En la ciudad, deshabitada, con tanta suciedad que le daba una
tonalidad grisácea y deprimente, los papeles revoloteaban por el suelo creando
sombras vivientes que se movían con la melodía que el viento, sollozos
y gritos a la lejanía componían.
El cielo nublado dejaba pasar algunos rayos de sol, que se
proyectaban hacia el suelo creando columnas de luz.
Ella estaba plantada en medio de la calle, llevaba una camisa
amarillenta, unos pantalones vaqueros rasgados y una mochila de color beis
colgada a la espalda, su mano empuñaba una katana que apuntaba al suelo. Su
espalda se mostraba tensa como si esperara entrar en combate de inmediato. Una
respiración acelerada se iba intensificando a cada momento, ella miraba al
frente con una expresión tan seria que hubiera derrotado al mismo diablo.
Levantó la katana y flexionó sus piernas, la respiración cada vez era más
fuerte y aterradora, pero ella frunció el ceño, empuñó la espada con las dos
manos y el brillante metal destelló en sus ojos marrón claro con anillos verdes rodeando el iris. Entreabrió sus rojizos labios que contrastaban con su piel blanquecina adornada
de múltiples pecas. El viento sopló y su alocado cabello, castaño oscuro, se
despegó de sus hombros, corrió hacia delante gritando.
Un ser apareció delante de ella corriendo como un animal, apoyando
sus manos en el suelo, flexionando sus piernas para impulsarse velozmente. Con
un saltó llegó hasta ella pero esta se desplazó con un rápido movimiento a un
lado, giró sobre su cuerpo, levantó la katana que resonó cortando el viendo,
mientras la espada se dirigía hacia el ser, ella cambio la posición de las
manos como si fuera a clavarla en el suelo, gritó de nuevo y atravesó la cabeza
de su enemigo. La sangre salpicó hacía su cara.
- - Se supone que fuiste un
humano, pero no te queda de ellos… ni la sangre.- dijo limpiándose la cara con
la manga de su camisa rota y desgarrada por el tiempo, manchada con la sangre
de un rojo oscuro.
Sacó la espada de la cabeza de su enemigo, se giró de espaldas y
empezó a andar, cuatro gotas de aquella sangre se deslizaron por el filo de la
katana goteando en el suelo y dejando un rastro a su paso.
Ella se giró y miro al suelo. No es bueno marcar el camino a casa, pensó. Y en su cara se
dibujó una sonrisa llena de melancolía mientras sacudía su espada con la
intención de deshacerse de la sangre.
Se deslizó como un reptil por las calles pasando desapercibida de
cualquier otro enemigo, que siempre atacaban. No quería que nadie descubriera
donde tenía su escondite. Giró por una esquina y llegó a una calle amplia y,
como siempre, solitaria. No debía
confiarse demasiado y tener cuidado de mantener en secreto su hogar. Aunque
esas bestias parecieran poco inteligentes sería muy peligroso que alguno
pudiera encontrarlo.
Recorrió con la vista toda la amplia calle, detenidamente, cuando
vio que no había nadie dio algunos pasos más y finalmente entró en uno de los edificios.
Al subir por las escaleras iba revisando, como siempre, cada rincón en el que
pudiera haber alguien. Finalmente, tras un largo recorrido, llegó al final. Allí
en el último piso solo había una gruesa puerta de madera. Se paró enfrente y
apoyó su cabeza en ella. Suspiró.
- Abre.- dijo mientras apoyaba una mano en
la puerta y se incorporaba.
En ese momento le cambio la
expresión de su rostro se volvió más amable aunque en sus ojos se podía
ver la frustración que el mundo debajo de esas escaleras le causaba. La puerta
se abrió. Una joven de su misma edad de pelo negro y de ojos oscuros, vestida
con un traje corto, de color verde y desgastado, la miró y vio que su cara
estaba manchada.
- No puedes entrar así. –
Suspiró mientras sacaba de uno de los dos bolsillos, que tenía a la altura de
la cadera, un pañuelo blanco e impecable. Se lo acercó a la cara y le quitó la
sangre que anteriormente se había restregado.
-
Lo siento Jade, intenté
limpiarme- dijo mientras se rascaba la cabeza con gestó despreocupado.
