Aura y Kinos estaban mirándose fijamente sin hablar, parecía que jugaban a algo que los demás desconocían. Alas estaba tumbado encima de Lazúli mientras Guardián le mordisqueaba los pies haciéndole cosquillas, Alas se cogía la barriga e intentaba dejar de reírse. Cuando Guardián paraba de mordisquearle Alas le ponía el pie encima de la cabeza para que seguira, no les hacia faltar hablar para entenderse.
Aura dio un paso atrás y Kinos la imitó, luego se agachó él siguió imitándola. Aura lo miró fijamente a los ojos, en su cara se podía ver que no tramaba nada bueno. Saltó de repente levantando los brazos hacia el cielo y Kinos se puso a dos patas relinchando. En ese instante Rilen salía de la casa y corrió hacia ellos asustado.
- ¡Aura! – dijo Rilen mientras la cogía en brazos.
- Papá, no pasa nada. – dijo Aura sonriendo.
- No me he vuelto loco, tranquilo. – le dijo Kinos a Rilen.
- ¿Y qué diablos estabais haciendo? – preguntó enfadado.
- Es un juego, el imita todo lo que hago. – dijo Aura divertida. – No te enfades papá.
- No me acostumbro hija, no me acostumbro. – dijo Rilen mientras la dejaba en el suelo.
- ¿A qué? – preguntó Aura.
- A que seamos diferentes a los otros niños. – dijo Alas con su típica expresión seria.
- Para mi sois los mejores hijos del mundo, ¿de acuerdo Alas? – dijo Rilen mirándolo.
Alas asintió con la cabeza y se abalanzó encima de Guardián para devolverle las cosquillas pero este ni se inmutó.
- Niños, tengo que salir. – dijo pensando que lo estaban ignorando. – Iré a la aldea a por algo de comida. Nicolás está trabajando no le hagáis ninguna de las vuestras.
- Tranquilo Rilen, nosotros nos ocupamos de tenerlos entretenidos. – dijo Lazúli tranquilizándolo.
- Muchas gracias, sois de gran ayuda. – sonrió y se fue.
Kinos empezó a andar hacia el bosque, Aura lo miró extrañada.
- ¿Dónde vas? – le preguntó.
- A estirar las piernas, a diferencia de estos dos yo no puedo tumbarme tan fácilmente como un vago. – dijo Kinos.
- ¿Puedo ir contigo? – preguntó Aura mirando a Lazúli, la veía como a su madre y siempre le hacía caso.
- Kinos, ¿puedo confiar en ti? – le preguntó Lazúli.
- ¿Lo dudas? – le dijo molesto.
- No, tened cuidado.
- ¡Bien! – gritó Aura entusiasmada. – ¿Alas quieres venir? – le preguntó mentalmente.
- No, tengo que encontrarle las cosquillas a Guardián. – le dijo Alas.
Aura siguió a Kinos por el bosque pero iba demasiado rápido para ella así que Aura se paró y cruzó los brazos enfadada.
- ¿Qué pasa bicho? – le preguntó.
- No puedo ir tan rápido. No es justo, Alas puede volar y siempre es más rápido que yo, y ahora tu con tus patas largas también me dejas atrás, si pudiera volar seguiría tu ritmo. – dijo Aura triste.
- Vamos no seas boba. – dijo Kinos riendo a carcajadas. – Seguro que sabes hacer algo mejor que nosotros.
- Sí, pero duele, duele saber lo que piensa la gente. – dijo Aura más triste.
- ¿Estás bien? – le preguntó al ver que sus ojos estaban lagrimosos.
Aura asintió pero las lágrimas que se deslizaban por su mejilla no engañaron a Kinos, este se acercó a ella y puso su morro en su frente.
- Bichito, ¿quieres ir tan rápido como el viento?
- Sí. – le dijo mientras lo miraba con su carita de pena. – Pero, ¿Cómo?
Kinos se arrodilló delante de ella, Aura lo miró sorprendida, sabía que a él no le gustaba que lo montaran y que nadie lo había hecho nunca. Empezó a llorar de nuevo de la emoción, sabía que tenían una conexión especial pero aquello parecía un pacto de amistad eterna.
- Vamos bichito. – le dijo Kinos con voz dulce, una voz que Aura nunca había escuchado de él.
Aquel caballo era maleducado, testarudo y gruñón pero supo como animar a su pequeño bichito como él la llamaba. Lazúli lo sabía y por eso confió en él. Aura dejó de mostrar su tristeza pero la tigresa, que poseía el sexto sentido de una madre, sabía exactamente como se sentía la pequeña.
Aura parecía indecisa delante de aquel majestuoso y precioso caballo que permanecía arrodilladlo ante ella, paciente. No tenía miedo y estaba deseando montar e ir veloz como el viento, pero no quería molestar a su amigo ni ofenderle.
- ¿De qué tienes miedo? – le dijo con la misma voz.
- ¿Estás seguro? – le preguntó ella.
- Sí. – su respuesta fue firme y sirvió para convencerla.
Aura se subió despacio para no hacerle daño, no tenia montura así que no sabía de donde cogerse.
- Cógete fuerte a mi pelo, tranquila bichito, no me duele. – le dijo con cariño. -¿Preparada?
- Sí. – dijo ella animada.
