilloso y esos niños se lo están perdiendo. 

- Gracias mamá. – Akai suspiró, quería creer a su madre. 

- Pero no puedes usar tus habilidades delante de nadie, por muy enfadado que estés debes aprender a controlarte, ¿de acuerdo? – acercó su nariz a la suya. 

- Vale. – dijo desganado. 



Aura y Alas estaban tumbados en su cama, Aura todavía dormía, se movía nerviosa y estaba sudando, las pesadillas la atormentaban. Alas la miraba preocupado, se acercó a ella y la abrazó, Aura se tranquilizó un poco y abrió los ojos lentamente, miró a su hermano por un momento. 

- ¿Qué hora es? – preguntó. 

- Creo que son las dos de la noche. – le dijo Alas, ya que Aura había dejado de comunicarse con él. – Pequeña… déjame ayudarte. 

- No quiero que sufras hermanito. – le dijo Aura apenada. 

- De todos modos ya estoy sufriendo al verte así, no sé como animarte. – Alas empezó a llorar, se sentía impotente. 

Aura lo abrazó. Sabía que su hermano estaba sufriendo pero sería peor si se enterara de lo que ella había visto, era mejor así. 

A ella no se le iban aquellas horribles imágenes de la cabeza y no sabía como pararlo, la atormentaban en sueños y a todas horas, estaba cansada ya que apenas podía dormir. 

Alas notó una presencia en la habitación se levantó de golpe, Aura hizo lo mismo también podía notarlo. Recorrieron la habitación con la mirada pero no vieron nada. 

- Tranquilos hijos míos, soy mamá. – una dulce voz los embriagó. 

Delante de ellos, sentada en la cama una mujer de pelo castaño oscuro se materializó lentamente. Se giró hacia ellos y los miró con cariño. 

- Mamá. – Alas se fregó los ojos, era la primera vez que la veía. 

- Mamá… mamá. – Aura intentó decirle tantas cosas a la vez que su mente se colapso. 

La mujer abrió los brazos y los niños se acercaron a ella y la abrazaron, se sentían protegidos a su lado, su esencia les calmaba y los hacía sentirse felices. Aunque nunca antes la habían visto, la conocían, les hablaba en sueños y cuando estaban en el bosque oían sus canciones, siempre estaba pendiente de ellos. 

- ¿Qué te preocupa mi niña? – dijo con dulzura. 

- Mamá, ¿tú sabes lo que piensa la gente? – le preguntó Aura. 

- Sí, los escucho y los siento. 

- ¿Cómo puedes soportarlo? – Aura quería saber el secreto. 

- Porque también siento a la gente que está enamorada, a la que acaba de tener un bebe, a la que se divierte, a la gente que es feliz. 

- ¿Y eso te da fuerzas? – le preguntó Aura. 

- Eso y vosotros dos. Aura, tienes a tu hermano, a tu padre y a Nicolás, ellos siempre me animan con sus buenos pensamientos. Hay gente buena que te llenará el corazón de alegría. No tienes que pensar solo en las cosas malas. 

- ¿Podre hacerlo? – Aura estaba entendiendo lo que su madre le quería decir. 

- Mamá dime como puede ayudar a Aura para que no sueñe cosas feas. – le pidió Alas. 

- Solo tienes que entrar en sus sueños pero Aura tiene que dejarte. Para eso tendrás que ver lo que ella ve, tendréis que compartir el dolor, al igual que la alegría, así todo es más fácil. – su madre les acarició las mejillas. 

- ¿Me dejas Aura? – le preguntó Alas. 

- No lo sé, no quiero que sufras. 

- Tu hermano sufre más al sentir que no puede ayudarte pequeña. – le dijo su madre. 

- Vale, lo haré. – dijo Aura. 

- Me tengo que ir mis niños. Mañana tendréis una sorpresa. Unos buenos amigos míos vienen a vivir con vosotros, estoy segura que os gustaran. – les besó la frente. 

- ¿Cómo son? – dijo Aura ilusionada, tenia curiosidad de ver cómo eran los amigos de su madre. 

- Ya lo veréis. – dijo mientras se desvanecía en el aire. – Os quiero. 

Los dos se miraron y sonrieron, estaban felices de ver a su madre por ya casi se habían olvidado de su cara. Aura dejó que su hermano se comunicara con ella y le mostró sus sentimientos que ahora eran buenos. Pensó que si su madre podía soportarlo tenía que seguir su ejemplo y ser tan fuerte como su ella. 