-
Intentaste limpiarte, ¿eh? Me
alegro de que estés bien Aura. – Le dijo con una amable sonrisa.
- Encontré algo de comida,
parece comestible.- dijo mientras miraba por encima del hombro de su amiga-
¿Cómo están?
-
Los niños están bien, no han
parado de preguntar por ti en toda la mañana.- sonrió.
-
Tengo sueño, espero que me
dejen descasar un poco. –bostezó.
-
Eso será difícil, sabes que
van a hacerte sus interminables interrogatorios. – Se apartó de la puerta dejando pasó a Aura. – Venga entra, te prepararé algo caliente. Te has vuelto a
ir sin la chaqueta. – la miró molesta, no quería que se resfriara.
Aura entró en el ático y miró a su alrededor. En aquel amplio
salón habían unos colchones, en el suelo de madera, pegados a la pared y
delante de unos grandes ventanales había una mesa donde estaban sentados tres niños
y una niña jugando a cartas, aunque habían cuatro sillas, dos de ellos estaban
sentados encima de la mesa. Uno alzó la vista y se quedo mirándola, le sonrió
con una tierna sonrisa, Aura se sintió feliz al ver a aquella criatura de ojos
azules y de pelo rubio largo y rizado. En su cara se dibujo una sonrisa y se
arrodilló en el suelo.
-
¿Cómo están mis pequeños exploradores?
– Preguntó esperando la avalancha.
Todos los niños se levantaron, el pequeño que le había sonreído
permaneció sentado encima de la mesa mientras los otros tres se tiraron encima
de ella abrazándola y haciendo un sinfín de preguntas.
-
Vamos, vamos niños, dejadla
respiran.- dijo Jade.
Se apartaron un poco y se sentaron a su alrededor, Jade se fue a
la cocina dejando la puerta abierta mientras ponía a hervir un poco de agua.
Aura miró al niño rubio y le hizo un ademán con la mano para que
se acercara, este bajó de la mesa de un salto y fue hasta ella. La miró fijamente con aquellos
grandes ojos.
- Has tardado mucho.- le dijo el niño que tenía
unos siete años, con expresión seria.
Aura lo miró fijamente y sopló aliviada, al ver que ninguno de sus
pequeños amigos tenía ningún síntoma de aquella enfermedad que consumía la
mente de las personas.
-
Pero he vuelto, como te
prometí Río.- Le sonrió y él le devolvió la sonrisa.
Una suave brisa nocturna sopló, apartando su alborotado y largo
pelo negro. Miró a la luna, que esa noche estaba llena, sus ojos de un azul
eléctrico parecían reflejar luz propia contrastando, así, con su pálida piel,
sus labios rojizos se entreabrieron lentamente y respiró profundamente
intentando imaginar que estaba en un bosque en lo alto de un árbol. Entonces
abrió los ojos y volvió a la realidad, por un instante fue feliz, en lo alto de
aquel edificio sabía que estaba a salvo, pero a él no le preocupaba su
seguridad, algo le atormentaba por dentro. Por ahora solo podía ser un
espectador sin poder hacer nada, su frustración se hacía más intensa con el
paso de los días.
Miró hacía delante y una chica salió a una terraza de los altos
edificios de la ciudad con un niño rubio
siguiéndola, él se quedó plasmado mirándola. Levantó una mano lentamente hacia
delante, de golpe la cerró y golpeó el suelo con fuerza, su rostro se
entristeció. Se levantó ágilmente, miró una vez más hacía ella se volvió de
espaldas y desapareció en la oscuridad.
A Aura le pareció ver algo en lo alto de uno de los edificios,
sintió una punzada en el corazón y de repente se entristeció sin saber por qué.
-
¿Estás bien? – le preguntó
Río preocupado.
-
No lo sé. – dijo mientras miraba
a la luna.
- Oye, he estado pensando y
creó que si me enseñaras a manejar la espada podría acompañarte cuando sales a
por comida. – La miró seguro de lo que estaba diciendo, sin miedo. – Así podría
compartir tu carga.
