lunes, 2 de julio de 2012

Capítulo 10, Infancia: Sin fuerzas.

Aura se despertó de golpe, estaba empapada de sudor frío, había tenido una pesadilla. Alas se despertó y la abrazó.

- ¿Qué has soñado? – le dijo mentalmente. A Alas le asustaban los sueños de Aura porque siempre se hacían realidad.

- Alas, creo los niños del otro día van a pegarle a Akai cuando lo encuentren solo. – le comunicó Aura a través de la mente.

- ¿Sabes cuándo? – Alas estaba preocupado quería proteger a su nuevo amigo.

- Creo que era por la tarde. – dijo Aura nerviosa, no lo sabía con exactitud.

- Pequeña, iremos a ayudarle, ¿de acuerdo? – Alas le cogió la mano. – Pero papá no tiene que enterarse, iremos solos.

- ¿Solos? – Aura se preocupo aún más. – ¿Cómo vamos a irnos sin que se entere? Antes era más fácil pero ahora están Lazúli, Guardián y Kinos, ellos siempre están por el bosque, nos verán.

- Iremos volando. – dijo Alas sonriendo.

-

Rilen estaba sentado en el sillón del salón leyendo un libro tranquilamente, parecía bastante feliz. Aura y Alas entraron con gesto sospechoso. Rilen los miró por el rabillo del ojo.

- ¿Qué estáis tramando niños? – les preguntó.

- Nos ha pillado, Alas no sabes disimular. – le dijo mentalmente Aura.

- A ti solo te faltaba silbar. – le contestó Alas.

- Nada papá, tengo hambre. – dijo Aura.

- Normal, ayer no hubo forma de despertarte para cenar. – dijo Rilen.

Aura y Alas se sentaron en la mensa mientras Rilen les preparaba el desayuno. Estaba empezando a preocuparse, sus hijos estaban demasiado quietos y se estaban comportando como personas normales, en vez, de ponerlo nervioso revoloteando por la cocina.

- ¿Qué ocurre? ¿Por qué os estáis portando tan bien? – les preguntó Rilen entrando al salón con el desayuno.

- Porque… - Aura tenía que pensar rápido, cualquier escusa serviría. – Porque queremos volver a la aldea a jugar con Akai y ver a Clara.

- Ya veo que os habéis hecho muy amigos. – Rilen dejó de sospechar, siempre que querían algo se comportaban y eran muy buenos.

- Sí, ¿podemos ir esta tarde? – Aura pensó que si les acompañaba su padre podrían evitarlo sin tener que escaparse.

- Hoy no podrá ser pequeña. – Rilen odiaba negarle algo a su hija. – Tengo que ayudar a vuestro tío y ya lo he dejado tirado varias veces pero podemos ir mañana, ¿Qué os parece?

- Bueno, está bien. – dijo Aura.



Eran las tres de la tarde, Kinos estaba en lo alto de la montaña disfrutando del sol primaveral. Vio un pájaro a lo lejos, se quedó mirándolo fijamente, aquello no era un pájaro, eran Aura y Alas. Kinos se preocupó, se estaban alejando demasiado, descendió rápidamente de la montaña y empezó a seguirles lo más rápido que podía.



Aura y Alas llegaron a la salida del bosque, descendieron y él oculto sus alas. Empezaron a correr hacia casa de Akai, en el sueño pasaba a unos metros de ella. Vieron a Akai a lo lejos jugando con una pelota muy cerca de un camino de tierra que daba al bosque. Corrieron hacia él.

- Akai… - Aura estaba exhausta y le costaba hablar. – Tenemos que…

- ¿Qué hacéis aquí? ¿Rilen sabe que habéis venido? – les preguntó Akai preocupado.

- No, no lo sabe. – dijo Alas.

- Os vais a meter en un buen lio. – dijo Akai sonriendo, estaba feliz de volver a verlos.

Aura miró hacia un lado y vio a unos diez niños que se acercaban a ellos, llevaban palos de madera en las manos.

- Alas mira. – Aura se asustó, eran demasiados.

- Corred hacia el bosque. – dijo Alas mientras los cogía a los dos de la mano.