Kinos empezó a trotar, sabía que no podía salir disparado sino Aura no podría acostumbrarse a estar encima de él. Le dejó un tiempo para que ella encontrara la forma de cogerse bien sin resbalarse. Aura miraba a su alrededor, no sabía como poner los pies, los hecho hacia atrás y los apoyó en los muslos del caballo, sus pequeñas piernas se movían con las de Kinos, era como si corriesen juntos. Aura al fin encontró la forma de montarlo y Kinos aceleró la marcha. Iban esquivando árboles y ramas, hasta llegar a una gran llanura lisa. Kinos aceleró, era mucho más rápido que un caballo normal. Aura miraba al frente su cara de miedo empezó a cambiar, sonrió y gritó como una pequeña amazona, Kinos fue todavía más deprisa. Aura vio que delante de ellos había una gran roca.
- ¡Vamos a volar! – le dijo Kinos.
Aura confió en el. Cuando ya estaban casi encima de la piedra Kinos saltó y ambos se elevaron en el cielo por unos segundos, parecía que iban a volar de verdad. Delante de ellos había una gran montaña, Aura pensó que era una locura intentar subir, pero Kinos no se detuvo, siguió corriendo. Este empezó a saltar por las grandes rocas de la montaña, subiendo sin cansarse. Aura miró hacia atrás, sabía que un pequeño fallo y la caída sería mortal. Aquel caballo ahora parecía una cabra montés desafiando las pendientes como si fuera el mismo dios de la montaña. Llegaron a la cima y Kinos fue parando lentamente.
Aura relajó las piernas y las dejó colgando. Cogió aire y gritó a todo pulmón, de alguna forma se había librado de su sufrimiento. Rodeó el cuello de Kinos con sus brazos y se abrazó a él.
- Gracias. – le susurró Aura. – Te quiero Kinos.
Kinos se quedó callado, no sabía que decir. A Aura le pareció normal su comportamiento, lo conocía y casi estaba segura de que su amigo no sabía expresar sus sentimientos, aunque la había sorprendido.
- Te quiero bichito… - Kinos se armó de valor y se lo dijo, le dijo lo que sentía.
Aura se quedó petrificada no esperaba que Kinos le dijera aquello, una vez más le había abierto su corazón.
- No quiero que sufras. Y si algún día te sientes triste dímelo, no me lo ocultes o me enfadare, somos amigos, ¿no? – le dijo Kinos.
- Eres mi mejor amigo. – le dijo Aura sinceramente. – Y siempre, siempre lo serás.
Se quedaron en silencio contemplando el maravilloso paisaje que veían desde allí.
Rilen se había pasado media hora andando pero, por fin, llegó a la pequeña aldea. Podía haber ido más rápido pero decidió ir a pie y así contarle a su amada las travesuras de sus hijos.
Vio a unos niños delante de una casa hablándole a otro de pelo rojo, a Rilen le dio la impresión de que lo estaban molestando. Se acercó a ellos despacio, tampoco quería meterse en una común pelea de niños, por su experiencia sabía que los niños se pelean y al rato ya están jugando de nuevo. Pero vio algo raro, los niños eran mayores que el otro y este parecía estar muy enfadado, les escuchó insultarle y decirle que le iban a pegar.
- ¿Qué pasa aquí? – dijo Rilen con delicadeza.
- Él es lo que pasa. ¿No lo ves? Es un demonio. – dijo uno de los niños.
- ¿Y cómo sabéis eso? – les preguntó.
- Porque tiene el pelo rojo y los ojos amarillos. – le dijo otro niño.
- Yo tengo el pelo blanco y no soy un anciano. – les dijo sonriendo. – Porque alguien sea diferente no significa que sea malo.
- Vámonos, que el viejo este está loco. – dijo un niño.
En ese momento salió Clara de su casa.
- Akai, ¿estás bien? – le preguntó su madre.
- Sí, mamá. – la miró. – Él me ha ayudado.
- Muchísimas gracias señor, siempre están molestando a mi hijo, ya no se que hacer.
- No te preocupes, no me hables de usted que no soy viejo. – le dijo sonriendo mientras le tendía la mano. – Mi nombre es Rilen, encantado.
- Clara, encantada. – le dio la mano. – No eres de aquí, ¿verdad?
- No. – le respondió. – Tengo que ir a comprar.
- Yo también, si quieres vamos juntos. – sonrió.
- De acuerdo, así me dices donde puedo encontrar la mejor verdura. – sonrió.
- Eres la única persona con la que he hablado, aparte de Akai, desde que mi marido se fue de viaje. – le dijo Clara.
- ¿Por qué? – le preguntó Rilen sin pensar. – Lo siento no quiero inmiscuirme.
- No pasa nada. – le dijo ella amablemente. – La gente de esta aldea es demasiado religiosa y se creen que mi hijo es un demonio.
- Eso es una tontería. – dijo Rilen indignado. – A veces pienso que les han robado el cerebro.
Entraron en una tienda y la gente los miró con desprecio mientras cuchicheaban. Rilen cogió lo que necesitaba y esperó a que Clara hiciera sus cosas. Después fueron a la caja, Rilen pagó primero.
- Son veinte euros. – le dijo la dependienta a Clara.
Clara iba a sacar el dinero cuando Rilen le cogió el brazo.