- Río… - suspiró y lo miró con
cariño. – No puedo dejar que me acompañes, si te pasara algo, nunca me lo
perdonaría... –le apartó uno de los rizos que le caía por encima de los ojos,
se agachó y le puso las manos en los hombros.
-
Pero yo… - Río tartamudeo, él quería ayudarla
y no sabía como.
-
Tienes un sí y un no. – Aura
le guiño un ojo divertida. – Sí, te enseñaré a utilizar la espada, pero no
podrás venir conmigo hasta que tengas dieciséis años.
-
¿Enserio me enseñarás?
¿Podemos practicar un poco ahora? – Pregunto Río ilusionado.
-
Venga, pero te voy a explicar
lo básico, por ahora no quites la funda. – Le dijo mientras le daba la katana.
Espero que no llegué el momento en el que tengas que salir a la
calle con una katana peleando por sobrevivir, en nueve años todo esto debería
haber cambiado, son ellos o nosotros…- Pensó
Aura preocupada.
Después de enseñarle como coger la katana y los movimientos
básicos, que ella misma no sabía cuando aprendió, Aura cogió uno de los
colchones donde dormían los niños y Jade y lo sacó a la terraza. Río, ilusionado
al verla y de poder estar tanto rato con ella, fue corriendo dentro a por una
manta gruesa. Cuando Río salió a la terraza Aura lo miró.
- Si te quedas conmigo te vas a
resfriar, y si te resfrías no te daré más clases hasta que te pongas bueno,
¿estás seguro de correr el riesgo? – Le dijo Aura sonriendo, no quería que Río
se resfriara pero sabía que él la necesitaba y solo podían pasar juntos pocos
momentos.
-
Sí, estoy seguro. – Río,
contento se tiró encima del colchón.
Aura cogió la manta, lo arropó y le dio un cálido beso en la
frente. No sabía como aquel niño le había cogido tanto cariño y se asustó al
pensar en lo que le podría suceder si a ella le pasara algo, lo que podría
pasarle a Río, a los niños y a Jade. Pensó que debía ser fuerte, al menos tenía
buenas razones, no estaba sola y eso le aliviaba. Pero cuando exploraba las
calles sin más compañía que su espada se sentía desamparada y sola ante el
mundo, ante la destrucción, ante la muerte. Se enfadaba con la humanidad, ¿Por
qué no había nadie como ella en las calles? ¿Eran los únicos supervivientes? Si
fuera así no aguantarían mucho más, pensaba. Tenía miedo de colapsar y dejar de
luchar.
Un joven de pelo Castaño y ojos verdes claros miraba por una
ventana de la biblioteca que por suerte, no fue tomada ni arrasada como todo lo
demás. Dos hombres permanecían detrás de
él, sentados en una de las mesas cuadradas de la grande biblioteca rodeada de
decenas de estanterías repletas de libros, untando flechas con un polvo
amarillo.
-
Oye Aku, ¿enserio crees que
esto funcionará? Ya sabemos que no podemos matarlos a menos que les cortemos la
cabeza o la perforemos. – dijo el más delgado de los hombres de pelo oscuro y
ojos de color miel de unos cincuenta años, dirigiéndose al chico de la ventana.
– Tú chaval tienes mucha puntería pero nosotros no…
-
Creo que aunque esas flechas
no los maten al menos los aturdirán y entonces vosotros tendréis más ventaja.-
dijo con tono serio y tímido el chico al que, aquellos hombres, le pusieron de
nombre Aku, una especie de diminutivo de arco, por su increíble puntería.- Tu
Carlos no deberías acercarte tanto a ellos- se giró dirigiéndose al más grande
de los dos, de cabello blanquecino y ojos oscuros, de unos sesenta años.
-
Eso espero, porque esas
jodidas cosas corren como bestias hambrientas. – dijo Carlos riéndose. - ¿Qué
dices Juan? ¿Vamos a ver si funciona la idea del chico?
- Pues si no hay más remedio,
vamos. – dijo Juan con cara de miedo, pero convencido de sus palabras.