Los otros niños empezaron a perseguirles. Aura corría todo lo rápidamente que podía, sabía que podrían con ellos pero eso conllevaría utilizar sus habilidades y no podían hacerlo delante de Akai. Siguieron corriendo pero no los perdieron, aquellos niños los estaban alcanzando. Akai se paró de golpe, estaba enfurecido y harto de que siempre lo estuvieran molestando, no iba a permitir que le hicieran daño a sus nuevos amigos, que los persiguieran y maltrataran como a él, tenía que romper la promesa que le hizo a su madre. Aura y Alas se pararon y retrocedieron hasta él, Alas lo cogió del brazo pero este no se movió. Los otros niños se fueron acercando y se pararon delante de ellos. Eran muchos y había dos de unos doce años.

- Ese es el que me pegó. – dijo el niño al que Alas retorció el brazo.

- ¿Cómo te atreves a pegarle a mi hermano? – uno de los niños de doce años habló. – Me las vas a pagar.

Akai se puso delante de Alas, su cara mostraba ira, estaba tan enfadado que no pudo aguantarse más y sus manos se encendieron. Aura sintió su poder casi al instante y miró sus manos.

- Alas, mírale las manos a Akai, están ardiendo. – le dijo mentalmente. – Está muy enfadado.

Alas comprendió a su hermana, no tenían que dejar que los niños vieran sus manos. Alas le cogió una mano a Akai y Aura le cogió la otra, el fuego no les afectó. Akai los miró asustado pensó que estaba quemándoles pero las llamas se extinguieron.

- ¿Qué hacemos Alas? – le preguntó Aura a su hermano mentalmente, estaba muy asustada y no podía pensar con claridad. Sabía que aquellos niños no dudarían en hacerles daño.

- Tranquila pequeña, podré con todos. – le dijo Alas mentalmente intentando tranquilizarla.

Él chico que había amenazado a Alas levantó la vara de madera y se fue acercando a ellos. Alas empujó a Akai y a Aura hacia atrás. En ese momento un caballo relinchó y saltó por encima de Aura, Akai y Alas, quedándose entre ellos y los otros niños. Los niños se asustaron y retrocedieron, Kinos se levantó quedándose a dos patas mientras relinchaba con fuerza y movía las patas de delante. Los niños se asustaron y se fueron corriendo, no podían competir con aquel gran caballo furioso.

- Aura, debiste avisarme de esto. – le dijo Kinos enfadado.

- Lo siento, no quería que mi padre se enterara. – le dijo Aura entristecida, sintió que le había fallado.

- ¿Con quién hablas? – le preguntó Akai.

- Con Kinos. – Aura miró a Kinos con cara de pena.

Akai miró a aquel precioso y esbelto caballo gris, su hermosa melena negra ondeaba con el viento, le pareció la criatura más bella del mundo.

- ¿Cómo puedes hablar con él? – le preguntó Akai extrañado, se había dado cuenta de que sus amigos eran diferentes a los otros niños.

- Akai, ¿Por qué se te han encendido las manos? – le preguntó Alas.

Akai lo miró nervioso, no sabía que decirle, él había nacido con ese don y le había prometido a sus padres que nunca se lo contaría a nadie pero ellos eran sus amigos, ahora más que nunca sabía que podía confiar en ellos.

- Le prometí a mis padres que no se lo contaría a nadie… - Akai los miró a los dos. – Pero sois mis amigos, los únicos que he tenido. Si yo os lo cuento vosotros me tendréis que contar porque no os he quemado.

- No es buena idea niños. – les dijo Kinos a Aura y a Alas.

- Pero es nuestro amigo. – le dijo Alas a Kinos.

- No le digáis quien es vuestra madre. – les advirtió Kinos, Akai no podía escucharlo.

- Pero si no le decimos eso no nos entenderá. – le dijo Aura a Kinos telepáticamente.

Kinos se acercó a Akai y lo miró fijamente, en ese momento se dio cuenta de algo. Guardián y Lazúli se acercaron a ellos corriendo, los gritos del caballo los habían alertado, podían escucharse mutuamente por muy lejos que estuvieran. Akai retrocedió asustado.

- Tranquilo Akai, son nuestros amigos. – le dijo Alas.

Lazúli y Guardián se acercaron a Akai, había algo en aquel chico, los tres supieron al momento de que se trataba. Se miraron entre ellos.

- ¿Qué ocurre? – dijo Aura extrañada al ver el comportamiento de los animales.