- Señorita, ¿está segura de que no se ha equivocado? – le dijo Rilen educadamente a la dependienta.
- Sí, son veinte euros. – dijo esta cortante.
- Me parece que no. – dijo Rilen que empezaba a enfadarse. – El pan vale un euro, la leche dos, la carne cinco y las botellas de agua tres, son once euros.
- Para ella son veinte. – dijo la dependienta con cara de pocos amigos.
- ¿Por qué? – preguntó Rilen irritado.
- Porque son demonios. – dijo esta con desprecio.
- Déjalo Rilen, no pasa nada. – le dijo Clara.
- Me gustaría que me explicase porque lo son. – le dijo Rilen a la dependienta.
- Porque son raros. – le dijo esta.
- ¿En serio? Usted no tiene respeto ni lo conoce, su dios dice que hay que amar al prójimo pero hace suposiciones absurdas, juzgando a la gente por su apariencia en vez de intentar conocerlos. – Rilen estaba muy molesto.
- Déjalo Rilen no vas a cambiar nada. – le dijo Clara preocupada, no quiera montar una escena. Sacó el dinero y se lo dio a la dependienta.
- Gente como usted acabará con este mundo. – le dijo Rilen.
Salieron de aquella tienda, Rilen estaba muy enfadado, no entendía como podía existir gente así de inculta.
- No te lo tomes así. – le dijo con cariño. – Ya me he acostumbrado.
- No hay derecho. – dijo Rilen. – Ahora mismo hasta podría soltar un sinfín de insultos.
- Gracias por intentar defenderme pero no hay nada que hacer. – dijo Clara riéndose, era muy optimista.
- ¿Sabes qué? Te invito a tomar algo y que les… y que se aguante la gente de este pueblo. – sonrió.
- No sé si será buena idea, tal vez no nos sirvan. – le dijo ella.
- Lo harán, por mis… lo harán. – Rilen quería desahogarse pero no podía decir palabrotas delante del niño. – Vamos.
Clara lo llevó a un bar que había en una pequeña plaza y se sentaron en la terraza. Ya pensaban que nadie los iba a servir cuando un camarero se acercó a ellos. El chico se dirigió a Rilen y le tomó nota pero se fue antes de atender a Clara y a Akai.
- Joven, disculpa. – Rilen levantó el brazo.
- ¿Dígame? – le dijo el chico.
- Ellos no han pedido.
- No les sirvo.
- Vais a acabar con mi paciencia, lo que no han conseguido mis hijos en cinco años de travesuras hoy lo vais a conseguir vosotros. – le dijo Rilen enfadado. – Entonces quiero dos de lo que te he pedido y un vaso de leche.
- ¿Son para usted señor?
- Sí, sí, son para mí, ¿de acuerdo? – le dijo con un tono de voz elevado.
- De acuerdo.
El camarero se fue y Akai miró al hombre que estaba haciendo todo aquello por ellos, sin juzgarlos previamente como los demás.
- ¿Tienes dos hijos? – le preguntó Clara.
- Sí, una niña y un niño de cinco años. – le dijo Rilen con cara de felicidad.
- ¿Los has dejado con tu esposa? Si vuelves, ven con ellos y os invito a comer. – le dijo Clara con amabilidad.
- Mi esposa… está de viaje… también. – Rilen se quedó pensando un momento, tenía que inventarse algo. – Es la directora de un ONG y siempre está de viaje, los niños la adoran porque saben que es una mujer maravillosa que se dedica a salvar vidas. Ahora están con su tío.
- Es un alivio saber que existe gente como tu esposa. – le dijo Clara sonriendo. – Si quieres puedes traer a tus hijos, así Akai podría jugar con alguien.
- Me odiaran, como todos. – dijo Akai con la cabeza agachada.
- No lo creo pequeño. – le dijo Rilen tocándole la cabeza. – Son un poco especiales y tampoco tienen amigos.
- ¿Y eso? - le preguntó Clara.
- Vivimos apartados de la civilización y no les gusta la ciudad. – dijo Rilen. – No sé si traerlos aquí, Aura se pone muy nerviosa cuando hay gente a su alrededor.
- ¿Aura? Que nombre más bonito. ¿Cómo se llama el niño? – preguntó Clara, estaba feliz de mantener una conversación normal con alguien.
- Alas, el niño es Alas y es muy serio. – dijo Rilen rascándose la cabeza. – Son gemelos.
- Que trabajo te habrán dado. – Clara rio.
- Si, más del que imaginas. – dijo riendo.
- ¿Y si no les caigo bien? ¿Y si al verme me odian? – dijo Akai preocupado.
- ¿Cuántos años crees que tengo Akai? – le preguntó Rilen.
- ¿Sesenta?
- No. – Rilen estalló en carcajadas. – Tengo treintaiuno.
- ¿De verdad? – le dijo Clara sorprendida.
- Sí, ¿sabes desde cuando tengo el pelo blanco? – le dijo Rilen a Akai.
- No. – dijo este que empezaba a tener curiosidad.
- Desde los siete. A los seis empezó a ponerse blanco. Y me asusté, los demás niños dejaron de hablarme menos uno, que era mi mejor amigo y siguió siéndolo sin importarle el color de mi pelo.
- ¿Y porque se te puso el pelo blanco? – le preguntó el niño interesado.