Aku, acostumbrado a ese nombre, se había encariñado con aquellos
dos. En la biblioteca había más gente refugiada, mujeres y otros hombres más,
cargados con espadas y cuchillos. Aku los convenció a todos para que no usaran
armas de fuego, se dio cuenta de que esos seres eran atraídos por cualquier
tipo de ruido y era mejor ser silencioso si querían sobrevivir en aquel caos.
Salieron por la gran puerta, sus ropas estaban desgastadas y rasgadas
por el paso del tiempo, Aku llevaba un carcaj cargado con las flechas que
habían preparado y en su mano derecha un arco blanco moderno de esos que se
utilizaban en las competiciones. Carlos prefería el hacha, le gustaba imaginar
que era un bárbaro, al menos así se sentía más fuerte. Juan llevaba una espada
de doble filo, aunque prefería no tener que usarla, siempre había sido un
pacifista y ahora estaba obligado a luchar para sobrevivir, ya que ninguna de
las otras personas de la biblioteca quería luchar y se pasaban el día llorando
y aclamándose a sus dioses.
- Chicos creo que esos de ahí
dentro no aguantarán mucho más, seguramente se rendirán y se volverán como esas
cosas. – dijo Juan preocupado.
-
Si eso pasa, mucho a mi
pesar, tendremos que acabar con ellos. – dijo con tristeza Carlos. – Ahí dentro
hay gente que abandono a sus hijos presas del pánico.
-
Ya os he dicho muchas veces
que busquemos otro lugar para vivir nosotros tres solos, tendríamos menos bocas
que alimentar y por la noches podríamos dormir tranquilos. –dijo Juan. –
Siempre he querido ayudar a la gente pero les he mirado a los ojos y os digo
que de humano les queda poco.
-
Está noche iré a buscar un
lugar tranquilo, y cuando lo encuentre nos iremos allí.- dijo Aku con
esperanza.
-
Eres un gran chico. – estalló
en carcajadas Carlos. – Pero no te vamos
a dejar ir solo por ahí.
-
Me iré igual.- dijo serio y
enfadado.
- Vamos Aku no te enfades con
Carlos. – dijo calmadamente Juan. – No queremos que te pase nada.
-
Me da igual si seguimos
quedándonos ahí acabaremos muertos, ¿sabéis los que hay ahí dentro? – se estaba
poniendo nervioso al pensarlo. –No podremos contra ellos. Por eso espero que mi
idea funcione así lo tendremos más fácil y podremos irnos.
-
Si colapsan se mataran entre
ellos, ya lo habéis visto son bestias solitarias. – dijo Carlos.
Aku estaba a punto de hablar cuando Juan le tapó la boca con su
mano, no tenía ni idea de luchar pero al menos tenía un agudo oído. Al quedarse
en silencio escucharon una respiración acelerada y ruido de latas esparciéndose
por el suelo. Se acercaron sigilosamente, Aku se asomó por una esquina, con
cuidado, y vio que una de esas bestias, vestida con ropa desecha, estaba
rebuscando en la basura con las manos apoyadas en el suelo y olisqueando como
un perro.
-
Voy a disparar. –susurró Aku.
Carlos y Juan asintieron con la cabeza. Aku colocó una de las
flechas en el arco. Se concentró en su objetivo por un momento y le disparó a un
brazo apropósito para probar el efecto que la flecha iba a tener.
El ser se enfureció al recibir el tiro de Aku, lo miró con unos
ojos completamente negros, tenía la cara de color gris, era como si no
existiera el color para aquellas bestias, se levantó de un salto, y cuando fue
a correr hacía Aku empezó a gritar cogiéndose el brazo, de el salía humo como
si se estuviera quemando por dentro. Se quitó la flecha de un estirón y se fue
acercando a Aku lentamente, parecía aturdido como si estuviera envenenado,
moviéndose de lado a lado.
-
¡Ahora!- grito Aku para que
Carlos le pegará el último golpe.
Carlos gritó, levantó el hacha y con toda su fuerza se la hundió
en el pecho.
-
¡Carlos a la cabeza coño! –
grito Juan asustado.
Aku cargó otra flecha y le disparó a la cabeza justo entre los
ojos. La bestia cayó muerta al suelo con la flecha en la cabeza y el hacha
metida en el pecho.