- Nada, estamos asegurándonos de que es un buen chico. – le dijo Lazúli.

- Pues claro que lo es, es nuestro amigo. – le dijo Aura.

- Deberíais volver a casa los tres. – dijo Lazúli.

- Pero no podemos dejar a Akai solo y si lo están esperando. – dijo Alas preocupado.

- Yo lo acompañare a su casa, ¿de acuerdo? – dijo Guardián. – Decídselo.

- Akai, Guardián, el lobo, te acompañara hasta tu casa. – le dijo Aura con amabilidad. – No tengas miedo, no te hará daño.

- Pero ¿Qué pasa con lo que estábamos hablando? – dijo Akai. – ¿Vais a dejar de ser mis amigos? Os asusto, ¿verdad? – Akai se entristeció.

Aura se acercó a él y le cogió las manos, lo miró a los ojos y le sonrió. Akai estaba muy asustado no quería perderles y menos ahora que les había mostrado su habilidad, quería compartirlo con ellos. Aura vio lo que pensaba y lo abrazó.

- No voy a dejarte solo. – le susurró Aura.

A Akai se le llenaron los ojos de lágrimas, se puso feliz, llegó a pensar que aquello era un sueño, ¿Cómo podía existir alguien como ella? Tan dulce, tan buena y cariñosa… tan bonita.

- Ni yo. – dijo Alas. – Eres nuestro amigo. Pero si no dejas de llorar dejaré de serlo. – Alas le sacó la lengua.

Akai se frotó los ojos con la manga de la camisa y sonrió.

- Yo no estoy llorando. – dijo ruborizado, no podía mostrarse débil delante de Alas, los dos eran chicos y los chicos no lloran. – Ha sido Aura que me ha metido el pelo en un ojo.

Los tres niños rieron a carcajadas.

- Vamos niños, es hora de volver. – dijo Lazúli.

- Akai tenemos que irnos. – le dijo Alas. – Pero mañana iremos con nuestro padre si no se enfada por habernos escapado.

Se despidieron, Akai se giró y ando junto a Guardián. Le daba impresión ir al lado de aquel enorme lobo que le sacaba dos cabezas, le tenía un poco de miedo. Guardián lo miró y Akai esquivó su mirada, no se atrevía a mirarlo a los ojos. Guadián se dio cuenta de que él niño estaba asustado, no era buena idea hablarle a alguien que apenas conocía así que le lamió la cara, con eso bastaría. Akai lo miró y se paró, se armó de valor y levantó la mano para tocarle, Guardián se acercó a ella y puso la cabeza debajo. Akai sonrió y siguió andando, ahora ya no tenía miedo y se sentía seguro al lado de aquel enorme animal.

- No sé qué pasa con Aura y Alas – dijo Akai, tenía la impresión de Guardián lo podía entender. – Pero deben de ser muy especiales para tener amigos como vosotros, sois impresionantes. Ojala viviera con ellos en el bosque… podría ser feliz. – Akai se entristeció, odiaba vivir en aquella aldea llena de chiflados.

Guardián se acercó a él y rozó su cabeza contra la suya. Podía entenderlo perfectamente y no le preocupaba que el niño lo supiera. Para que algunos de los tres animales hablaran con una persona normal, esta tenía que ser especial y de gran corazón, y sobretodo proteger a la naturaleza. Guardián pensó que pasaría mucho tiempo hasta encontrar a la próxima persona a la que sorprendería con sus palabras.

Por fin llegaron a la casa de Akai. El niño miró a Guardián y sin previo aviso lo abrazó agradecido.

- Muchas gracias Guardián. – le dijo sonriendo.

Guardián le lamió la cara y se marchó corriendo hacia el bosque. Tenía que ocultarse de los humanos.



Aura y Alas caminaban junto a Kinos y Lazuli, todos estaban en silencio. Aura sabía que Kinos estaba muy enfadado con ella.

- ¿Estás enfadado conmigo? – le pregunto Aura a Kinos, aun sabiendo la respuesta.

- Sí, Aura. Te dije que si tenías problemas me lo dijeras. – le contestó molesto.

- Si te lo hubiera dicho se lo habrías contado a papá. – dijo Aura.

- Pues claro, vosotros sois niños no podéis solucionar las cosas como lo haría Rilen, debisteis contárselo. – dijo Kinos.