- Porque era más inteligente que los demás. – dijo Rilen tocándole la nariz.
- Más inteligente eres, al menos más que la gente de esta aldea. – dijo Clara sonriendo.
- Mis hijos son como yo, nunca juzgarían a alguien por su apariencia. – les dijo a los dos.
- Rilen, me gustaría que mi hijo los conociera, si son como tú podrán hacerse amigos y no estará tan solo.
- Hablaré con ellos pero si quieren, iremos directos a tu casa. No quiero que Aura se agobie.
- Mi casa esta donde nos hemos conocido. ¿Venís pasado mañana? – le preguntó contenta.
- Sí, una cosa más. No comen carne, si pudieras hacer arroz o pasta te lo agradecería. – le dijo Rilen amablemente.
- No hay problema. – Clara sonrió.
La tarde estaba anunciando la noche, el sol tiñó el cielo de naranja. Aura, que estaba sentada en una piedra, miró a Kinos.
- Deberíamos volver, esta anocheciendo. – le dijo Kinos.
- ¿Cómo bajamos de aquí? – le preguntó Aura que tenía sus dudas.
- Sube. – Kinos se arrodilló.
Aura subió a su lomo, sabía que la bajada iba a ser terrorífica pero confiaba en su amigo. Kinos esperó a que Aura se colocara y cuando ya lo estuvo fue descendiendo con la misma agilidad con la que subió. Por fin llegaron a la llanura y Aura se calmó. Kinos iba trotando despacio, Entraron en el bosque y Aura se dejó caer encima de la espalda de Kinos y cerró los ojos lentamente, sin soltarle el pelo. Kinos dejó de trotar para que no se cayera. El sol se escondió por completo y Kinos llegó a la casa donde Rilen les estaba esperando fuera paseándose de un lado a otro.
- ¿Dónde habéis estado? – le preguntó a Kinos enfadado.
- En las montañas, ¿no confias en mi Rilen? – le dijo Kinos molesto.
- Sí, solo estaba preocupado. – Rilen se calmó.
- Nunca dejaría que le pasara nada.
- ¿La has llevado todo el rato así? – le preguntó Rilen sorprendido.
- Sí, incluso hemos ido tan rápido como el viento. – le dijo Kinos feliz de recordarlo.
- Pero si tú… dijiste que nadie te montaría nunca.
- Pero ella es mi pequeño bichito y quería animarla. Verás Rilen, puedo parecer un caballo testarudo y gruñón pero con Aura soy diferente. – Kinos se sinceró con Rilen.
- ¿Y quién no? Si con esa carita conquista a cualquiera. – dijo Rilen sonriendo, ahora sabía que había más gente que podía proteger a su hija.
Rilen cogió en brazos a Aura que parecía un peso muerto de lo dormida que estaba. La llevó a su habitación y la tumbó al lado de Alas que estaba despierto en la cama jugueteando con una pelota.
- Te dije que estaría bien. – le dijo Alas orgulloso de tener razón.
- Bien, ya te pareces más a mí. – Rilen sonrió.
- Pues, que bien. – dijo Alas con tono burlón.
- Venga a dormir, deja la pelota. No despiertes a tu hermana. – le advirtió. – Mañana tengo que deciros algo.
Alas se pegó a su hermana y Rilen les arropó. Rilen abrió la puerta de la habitación.
- Buenas noches papá. – le dijo Alas mientras Rilen cerraba la puerta.
Rilen sonrió al otro lado de la puerta, su hijo a veces era irritante pero estaba seguro de que lo quería.
Aura despertó en mitad de la noche, miró a su alrededor y vio a Alas a su lado durmiendo como un bebé, le dio un beso en la frente y se levantó con cuidado para no despertarlo. Salió de la habitación silenciosamente, fue al jardín y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo. Había tenido una revelación, pensó que si conseguía concentrarse y hacer una gran bola de luz podría desvanecer la oscuridad que los humanos tenían en las mentes, no sabía como pero decidió crear primero la esfera. Cerró los ojos, no lograba concentrarse, recordó que en la ciudad al enfadarse sintió su energía emerger de su interior, así que empezó a pensar en todas las cosas que había visto aquel día.
Un pequeño grano de luz se formó delante de ella, abrió los ojos y sonrió. Se quedó mirando fijamente aquel grano luminoso. La luz se izo cada vez más grande obteniendo energía de su alrededor, cuando Aura se quiso dar cuenta tenía delante de ella una esfera de su mismo tamaño que brillaba con fuerza cegándola, era como la luz del sol. Pensó en hacerla lo más grande que pudiera y después la enviaría al cielo.
Alas se despertó y se levantó de golpe al no ver a Aura, bajó de la cama corriendo y alertó a Rilen gritando, tenía un mal presentimiento. Alas vio una luz entrar por las ventanas que daban al jardín, se tapó los ojos, aquella luz lo estaba cegando. Volvió a mirar con cuidado y vio una figura sentada delante de aquella gran esfera. Rilen corrió hacia él y cuando iba a preguntarle qué pasaba miró hacia la ventana. Corrió hacia la puerta, la esfera cada vez era más grande y había envuelto a Aura. Rilen se quitó la camiseta mientras se acercaba a su hija corriendo y la cubrió con ella.