Ellos se miraron y sonrieron al ver que funcionó. Ya habían hecho
suficiente ruido, y seguramente no tardarían en llegar más. Aku cogió la flecha
del suelo y luego sacó la otra de la cabeza del derrotado, se dio cuenta de que
en la parte de alrededor de la herida la piel estaba negra y se caía a trozos.
-
Vámonos chico. – Carlos lo
cogió del brazo.
Aura buscaba rápidamente por todas las tiendas arrasadas de la
ciudad, con todos los sentidos activados al máximo. Entró a una tienda de
jardinería, pensó en coger semillas de hortalizas para plantarlas en el pequeño
jardín que tenía Jade en una habitación del ático. Al entrar se dio cuenta de
que la tienda estaba sucia pero ordenada como si nadie hubiera entrado allí. Las estanterías que habían detrás del mostrador estaban llenas de bolsitas con
semillas y de botes con productos de jardinería. Había algunas macetas con
plantas que habían sobrevivido en una mesita alargada a la entrada. Aura buscó
en una estantería algo que poder cultivar, se arrodilló en el suelo y abrió la
mochila que siempre llevaba encima, metió todas las que pudo dejando sitio para
la comida que pudiera encontrar. Se dirigió a la puerta, miró de reojo una de
las macetas, era pequeña con una plantita en el centro, pensó que sería una
buena idea regalársela a Jade ya que le gustaban mucho, la cogió. Cuando estaba
a punto de abrir la puerta con una mano en el pomo, oyó unos pasos, se escondió
detrás del mostrador y asomó la cabeza por un lado. Vio unos pies descalzos de
color gris y sucios, se dio cuenta de que no era un humano. Los pies se
detuvieron y se giraron hacía la puerta y de repente se echaron atrás rápidamente
de un salto, el ser se fue corriendo. Aura se extraño, no entendía que había
pasado. Se levantó lentamente con cuidado y fue hasta la puerta, se asomó por
los cristales de esta, vio que no había nadie y salió sigilosamente con la
maceta en la mano.
Siguió buscando por la ciudad mirando hacía todos lados, el sol se
estaba escondiendo dándole una tonalidad amarillenta a la escena. Pensó
que no sería buena idea quedarse por mucho más tiempo, de pronto escuchó un
ruido en una de las calles, y sin saber porque se acercó sigilosamente. Allí
habían tres de aquellas bestias mirando a un ser totalmente erguido y cubierto
con una túnica negra que les estaba hablando, Aura no podía escuchar bien lo
que decía ya que el ser solo susurraba mientras los otros lo miraban fijamente
atentos a lo que les estaba diciendo. Aura agudizó el oído y pudo escuchar algo
de lo que estaba susurrando: Buscadla y
traédmela. Fue lo único que pudo entender. De repente soltó la maceta y empezó
a sentirse mal, unas imágenes le vinieron a la cabeza, vio un bosque en llamas
y a un ser parecido a ese acercase a ella, un niño gritaba llamándola con
fuerza pero aquel no era su nombre, vio como la separaban de aquel niño de pelo
negro y ojos azul eléctrico, alguien lo sujetaba mientras a ella se la llevaba
en brazos un hombre con barba y pelo blanco.
-
Alas. –susurró Aura y despertó
del trance.
Tenía la vista nublada miró hacia arriba y vio una figura borrosa,
Aura se apartó aturdida retrocediendo arrastrándose por el suelo de espaldas, su
vista se aclaró. Las tres bestias la estaban rodeando por detrás y aquel ser
estaba plantado delante de ella.
-
Mira que tenemos aquí.- dijo
el ser con una voz grave.