- Tienes razón Kinos, lo siento. – Aura sabia que decir lo siento no bastaría para que Kinos la perdonara. Suspiró y agachó la cabeza.

Guardián les alcanzó, llegaron a la entrada de la casa, Rilen los estaba esperando muy preocupado… como siempre.

- ¿Dónde estabais? – les preguntó enfadado. – No me digáis que en el bosque porque sé que os habéis alejado, puedo sentir vuestra esencia.

- Akai estaba en problemas y fuimos a ayudarlo. – le dijo Aura nerviosa, esta vez se habían pasado.

- ¿Por qué no me lo dijisteis? – les preguntó, vio que sus hijos no tenían la intención de responder. – ¿Crees que me habría quedado aquí sin hacer nada? Lo hubiera ayudado.

Aura y Alas no decían nada, se dieron cuenta de que su padre tenía razón.

- ¿No pensáis decirme nada? – les preguntó muy enfadado. – No sé que os está pasando por la cabeza pero espero que sea que tengo razón. Hoy os habéis pasado de la ralla. Iros a vuestra habitación y no salgáis hasta la hora de cenar.

Los niños pasaron por su lado cabizbajos y entraron en casa. Rilen estaba muy molesto con ellos, no habían confiado en él y eso era lo que más le dolía, lo habían defraudado.

- Rilen, tenemos que hablar contigo. – le dijo Lazúli. – Será mejor que te pongas cómodo, será una larga conversación.

Rilen se sentó en uno de los bancos de la entrada. Lazúli y Guardián se sentaron, Kinos, como siempre, permaneció plantado.

- Hemos descubierto algo, sobre ese chico, Akai. – le dijo Guardián.

- Entonces, ¿llegasteis vosotros para defenderlos? – preguntó retóricamente.

- Sí, yo los seguí por el bosque, sino llegó a aparecer hubieran utilizado sus habilidades, eran muchos y llevaban bastones de madera.

- ¡Joder! – soltó Rilen, nunca decía esas cosas pero estaba muy estresado y enfadado.

- Verás Rilen. – Lazúli hizo una pausa. – Akai, es el último elemental que ha nacido, el elemental de fuego.

- ¿Qué? Pero… - Rilen estaba confundido, el mismo había visto a los elementales y aquel niño no parecía ser uno de ellos. – Pero si es un niño normal, su cuerpo es como el de un humano. ¿Cómo es posible?

- Los elementales nacen como humanos, tienen piel, músculos y huesos. – explicó Lazúli. – Pero a medida que van creciendo, su poder crece con ellos. Y cuando llega el día, hacen un pacto eterno con la diosa y obtienen su verdadera forma.

- Su verdadera forma… - Rilen se frotó la barba pensativo.

- La diosa siempre sabía donde nacían y los protegía hasta que llegaba el día. – siguió Lazúli. – Los elementales siempre se han visto amenazados por su extraña apariencia y ella tenía el deber de protegerlos. A Ectodo nunca le creció el pelo y no se podía acercar a las personas. Terrus era tan fuerte que rompía todo lo que tocaba, la diosa estuvo muy pendiente de él, tanto que a los cinco años se lo llevó con ella. Ketar siempre ha tenido el pelo y los ojos grises pero no tuvo demasiados problemas gracias a su personalidad optimista y su sentido del humor a la gente le gustaba. Aqua nació en una época en la que la religión controlaba a las personas y todo lo que se salía de lo normal era eliminado, así que la diosa se la llevó nada más nacer ya que tenía el pelo azul.

- ¿Y porque no protegió a Akai? ¿Por qué no lo está protegiendo ahora? – preguntó Rilen extrañado.

- Akai nació cuando ella estaba embarazada de Aura y Alas. – dijo Guardián esta vez. – Dejó de ser una diosa mientras duro el embarazo, sus poderes se bloquearon y era como una humana, así que nunca supimos si nació el quinto elemental, hasta ahora.

- ¿Por qué no se dio cuenta después? – preguntó Rilen ya estaba temiendo lo peor.

- Rilen, la diosa está perdiendo fuerzas. – dijo Kinos entristecido. – la contaminación lo está debilitando. Y ahora está muy ocupada.