- ¡Aura para! – le gritó.
Aura estaba tan concentrada que no se dio cuenta de lo que estaba haciendo, abrió los ojos pero los cerró de inmediato, estaba dentro de la esfera y hacía mucho calor. Se asustó y la esfera estalló descomponiéndose en el aire, en ese momento Rilen se abalanzó cubriendo a su hija con su cuerpo.
- Aura, Aura. – le dijo Rilen asustado parecía que iba a desmayarse.
- Papá, ¿Dónde estoy? – Aura estaba aturdida.
- Mírame, ¿puedes ver? ¿me ves Aura? – Rilen estaba nervioso y asustado.
Aura abrió los ojos lentamente, veía a su padre pero tenía la vista manchada de colores que no le dejaban enfocar bien.
- Sí, estas dentro de un arco iris. – le dijo medio atontada.
- Has sufrido una fuerte insolación. – le tocó la frente. – Aura no vuelvas a hacerlo.
A Rilen se le fue aclarando la vista y se fijo en la cara de su hija, le habían salido pecas a la altura de la nariz y en la mejillas a causa de la radiación. Alas salió al jardín y se quedó mirando a su hermana.
- Aura tienes pecas. – le dijo extrañado, podía sentir que su hermana estaba bien.
- ¿Por qué? – Aura empezó a sentirse mejor pero tenía mucha sed.
- Por la luz que has creado, menos mal que no te has quemado la piel. – le dijo Rilen enfadado.
- Papá tengo sed. – le dijo Aura.
Rilen la cogió en brazos y entraron dentro de casa, la sentó en el sofá mientras iba a por agua. Alas no paraba de mirarla, aquellas pecas no le quedaban mal, le gustaban.
- Son bonitas. – le dijo Alas sonriendo.
- Pues vaya mierda, todo mi esfuerzo solo ha servido para tener pecas. – dijo Aura enfada.
- ¡Aura! ¿De dónde has sacado ese lenguaje? – le dijo su padre sorprendido e irritado, era la primera vez que Aura decía un taco.
- Lo aprendí en la ciudad. – había estado pensando tanto en todo aquello que no se dio cuenta y habló sin pensar.
- Toma. – Rilen le dio un vaso de agua. – Ahora sé que es mala idea llevaros a la aldea.
- ¿A la aldea? – preguntó Aura. – Yo quiero ir.
- Aura, ¿Por qué has hecho eso? – le preguntó Rilen extrañado.
- Pensé que si podía hacer una gran bola de luz podría acabar con la oscuridad de las personas. – dijo entristecida.
- Pequeña… - Rilen le acarició el pelo. – Tu sola no puedes hacerlo. Antes de volver a hacer una locura consúltamelo antes.
- Vale, lo siento papá. – lo miró con sus grandes y tiernos ojos. - ¿Cuándo vamos a la aldea? – su cara cambió de repente.
- No creo que os lleve… - dijo Rilen.
- ¿Por qué? Yo quiero ir, porfi, porfi, papá. – lo miró con su carita irresistible, era imposible negarle nada. – Te prometo que me portaré bien.
- Prometedme, los dos, que no vais a mostrar vuestras habilidades, tenéis que comportaros como niños normales. – les advirtió serio.
- ¿Para qué vamos a la aldea? Ya has hecho la compra. – le preguntó Alas.
- Clara, una mujer que conocí y su hijo Akai, nos han invitado a comer. Akai tiene vuestra edad, quiero que lo tratéis bien. – Rilen miró a Alas. - ¿De acuerdo Alas?
- De acuerdo. – Alas refunfuñó, no quería conocer a nadie y menos a un niño normal.
- Lo habéis prometido, no me falléis. – les dijo sonriendo.
Nicolás entró al salón medio adormecido con el pelo todo revuelto y el pijama descolocado.
- He tenido un sueño muy extraño. – dijo mientras intentaba domar su pelo con las manos. – He soñado en una luz que entraba por mi ventana y lo curioso es que al despertar veía manchas de colores.
- No ha sido un sueño, Aura lo ha hecho. – dijo Rilen.
- ¿Qué? – Nicolás abrió los ojos y los miró a todos. – Rilen que le ha pasado a tu camiseta. – dijo al ver en el suelo la camiseta chamuscada.
- Cubrí a Aura con ella y ahora no sirve ni para trapos.
- Rilen tienes la espalda quemada, y Aura tiene pecas. – Nicolás se acercó a su amigo y le tocó la frente luego hizo lo mismo con Aura. – Tenéis un poco de fiebre los dos.
- Alas, ¿puedes traerme el botiquín? – le preguntó al niño.
- Tranquilo Nicolás, te estás exaltando demasiado. – Rilen intentó tranquilizarlo.
Alas le trajo el botiquín y Nicolás le curó la espalda a Rilen, su fuerte cuerpo contrastaba con su pelo y barba blanca, sin duda podía verse que era bastante joven.
Aura no se había dado cuenta de que le había hecho daño a su padre y se entristeció, Rilen la miró y pego su nariz contra la suya.
- No pasa nada pequeña, estoy bien, estamos bien y eso es lo importante. – su dulce voz animó a Aura.