Aura se incorporó de un salto y sacó su katana rápidamente, le
entraron nauseas al levantarse tan rápido, pensó en Jade y en los niños, no
podía perecer allí tenía que hacer algo. Miró a su alrededor analizando la
situación, no encontraba ninguna salida, cuatro eran demasiados, nunca habían
ido en grupo. Algo saltó por delante de ella y se le tiró al cuello a una de
las bestias. Aura vio, brevemente, a su
salvador pero antes de fijarse en que era atacó a otra de las bestias. No tenía
que vacilar, le cortó la cabeza a una de ellas y la otra la atacó por detrás
cogiéndola del cuello, miró hacia abajo y vio un perro grande, de pelaje oscuro
y ojos azules, sacando los dientes enfurecido hacía ella, el perro no podía
atacar a la bestia, entonces se cortó el viento y una flecha fue directa a la
cabeza de la bestia que sujetaba a Aura mientras el ser miraba entretenido. La
bestia cayó al suelo muerta y Aura se desplomó por el peso. Cuando levantó la cabeza
el ser ya no estaba. Miró al perro que la miraba sacando la lengua, se
sorprendió al ver como había cambiado la expresión de su cara, entonces recordó
que alguien más la había ayudado se giró y vio a un chico castaño de ojos
verdes que le ofreció su mano para levantarla del suelo.
-
¿Estás bien? – le dijo Aku
preocupado pero al mismo tiempo alegre de saber que había más gente como él.
-
Sí, - se incorporó, lo miró fijamente sus ojos le
inspiraron confianza. – ¿Es tu amigo? – Le dijo mirando al perro.
-
No. Pero parece que le
gustas. – sonrió tímidamente.
-
Gracias me habéis salvado la
vida, los dos. – dijo Aura agradecida pensando en que vería a su familia una
vez más. – Nos vemos. – Aura se giró de espaldas.
-
¿Dónde vas? – Aku se
sorprendió con aquella reacción.
-
A casa. – dijo secamente mientras se iba alejando. – No puedo correr el riesgo de llevarte conmigo, no
me puedo fiar de nadie, cuídate.
-
Pero… - Aku no sabía que
decir y mientras buscaba las palabras Aura se iba alejando de él.
Aura se giró y vio que el perro la seguía, aunque más que un perro
parecía un lobo salvaje. Le llegaba a la cintura si le acercaba la mano podía
tocarlo sin agacharse, su pelaje de un gris casi negro contrastaba con sus
claros ojos azules. Aquel animal hubiera atemorizado a cualquier persona pero a
Aura le gustaba, decidió llevárselo con ella y ofrecerle un poco de comida.
-
Chico. – le susurró al perro.
– Creo que si te quedas conmigo deberíamos de buscar un poco más de comida,
pero estoy un poco cansada.
El perro la miró como si entendiera sus palabras. Aura giró la
cabeza y vio una pequeña tienda de alimentos, entró junto con su recién amigo,
miró a todos los lados mientras él olisqueaba el pequeño recinto. Aura encontró
arroz que parecía estar en buen estado, abrió la mochila y metió el arroz junto
algunos botes de comida preparada.
-
Espero que aun sea
comestible. – dijo.
Aura se dio cuenta de que no sabía dónde estaba y se asustó, se
había perdido aparte de eso estaba mareada pero tenía que llegar a casa. Salieron de la tienda y el perro se le adelantó, la miró y a ella le pareció
entender que quería que lo siguiera. Anduvieron durante diez minutos, al fin,
recordó aquellas calles y encontró el camino a casa.
No podía quitase de la cabeza la cara completamente negra sin ojos
de aquel ser delgado de casi dos metros de altura, y porque había tenido esas
alucinaciones. Pensó en el chico que dejó atrás y se preocupó, lo había
dejado solo allí, después de que este le salvara la vida, le podría pasar algo
pero ella estaba demasiado cansada para pensar.
Por fin llegó a casa y subió junto a su peludo amigo sin mirar
como hacía siempre por todo el trayecto de las escaleras, se sentía mal y
aturdida, se estaba quedando sin fuerzas. Al llegar arriba tocó a la puerta y
se desplomó en el suelo.
Jade oyó un golpe después de que alguien llamara, se asustó y
corrió hacía la puerta. La abrió con la certeza de que Aura estaba detrás.
-
¡Aura! – gritó Jade asustada
al ver a su amiga que estaba en el suelo, luego miró al perro y le impactó ver lo
grande que era, pero pensó que si estaba allí no era un enemigo.
-
¿Qué ocurre… Ja? – Río salió
al portal y vio a Aura en el suelo su cara se puso pálida y corrió hacia ella
-
Río, ayúdame. – Dijo Jade
aliviada al ver que Aura estaba respirando.