- ¿Ocupada con qué? ¿Es por Aura y Alas? – Rilen estaba confuso, sabía que le estaban ocultando algo.

- No, ellos le dan fuerzas. – dijo Lazúli. – Está haciendo crecer un mundo paralelo en otra dimensión, agotando casi toda su energía. Prevé que se acerca algo, algo que acabara con la humanidad… y tal vez con el mundo tal y como lo conocemos. Se está esforzando al máximo para poder salvar a la humanidad y a los animales.

- ¿Por qué se empeña en salvar a la humanidad? Ellos tienen la culpa de todo. – dijo Rilen enfadado.

- No solo ellos Rilen, hay alguien que está acelerando el proceso. – dijo Guardián preocupado. – Alguien como tú, con tu poder. Esa persona ha aprendido todo lo que tú sabes pero lo utiliza para mal.

- ¿Démian? – preguntó Rilen, estaba casi seguro de que era él. – Es él, ¿verdad?

- Sí… - dijo Guardián. - Los elementales han estado investigando y han dado con él. Ahora está viajando por los lugares más contaminados del mundo y parece que está experimentando con personas vivas.

- ¿Qué? – Rilen se quedó de piedra, sabía que su antiguo amigo era cruel pero tenía la esperanza de que algún día cambiaría. - ¿Desde cuándo lo sabéis?

- Desde hace dos años. – dijo Lazuli.

- ¿Por qué no me lo habéis dicho antes? ¿Por qué no me lo dijo ella? – Rilen estaba muy decepcionado, desde que nació buscó la paz y protegió a la tierra, pensaba que formaba parte de ella, que era uno más con quien podía confiar.

- La diosa no quería que fueras infeliz. – dijo Lazúli amablemente. – Ella quiere que disfrutes de tus hijos sin tener preocupaciones, quiere que disfrutes con ellos porque así ella también lo hace.

- ¿Por qué no lo impedís? – preguntó Rilen. – Encerradlo en algún lugar.

- No podemos… - dijo Guardián. – Tanto nosotros, como los elementales y la diosa solo somos espectadores, no podemos cambiar el rumbo de las cosas a no ser que sea por causas externas.

- ¿Por qué no? Si esto la está matando, los humanos la están matando. – dijo Rilen confundido, no entendía nada.

- ¿Te has fijado en la personalidad de Aura? – dijo Kinos. – Tan dulce, amable e incapaz de hacerle daño a nadie, cuando alguien sufre por su culpa no puede soportarlo. Cuando escuchó los pensamientos de los humanos en la ciudad colapso y se pasó un largo tiempo decaída. Pero no estaba enfadada con ellos por pensar eso, sino que buscó una solución sin importarle dañarse a si misma. Aura es igual que ella, ambas tienen un corazón tan grande que serian capaces de morir por salvar a otros. La diosa nunca le hará daño a nadie. Los elementales se han revelado muchas veces contra ella causando grandes desastres naturales como inundaciones o terremotos y con ello matando a muchos humanos, no soportan ver como muere sin hacer nada.

- ¿Y quién puede soportarlo? No los culpo. – Rilen se cubrió la cara con las manos. Su amor, la única a la que había amado, la madre de sus hijos se estaba muriendo.

- Pero gracias a Aura y a Alas, no se ha rendido y por eso se está esforzando tanto, tal vez todo esto tenga una solución.

- La solución es que yo mismo me encargue de ese maldito Démian. – dijo Rilen enfadado, nunca había sentido tanta ira dentro de él. – Soy un humano y es mí deber, ya que vosotros no podéis, yo lo haré. – dijo convencido.

Los tres animales se levantaron de repente. Rilen se sobresaltó, miró hacia dentro del bosque y vio una figura femenina que se acercaba a ellos, el sol de la tarde reflejaba en su hermoso pelo castaño oscuro y sus ojos verdes y amarillos brillaban con fuerza. Rilen la miró y toda la ira que tenía en su interior se esfumó al instante, la presencia de su amor lo conducía a un estado de paz que solo había experimentado cuando estaba cerca de ella. La miró sin apartar la vista de sus hermosos ojos, recordó todo lo que le habían contado, no pudo contenerse más y empezó a llorar. La diosa se acercó a él y lo rodeó con sus brazos apoyando sus labios en su cuello. Él se abrazó a ella desesperado, había pasado demasiado tiempo desde la última vez que pudo tocarla. Los animales decidieron dejarlos solos y se marcharon.