Por fin amaneció, Aura estaba despierta desde muy temprano, dando vueltas en la cama, quería conocer a aquel chico y a su madre, era la primera vez que hablaría con otra gente y quería averiguar si pensaban igual que los de la ciudad. Su padre la advirtió de que intentara no mirar a los ojos a las personas pero ella tenía una misión…
Rilen entró en la habitación, de su brazo colgaba la ropa que iba a ponerles, Alas lo miró e hizo mala cara, odiaba vestirse así. En cambio Aura dio un salto y le quitó la ropa a su padre y se vistió deprisa, estaba muy emocionada. A Alas lo tuvo que vestir su padre que tardó bastante en convencerlo, mientras Aura no paraba de saltar en la cama.
- Aura, tranquilízate me estas poniendo nervioso. – le dijo su padre.
- Perdón. – dijo mientras se sentaba de golpe.
Alas la miró, le gustaba verla tan ilusionada y feliz, sonrió y terminó de ponerse la camiseta.
Salieron de casa, Rilen llevaba en una mano una botella de vino para regársela a Clara, y en la otra las chaquetas rojas que llevaban los niños en la ciudad. Aura iba saltando por el bosque como una cabrita.
Por fin llegaron a la casa de Clara y Rilen llamó a la puerta. Clara abrió y lo saludo, Aura se escondió detrás de su padre, no tenía miedo pero se avergonzó a ver a aquella mujer tan bella.
- Tú debes de ser Aura. – Clara le sonrió. – Eres muy bonita.
- Gra… gracias tú también. – le dijo Aura ruborizada.
- Y tú eres Alas. Pareces un chico fuerte. – le dijo amablemente.
- Lo soy. – dijo serio.
Aura se decidió a mirarla a los ojos, le gusto ver lo que pensaba, aquella mujer amaba a su hijo y a su marido y pensaba que ella y su hermano eran muy bonitos. Aura se puso tan feliz que estuvo a punto de llorar. Era la primera vez que veía luz en la mente de una persona.
- Akai, ven a saludar.
Akai salió a la puerta, tenía miedo de la reacción de Aura y Alas.
- Hola, soy Akai. – Akai tenía la cabeza agachada esperando el rechazó.
- Que pelo más bonito. – le dijo Aura.
- Gracias. – Akai se sorprendió, la miró y vio como Aura le sonreía.
- Alas salúdalo. – le dijo Rilen a su hijo.
- Hola, soy Alas. – le dijo serio.
- Yo soy Aura. – Aura le tendió la mano.
Akai titubeó, le temblaba la mano, nunca antes había tocado a otro niño. Aura se acercó a él y cogió su mano. Akai la miró a los ojos, le pareció muy bonita y se avergonzó. Aura cogió la mano de Alas y le obligó a dársela a Akai. Los dos se dieron la mano.
- No te preocupes, Alas es así con todo el mundo. – le dijo Aura.
- Lo siento Clara, te dije que mi hijo era serio. – dijo Rilen preocupado.
- No pasa nada, al menos no lo mira como los otros niños. – Clara sonrió al ver a su hijo hablar con otros niños. - ¿Queréis ir a jugar mientras terminamos la comida?
- Sí. – dijo Aura animada.
- Niños no hagáis ninguna trastada, y no os acerquéis a la gente de esta aldea. – les advirtió Rilen.
Los niños salieron a la calle, se sentaron en el suelo, Akai llevaba unos coches de juguete en los bolsillos y le ofreció uno a cada uno.
- ¿Qué es esto? – Alas analizó el juguete, no sabía que era ni para que servía.
- Es un coche, ¿no sabes lo que es? – le preguntó extrañado.
- No, ¿para qué sirve? – preguntó Alas.
- Los mayores los tienen más grandes y se meten dentro y viajan con él.
- Es como los que vimos en la ciudad. – dijo Aura. – Pero ¿Qué tenemos que hacer con ellos?
- Pues… ¿no tenéis juguetes? – preguntó Akai.
- No. – dijo Aura.
- ¿Cómo jugáis? – Akai se sorprendió al conocer a niños que eran más raros que él.
- Jugamos por el bosque, corremos y buscamos cosas. – Aura sabía que no podía contarle nada más.
- Seguro que os divertís solos vosotros dos, yo no tengo amigos y solo tengo mis juguetes. – Akai se entristeció.
Tres niños se acercaron a ellos. Aura los miró y pensó que cuantos más mejor, así podrían inventarse un juego todos juntos.
- ¿Ya tienes amigos?, Demonio. – dijo un niño. – O los has invocado.
- ¿Demonio? – Aura se quedó extrañada parecía que no querían ser sus amigos.
- Vámonos dentro de casa. – dijo Akai levantándose.
- ¿Por qué? – preguntó Alas mientras se levantaba y ayudaba a levantarse a Aura.
Aura miró al niño, que estaba hablando, a los ojos y vio que quería tirarle del pelo a Akai, aunque le tenía miedo, de verdad pensaba que era un demonio. Aura se enfadó.
- No te acerques a él. – le dijo Aura al niño.
- ¿Y esta quién es? ¿Tu novia? – el niño miró a Aura. – Que pecas más feas.
Aquel niño intentó empujar a Aura pero Alas lo cogió del brazo y apretó con todas sus fuerzas.
- Si la tocas te mato. – dijo furioso.
- Me haces daño, suéltame. – dijo el niño con cara de dolor.