Ambos se tumbaron de nuevo en la cama, se abrazaron y cerraron los ojos, hablaban mentalmente sin dejar de comunicarse para poder tener el mismo sueño. 



Rilen y Nicolás estaba sentados en los sillones del salón. Nicolás miraba a su amigo preocupado, estaba sufriendo y no sabía que decirle. 

- Rilen, hay algo más que te preocupa, ¿verdad? – le dijo. 

- Si, lo he visto en la ciudad. – dijo pensativo. – Tengo miedo Nicolás, se que tiene mala intenciones, Aura y Alas pueden estar en peligro. 

- ¿De qué es capaz? – preguntó Nicolás asustado. 

- El me odia y quiere verme hundido y solo. – Rilen lo miró. 

- ¿Por qué te odia? No te veo capaz de hacerle daño a nadie. – Nicolás no podía entenderlo. 

- Al principio éramos buenos amigos, de pequeños estábamos siempre juntos y nos divertíamos. Siempre sacaba mejores notas que él y eso le hacía enfadar, pensé que era normal, los niños suelen competir. Un día conseguí por fin desbloquear mi mente y moví una piedra delante de él. Los dos lo intentábamos todos los días. Pero yo lo conseguí antes, el no tardó en poder hacerlo pero para entonces yo ya podía hacer muchas cosas más, como meterme en la mente de las personas, como Aura. Él actuaba de forma extraña conmigo, y leí su mente, me odiaba, estaba celoso y furioso, su mente es oscura, para mí fue como ver la mente de un asesino despiadado. Decidí que lo mejor sería distanciarme de él, irme lejos y seguir entrenando mi mente. Sentí que me haría la vida imposible si seguía siendo su amigo y después de ver como era realmente me alejé sin pensarlo, apenado porque había sido mi mejor amigo. 

- Pero supongo que te dejara tranquilo. – Nicolás se estaba asustando. 

- No, él quiere ser el mejor, siempre lo ha querido. A pasado mucho tiempo y ya no se de lo que es capaz. Sí se entera de que tengo dos hijos… no se… - Rilen no podía continuar. 

- No entiendo como puede existir gente así. – Nicolás decidió cambiar de tema. – Por ejemplo, yo soy un completo inútil al que le explotan cosas en la cara, mi mejor amigo es un hombre prodigioso al que todo le sale bien. – le sonrió. 

- No digas eso, tú eres un genio, un científico, tal vez el mejor del mundo. – Rilen se animó. 

- Aunque lo sea, siempre me explotan mis experimentos. – Nicolás estalló en carcajadas. 

- Bueno a mí me pueden hacer explotar mis peculiares hijos. – acompañó a su amigo riéndose. 

- Eso es verdad. – dijo llorando de la risa. 



El sol se filtraba por las cortinas de la habitación. Alas abrió los ojos y se levantó de golpe, había tenido un sueño divertido, Aura estaba a su lado y parecía estar bien. 

- Pequeña, despierta. – le susurró. 

- He soñado contigo. – le dijo adormecida. 

- Yo también, hemos soñado lo mismo. ¿Cómo te encuentras? 

- Bien, estoy bien. – Aura se sentía mejor, cuando le venían aquellas imágenes a la cabeza pensaba en su madre y se tranquilizaba. 

- Vamos levántate, estarán a punto de llegar. – dijo Alas animado. 

- Es verdad, vamos. – Aura se levantó de golpe. 

Los dos corrieron por la casa llamando a su padre. Rilen corrió hacia ellos asustado. 

- ¿Qué pasa? – les preguntó. 

- Hoy vienen, hoy vienen. – dijeron los dos mientras daban saltitos. 

- Ah, sí. – Rilen supuso que su madre se lo había dicho. 

- ¿Cuándo vendrán? ¿Tardarán mucho? ¿Sabes cómo son? – Aura y Alas no paraban de hacerle preguntas a su padre. 

- Parad, calmaos un poco hijos. – Rilen les hizo callar ya que no le dejaban ni pensar. – Están a punto de llegar, ¿Queréis que los esperemos fuera? 

- Sí, dinos como son. – dijo Aura. 

- Es una sorpresa. – Rilen le guiño un ojo, estaba feliz de ver a su hija tan animada. 

Todos salieron de la casa, Rilen y Nicolás se sentaron en un banco de piedra que había delante de una ventana. Los niños estaban dando vueltas inquietos. 