- Mi amor. – dijo ella con dulzura, su voz era hermosa y pura.

- ¿Por qué no haces nada? – dijo Rilen con los ojos llenos de lagrimas, se despegó de ella y le puso una mano en la mejilla. – No puedes morir, no puedes…

Ella acercó sus labios a los de Rilen y lo besó con delicadeza. Rilen sintió que abandonaba su cuerpo y volaba hasta el cielo.

- No voy a morir. – le dijo mientras le tocaba el pelo. – No voy a dejaros solo, no lo dudes mi amor.

- No, yo solucionare esto. – dijo Rilen llenó de fuerza.

- No, tú debes proteger a nuestros hijos. Si él los encuentra y les hace daño desataré mi ira y acabaré con todo.

- Él sabe eso, lo sabe… los dos leímos aquel libro… - Rilen se quedó pensando. – No, no, no, tienes razón tengo que protegerlos si él los encuentra… si los encuentra… - Rilen se asustó, nunca había temido tanto algo.

- ¿Ahora lo entiendes? – le dijo ella calmada. – Si no tuviéramos hijos, tú serias mi guerrero, serias mi salvador y te otorgaría ese título sin importarme que fueses un humano como todo lo que te entregado. Eres único Rilen y solo tú puedes cuidar de nuestros pequeños niños traviesos. Me habéis hecho reír en muchas ocasiones, siempre os estoy observando y tú siempre eres tan bueno con ellos… – la Diosa sonrió feliz.

- No sonrías así que me puedes matar. – le dijo Rilen bromeando.

- Mi amor, calma tu ira y cuida de ellos. – la Diosa lo besó como si fuera el último beso que le iba a dar.

Rilen se estremeció al recibir aquel besó, sabía que podía ser el último y todo lo hermoso que estaba siendo aquel momento se vino abajo por culpa de su preocupación y su miedo a perderla o a perder a sus hijos. Rilen sintió como se desvanecía delante de él, abrió los ojos y la miró mientras su cuerpo se hacía cada vez más tenue hasta que desapareció.

- Te amo. – su voz sonó lejana pero aquellas palabras le llegaron al corazón.

Rilen se volvió a sentar en el banco, decaído.

Nicolás salió de la casa y se acercó a Rilen, sabía lo que había pasado ya que lo había visto y oído todo desde la entrada.

- Rilen, lo siento mucho. – le dijo entristecido.

- ¿Lo has escuchado? – le preguntó Rilen.

- Sí, los niños se han dejado la puerta entreabierta y no he podido evitar escucharos, discúlpame. – le dijo Nicolás arrepentido.

- Tranquilo Nicolás, eres el único humano con el que confió plenamente, te lo iba a contar de todas formas. – le dijo sonriendo melancólico.

- La cena está lista, deberías comer y descansar un poco, has tenido un día muy duro.

- No puedo dejar que los niños me vean así, estoy demasiado débil mentalmente y Aura podría leerme el pensamiento. – Rilen suspiró. – ¿Puedes encargarte de ellos hasta que se acuesten?

- Claro que sí. – Nicolás le puso una mano en el hombro y lo miró a los ojos. – No te preocupes todo tiene solución. – hizo una pausa pero su amigo no dijo nada. – Cuando los acueste saldré a avistarte. No te tortures demasiado.

Nicolás entró en casa, se paró delante del salón y respiró hondo, estaba muy preocupado por su amigo, llevaba consigo una carga que solo él podía soportar. No le parecía justo pero la vida es así y siempre sufre quien menos lo merece.

Aura y Alas estaban sentados en su cama y se pasaban una pelota desganados, ambos se sentían culpables y no podían evitar pensar que habían defraudado a su padre. Era la primera vez que Aura no sabía como disculparse y eso la estaba ofuscando.

Nicolás llamó a la puerta.

- Niños, la comida ya esta lista. – dijo mientras entraba.

- ¿Dónde está papá? – dijo Alas extrañado.

- Está dando un paseo, no vendrá a comer ni a cenar. – Nicolás se forzó para no mostrar su preocupación. – No os preocupéis, estoy seguro de que si os portáis bien, cenáis, os acostáis y mañana le pedís disculpas os perdonará sin pensarlo. – Nicolás sonrió.