Jade la levantó colocando su brazo por encima de su hombro y Río
la ayudó. El perro cogió la mochila, que Aura había dejado caer, con la boca y
la llevó dentro siguiendo a Jade y a Río. Uno de los niños cerró la puerta
rápidamente.
Aku entró en la tienda en la que Aura había cogido las semillas y
pensó que aquel sería un buen lugar para vivir con Carlos y Juan. Aquel chico
era muy inteligente y sabía que las bestias no se acercarían allí. Inspeccionó
el lugar sin parar de pensar en la chica a la que había salvado. No entendía su
reacción ni porque se fue en su estado, parecía encontrarse mal pero Aku sabía
que era completamente humana, tal vez estaba resfriada pensó. Aku vio una
puerta de madera al final de la habitación y la abrió, era un trastero bastante
grande lleno de cajas y sacos de arena. Salió de allí y pensó en ir a buscar a
Carlos y a Juan a la biblioteca, había encontrado un buen sitio y eso le alivió.
Llegó a la biblioteca, las ventanas estaban rotas y la gran puerta
abierta de par en par llena de sangre restregada. Aku se puso en posición de
ataque, luego pensó en Carlos y Juan y entró corriendo. Allí no parecía quedar
nadie vivo, miró al suelo y vio a la gente que antes fueron humanos, tirados sin vida, miró hacía todos los lados buscando a sus amigos.
-
Juan aguanta. – dijo una voz
que salía de detrás de una de las estanterías.
Aku corrió hacia allí. Juan estaba tumbado en el suelo y Carlos le
sujetaba la mano con la cara llena de lágrimas, su rostro que siempre parecía
tan alegre ahora estaba entristecido de tal modo que no parecía él.
-
¿Qué ha pasado? – dijo Aku
preocupado arrodillándose junto a Carlos.
-
Fuimos a buscarte, y cuando
volvimos sin noticias tuyas la gente se había vuelto loca se estaban matando
entre si. Nos vieron y uno atacó a Juan, le mordió en el abdomen. – dijo Carlos con
los ojos vidriosos. – Entonces mate a aquella bestia luego se fueron los demás
como si algo los llamara.
-
Ha sido todo por mi culpa. –
dijo Aku cubriéndose los ojos, estaba llorando.
-
No te atormentes chico. –
dijo Juan, con la voz entrecortada, que permanecía en el suelo con una mano en su
barriga.
Aku le apartó la mano y vio la herida no parecía muy profunda pero
tenía muy mal aspecto, como si se le hubiera infectado rápidamente, Aku sacó
con rapidez una bolsa con polvo amarillo de su bolsillo y se puso un poco en la
mano. Juan le cogió la mano y lo miró con tristeza.
-
Es lo único que tenemos, no
sabes si funcionará. – a Juan le costaba respirar. – Dejadme morir aquí, mi
camino ha terminado.
-
Calla, no digas estupideces.
– dijo Carlos, con la esperanza de que pudieran salvarlo. – Date prisa chico.
Aku dejó caer el polvo en la herida de Juan y de ella empezó a
salir humo eliminando la suciedad. Carlos sonrió aliviado, con una herida de
aquellas la gente se moría como una planta envenenada. La herida se limpió por
completo, Aku terminó todo el polvo que había en la bolsa. Juan empezó a
sentirse mejor, pero la herida no había sanado. Carlos se arrancó un trozo de
la camisa de botones a cuadros que llevaba y le tapó la herida a Juan
presionando. Aku se quitó los cordones de sus sucias deportivas y le ataron el
trozo de tela al abdomen cubriendo la herida. Lo ayudaron a levantarse, Juan rodeó
con los brazos los hombros de sus amigos.
-
Tenemos que salir de aquí. –
dijo Aku nervioso. – He encontrado un sitio en el que podemos vivir seguros,
vamos.
Los tres salieron por la gran puerta con Juan arrastras y se
dirigieron a la tienda que Aku había encontrado.
- Próximo capítulo: 5 de Mayo de 2012. -
Me encanta :D :D :D Ya soy una Hiper Fan XD
ResponderEliminarBua como mola la historia!!!!!!!!!! me gusta mucho ya tienes a otro fan :)
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