Escucharon como alguien se acercaba y Aura y Alas miraron forzando su vista. Lo primero que vieron fue un lobo grandísimo de pelo negro y ojos azules que andaba hacia a ellos con elegancia. Detrás de este había una tigresa mucho más grande, más grande que un tigre normal tenía los ojos del color de la piedra lapislázuli. Y al lado de esta andaba rítmicamente un gran caballo de color grisáceo y de ojos oscuros con una larga melena negra que ondeaba al viento. Se acercaron a ellos y se pararon a unos metros. Los niños se quedaron con la boca abierta, nunca habían visto a unos animales tan grandes y bonitos. Rilen se levantó e hizo una reverencia hacia ellos. 

- Bienvenidos. – les dijo con respeto. – Niños saludad. 

- Bien… bienvenidos. – Aura y Alas estaban alucinados. 

- Nuestro más cordial saludo. – Aura y Alas escucharon la voz del lobo en su cabeza. 

- Puedes hablar. – Aura estaba fascinada. – Los otros animales se comunican con nosotros con imágenes. 

- Aura, Alas, ellos son los guerreros del mundo animal, para los animales son como sus dioses, todos les obedecen y nunca serian capaces de atacarlos, nacieron el mismo día que vosotros pero muchísimos años antes. – les dijo Rilen. 

- ¿Papá tú también puedes escucharlos, y tú Nicolás? – preguntó Alas. 

- Sí, pueden escucharlos quien ellos quieran. – dijo Rilen. 

- ¿Cuáles son vuestros nombres? – preguntó Aura. 

- No tenemos ninguno, yo soy lobo, ella tigresa y el caballo. – dijo confundido. 

- ¿Por qué me tengo que llamar caballo? Suena mal. – dijo enfadado. 

- Porque eres un caballo. – le contestó el lobo. 

- Si queréis podemos poneros un nombre. – dijo Aura. 

- Sería un gran honor recibir un nombre vuestro. – dijo la tigresa su voz se parecía a la de la madre de Alas y Aura, era agradable. 

Aura se acercó al lobo, que era el que estaba más cerca levantó la mano para acariciarle pero se paro antes de hacerlo, no sabía si al animal le gustaría, este acercó su cabeza y dejó que lo acariciara, Aura le sonrió. Alas se aceró e hizo lo mismo. 

- Eres grande y muy fuerte, tu nombre será Guardián. ¿Te gusta? – le preguntó Aura. 

- Sí, es perfecto, seré tú guardián siempre. – Guardián estaba feliz le gustaban aquellos niños, eran puros y muy simpáticos. 

Aura se acercó a la tigresa la miró a los ojos, su mirada era muy maternal le recordaba a su madre. La tigresa se acercó a ella y apoyó su cabeza en la barriga de Aura mientras ronroneaba. 

- Eres una chica, por fin Aura tiene compañía. – dijo Alas. – ¿Lalzúli, te gusta? 

- Sí pequeño, nuestros ojos son muy parecidos. – Le gustó aquel nombre. 

Aura se acercó al caballo, era el animal que más le gustaba. El caballo se acercó a ella y la empujó con la cabeza Aura se cayó de espaldas al suelo. 

- Caballo ten más respeto son hijos de la Diosa. – Guardián se enfadó. 

Aura se quedó mirando al caballo fijamente a los ojos. No entendía porque había hecho eso, pero seguía gustándole. 

- Ayúdame a levantarme o te quedas sin nombre y te llamaré caballo gruñón. – Aura sonrió divertida. 

- Pequeña ten cuidado es un salvaje. – le dijo Lazúli. 

- Yo también. – dijo Aura. – ¿Me ayudas? 

El caballo sopló y se acercó a ella, agachó su cabeza y dejó que Aura se agarrara a su cuello. Cuando iba a levantarla Aura le mordió el cuello sin apretar. 

- ¡Venganza! – gritó divertida. 

- Aura, ¿Qué haces? – Rilen no entendía el comportamiento de su hija. 

- Kinos, eres el caballo más bonito del mundo. – le susurró Aura a la oreja. 

- ¿No me preguntas si me gusta el nombre? – le preguntó mientras la levantaba del suelo. 

- ¿Te gusta? – Aura sonrió con ternura. 

- Sí, mucho, pequeño bicho. – Kinos parecía divertirse con Aura. 

- Kinos has encontrado a alguien que te aguante. – dijo Guardián riéndose.