Los niños le hicieron caso a su tío en todo lo que les pedía, cenaron y se acostaron. Nicolás no salía de su asombro, nunca le hacían caso. Ahora tenía claro que los niños estaban arrepentidos de verdad.



Rilen entró en casa y se fue directo al salón. Nicolás estaba sentado en uno de los sillones leyendo un libro científico. Se sentó a su lado agotado, se sentía como si hubiera estado luchando contra un dragón, sin fuerzas.

- Tienes la cena en la cocina, se habrá enfriado pero puedo calentarla. – Nicolás sabía que su amigo no tendría apetito.

- No te molestes, no tengo hambre pero gracias. – le dijo Rilen con voz entristecida.

- Rilen deberías comer… - Nicolás sabía que no lo convencería pero tenía que intentarlo. – Tienes que animarte un poco, no puedes estar así para siempre.

- Lo sé pero no puedo Nicolás… ya no puedo más. – Rilen parecía que iba a desmayarse.

- Vamos te acompaño a tu habitación. – Nicolás se levantó y ayudo a su amigo a incorporarse. – Te prepararé un vaso de leche caliente y más te vale tomártelo.

Rilen no habló, sabía que si no le hacía caso no lo dejaría en paz, en verdad su amigo tenía razón, no podía ir vagando con aquella expresión por más tiempo, tenía que ser fuerte por sus hijos como lo estaba siendo ella.



Aura y Alas no podían dormir, estaban preocupados por su padre y pensaron que había algo más.

- Alas, quiero estar con papá. – le dijo Aura mentalmente. - ¿Vamos a su habitación?

- Sí, yo también quiero disculparme y esta vez de verdad. – le respondió su hermano.

Ambos se levantaron y salieron de la habitación. Se pararon un momento delante de la habitación de su padre, la puerta estaba cerrada y el nunca la dejaba cerrada. Aura puso la mano temblorosa en el pomo.

- ¿Papá podemos entrar? – le preguntó.

Rilen estaba despierto mirando el techo, con los ojos llenos de lágrimas, cuando escuchó la dulce voz de su hija. Si les decía que no les partiría el corazón, tenía claro que iban a pedirle disculpas. Rilen se limpió las lágrimas con un pañuelo y respiró hondo intentando llenarse de energía.

- Sí. – dijo mientras se incorporaba y preparaba su mente para bloquear la de Aura.

Los niños entraron avergonzados, tenían la cabeza agachada y se quedaron en la entrada. Rilen les observó por un tiempo, no tenía la intención de levantase, si querían disculparse tenían que hacerlo sin ninguna ayuda. Aura y Alas al ver la reacción de su padre se acercaron lentamente a su cama y se pararon al lado de la cama.

- Lo siento. – Alas habló primero y aquellas palabras le salieron del corazón.

- Lo siento. – Aura lo dijo con la misma sinceridad que su hermano.

Rilen no les respondió, estaba muy cansado y no sabía que decirles. Los tres permanecieron en silencio sin hacer ni decir nada. Aquello empezaba a ser incómodo, en una situación normal Alas se hubiera enfadado y le habría replicado a su padre por su comportamiento. Aura lo hubiera mirado con sus ojitos entristecidos y le hubiera dicho una y otra vez que lo sentía hasta quedarse sin aliento.

Rilen apartó las mantas y se sentó en la cama delante de ellos, todavía no sabía que decirles. Sus hijos tenían la cabeza agachada y no lo miraban ni se movían, pensaban permanecer allí quietos hasta que su padre los disculpara. Rilen no pudo aguantarse más, no podía verlos así pero seguía sin poder hablar, estaba haciendo un gran esfuerzo para no llorar delante de ellos. Cayó de rodillas al suelo delante de ellos y los abrazó llevándoselos a sus brazos, eran lo más bonito que tenía, eran su vida. No pudo contenerse más y empezó a llorar. Aura y Alas abrazaron a su padre con fuerza, no sabían que le pasaba y verlo así los entristeció.

- Papá… - dijo Aura con la voz entrecortada, estaba a punto de llorar. - ¿Lloras por nuestra culpa?

- Papá lo siento mucho. – dijo Alas preocupado, no quería ver a su padre así.