- Alas vámonos dentro. – dijo Akai preocupado, Alas estaba muy enfadado.
- No quiero hacerle nada, solo venimos a pegarle a Akai. – dijo el niño.
- Primero me tendrás que pegar a mí, si puedes. – Alas lo soltó y se puso delante de Akai.
- Te crees muy valiente mocoso, pero te saco dos años podría pegarte si quisiera. – dijo el niño.
- Inténtalo. – dijo Alas con una sonrisa burlona en sus labios, sabía que no sería capaz ni de rozarlo.
- Alas, recuerda lo que ha dicho papa, vámonos de aquí. – dijo Aura preocupada, podía ver lo que su hermano estaba pensando y no era nada bueno.
El niño se arremangó la camisa y cuando iba a pegarle un puñetazo a Alas, este lo esquivó rápidamente. Alas lo cogió del brazo y lo tiró al suelo mientras le retorcía la mano. El niño chillo de dolor.
- ¡Alas para! – gritó Aura.
Alas soltó al niño, en ese momento Rilen salió de la casa de Clara corriendo seguido de ella. El niño que estaba en el suelo empezó a llorar mientras los otros lo levantaban.
- ¿Qué ha pasado aquí? – dijo Rilen enfadado. – ¿Alas que le has hecho?
- Querían pegarle a Akai y Alas lo ha defendido. – dijo Aura excusando a su hermano.
- Es verdad. – dijo Akai preocupado, no quería que Rilen se enfadara con Alas.
- ¿Chico estás bien? – le preguntó Rilen al niño.
- Déjame viejo, voy a contárselo a mi padre y vendrá a darte una paliza a ti a tu hijo. – dijo el niño con lágrimas en los ojos y luego se fue corriendo con los otros niños.
- Alas, ¿no le habrás roto el brazo? – Rilen estaba preocupado, podían tener grandes problemas.
- No, no se lo he roto. – dijo Alas enfadado.
- ¿Encima te enfadas? Nos podemos meter en un buen lio por no saber controlarte. – Rilen estaba muy molesto con su hijo.
- ¿Y que querías que hiciera? Casi le pegan a Aura y querían pegarle a Akai, solo los he defendido, la culpa es de ese estúpido niño.
- Papá no te enfades con Alas. – dijo Aura.
- Vamos a comer. – dijo Rilen enfadado. – Esperemos que no venga el padre del niño. Lo siento Clara, parece que te he dado más problemas de los que tienes.
- No te preocupes Rilen. Son niños, es normal que se peleen. – dijo Clara calmada.
- Sí, es normal si los niños no saben pelear pero mi hijo… bueno, es igual, vamos a comer. Cuando venga el padre del niño yo hablaré con él.
Todos entraron en casa de Clara y los niños se sentaron en el sofá del salón con las cabezas agachadas, Rilen y Clara estaban detrás de una barra, que separaba el salón de la cocina, poniendo la comida en los platos. Rilen no paraba de disculparse. A Clara parecía no importarle lo sucedido, estaba feliz de ver a su hijo jugar con Aura y Alas.
- Rilen, ya basta. No pasa nada. – le dijo Clara con cariño. - ¿Qué pueden hacer? Son niños, no nos pueden denunciar ellos son más mayores que Alas. A demás, la gente de este pueblo está loca pero la policía se reiría de ellos al decirles que a su hijo le ha pegado el amigo de un demonio. – Clara se rio.
- Lo malo será que el padre de ese niño quiera pegarme. – dijo Rilen preocupado.
- ¿No podrás con él? – le dijo Clara divertida. – Pareces fuerte y el padre de ese niño es regordete y bajito, se asustará solo de verte.
- Que optimista eres. – le dijo Rilen sonriendo.
- Sino ¿Cómo podría vivir aquí? – Clara miró a los niños que estaban sentados sin moverse. – Anda, ve a decirles que no pasa nada, que parecía que se estaban haciendo amigos.
- Está bien. – dijo Rilen mientras dejaba el plató encima del banco.
Rilen se acercó a ellos y se sentó en una silla, no sabía que decirle a Alas estaba seguro de que estaría muy enfadado con él, en verdad el niño no había hecho nada malo, solo defendía a su hermana y a su nuevo amigo. Para alguien como Alas defender a otra persona que no era su hermana era un gran progreso.
- Alas… siento lo que ha pasado. – dijo Rilen. – Se que no has hecho nada malo.
Alas lo miró con cara de enfado. Rilen suspiró, aquello iba a ser difícil.
- Lo que ocurre es que eres más fuerte que esos niños bobos y me he asustado porque podríamos tener problemas con sus padres.
- ¿Qué has dicho? – preguntó Alas con otra expresión más relajada.
- Que podríamos tener proble…
- Eso no, ¿Qué son esos niños? – lo interrumpió.
- Bobos… - dijo Rilen.
- Y querían pegarle a Aura y a Akai, así que, no me regañes porque tú hubieras hecho lo mismo.
- Vale hijo, lo siento. Pero a la próxima, avísame o intenta controlar tu fuerza.
- Tranquilo papá no habrá una próxima. – dijo Alas orgulloso. – Ahora me tendrán miedo y no se volverán a acercar a Aura ni a Akai , porque sino…
- Si no nada, Alas. – lo interrumpió ahora su padre. – No puedes ir por ahí pegándole a la gente. Puedes hablar antes de precipitarte.