- No, pequeños. – Rilen hizo un esfuerzo y dejó de llorar, los apartó con delicadeza y los miró a los dos. - Os quiero muchísimo.

- ¿Papá que ocurre? – Aura se dio cuenta de que algo iba mal.

- No ocurre nada. – Rilen la miró y sonrió, su hija era la única que podía hacerlo feliz con solo mirarle. Se llenó, nuevamente, de energía. – Pensé que os iba a perder, solo eso. – sus palabras sonaron convincentes al fin.

- Te quiero papá. – dijo Aura abrazándolo de nuevo.

- Te quiero. – dijo Alas, era la primera vez que le decía eso a su padre pero sabía que necesitaba oírlo. Lo abrazó.

- Venid aquí. – Rilen los levantó a los dos y los acostó en su cama, él se tumbo en medio de los dos y los abrazó. - Sois lo mejor del mundo.

Rilen sonrió, sus hijos consiguieron animarle. Ahora ya podía pensar con claridad, tenía que ser fuerte y seguir cuidando de ellos como hasta ahora.

Le rugió el estomago y se rio. Aura y Alas se miraron con complicidad, se les ocurrió una idea para compensar a su padre.

- Papá, quédate aquí calentito. – le dijo Aura sonriendo animada. – Vamos a prepararte la cena.

- ¿Qué? – Rilen se sorprendió. – No, no, no, no, ¿Queréis destruir la casa?

- Papá confía en los chefs. – dijo Alas bromeando.

- Los chefs… - a Rilen le parecía la peor idea del mundo, aunque le animó saber que sus hijos querían cocinar para él, pero sabía que eran unos desastres y lo dejarían todo hecho un gallinero. – Hijos no puedo dejaros solos en la cocina, no es seguro.

En ese momento Nicolás abrió la puerta, había estado escuchándolo todo, en el fondo era un cotilla, entró con cara de felicidad.

- Yo los vigilo. – le dijo a su amigo con una amplia sonrisa.

- ¿Has estado escuchando? – le dijo Rilen levantando una ceja.

- ¿Yo? – Nicolás lo miró sonriendo. – Sabes que no me gusta hacer esas cosas. – bromeó.

- Va, id a la cocina que no tenéis remedio, ninguno de los tres. – dijo Rilen feliz.



Rilen estaba tumbado en la cama pensativo. Escuchaba reír a sus hijos en la cocina y a Nicolás maldecir enfadado. Escuchó una pequeña explosión y se sobresaltó levantándose de la cama de un salto.

- ¡Papá no te levantes, estamos bien! – gritó Aura desde la cocina.

Rilen volvió a sentarse. Parecía que ya habían terminado. Los tres entraron en su habitación, tenían el pelo alborotado y la cara llena de manchas de carbón.

- Se suponía que tenías que supervisarles. – le dijo Rilen a Nicolás.

- ¿Y quién me supervisa a mí? – dijo limpiándose la cara con un pañuelo.

- Papá, se ha roto el aparató ese que hizo el tío para calentar la comida… – Aura empezó a reírse sin poder terminar de hablar.

- Ríete pequeño bicho, ríete. – le dijo Nicolás intentado contener la risa.

- Y el tío Nicolás a intentado repararlo… - Alas se echó a reír encanado.

- Vamos decidlo, decidlo monstruitos. – Nicolás los miró frunciendo el ceño aunque no estaba enfadado. – Y al tío Nicolás le ha explotado en la cara.

Aura y Alas no podían parar de reír y cada vez que veían el pelo chamuscado de su tío les entraba la risa. Estuvieron a punto de tirar la comida que llevaban los dos al mismo tiempo en una bandeja.

- Vamos niños que lo vais a echar todo a perder. – dijo Nicolás cogiéndoles la bandeja. – Id con vuestro padre, ya me encargo yo de traerle la comida. – Nicolás sonrió, Rilen parecía estar mucho mejor.

Rilen empezó a comer, le había entrado el apetito y la comida tenia buen aspecto lo que le hizo pensar que habían tenido demasiada ayuda de Nicolás. De nuevo se sintió con fuerzas y feliz de tener a su lado a aquellos dos pequeños traviesos que siempre encontraban la forma de animarle y hacerle feliz. Ahora, más que nunca, lo necesitaban…




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