- Hablar, esos bobos se piensan que Akai es un demonio, como va entenderme gente tan retrasada. Los animales del bosque son mucho más listos que ellos.
- Prométeme que intentaras solucionarlo con palabras la próxima vez. – Rilen lo miró fijamente.
- Vale, está bien, intentaré habar antes. – dijo Alas refunfuñando.
- Ahora animaos y jugad a algo, ¿de acuerdo? – les dijo Rilen, Aura parecía triste. - ¿Qué pasa Aura?
- Odio a la gente, no me gustan, todos son malos. – dijo Aura con los ojos llorosos.
Clara se acercó a los niños, se arrodillo delante de Aura y le puso una mano en la mejilla.
- Pequeña, no todo el mundo es malo. – le dijo con una voz muy suave. – Hay gente buena solo que no la has encontrado.
- Solo tú y Akai sois buenos. – le dijo Aura.
- No, te prometo que hay más gente buena, solo tienes que encontrarla y no rendirte nunca, no dejes que esos bobos te hagan llorar porque no se lo merecen. – Clara sacó un pañuelo de su bolsillo y le secó las lágrimas.
- Eres muy dulce, gracias Clara. – le dijo Rilen, sabía que aquellas palabras la animarían, el no podía competir con una mujer a la hora de animar a su hija, ellas siempre saben que decir.
Los niños se levantaron y fueron a la habitación de Akai que era bastante grande. Había una pequeña cama pegada a la pared y en el centro, en el suelo, una gran alfombra de colores, en otra parte de la habitación había un baúl de madera.
- ¿Qué hay ahí? – peguntó Aura señalando el baúl.
- Juguetes… ¿queréis verlos? – preguntó Akai un poco triste. – No sé si os gustaran, lo siento, no quiero que os aburráis.
- No pasa nada, nos inventaremos algo. – Aura se levantó y arrastró el baúl hacia la alfombra. Se arrodilló y empezó a sacar juguetes.
- Una pelota. – dijo Aura emocionada con una pelota en la mano.
- Es verdad, la pelota. – A Akai se le fue pronto la emoción. – Pero no podemos salir fuera a jugar.
- Podemos hacer una competición. – A Aura se le ocurrió un juego. – A ver quien aguanta más tiempo plantado encima de ella.
- Seguro que gano. – dijo Alas.
- Yo primero. – dijo Aura, sabía que iba a perder pero quería probarlo.
Aura se subió a la pelota con la ayuda de Alas y Akai que le sujetaban una mano cada uno.
- ¿Preparada? – dijo Akai feliz de estar jugando con ellos dos.
Aura asintió y ambos la soltaron al mismo tiempo. Permaneció una fracción de segundo y luego se calló encima de Akai que se apoyó en Alas desequilibrándolo y todos cayeron encima de la alfombra, empezaron a reírse a carcajadas.
Rilen y Clara oyeron un golpe que venía de la habitación corrieron hacia ella pero antes de abrir los oyeron reírse.
- Dejémosles que hagan travesuras. – dijo Clara feliz de escuchar a su hijo reírse. – Será la primera vez que Akai las haga.
- Vale pero si te destrozan la habitación no me culpes. – bromeó Rilen.
El día trascurrió con normalidad, los niños no pararon de jugar a juegos que se inventaban. Nadie llamó a la puerta aquel día, parecía que el padre de aquel niño lo había dejado pasar, tal vez era la única persona racional de aquella aldea. A Rilen le sorprendió ver a Alas jugando tranquilamente con Akai, como si fuera un niño normal, parecía que se llevaban bien, tal vez siempre había querido tener un amigo. Se estaba haciendo tarde y Rilen pensó que era el momento de irse, sino Nicolás empezaría a preocuparse.
- Clara muchas gracias por todo y perdón por lo que ha pasado. – dijo Rilen con educación. – Tenemos que irnos antes de que anochezca.
- No te preocupes Rilen, vuestra visita a sido lo mejor que le ha pasado a mi hijo. Volved pronto. – le dijo Clara feliz de haberlos conocido.
- Niños nos vamos. – Rilen cogió sus chaquetas.
- ¿Ya? ¿Por qué? Yo no quiero. – dijo Aura triste.
- Porque tu tío Nicolás se preocupara si llegamos tarde, ya se estará subiendo por las paredes. – dijo Rilen mientras le ponía la chaqueta a Aura.
- ¿Podemos volver? – le dijo Aura.
- Sí, volveremos.
- Cuando queráis, esta es vuestra casa. – dijo Clara sonriendo.
Aura corrió hacia ella con la chaqueta mal puesta mientras Rilen intentaba terminar de vestirla.
- Gracias. – Aura se acercó a Clara y esta se agachó y le dio un beso.
- Pero que niña más bonita. – le dijo Clara feliz, le encantaban los niños.
Rilen terminó de ponerle la chaqueta y luego se la puso a Alas. Aura se acercó a Akai y le dio un beso en la mejilla, Akai se ruborizo, Aura le gustaba era muy bonita y dulce con él.
- Vamos, hasta luego. Pórtate bien Akai. – dijo Rilen mientras abría la puerta.
- Akai, si alguien te molesta dímelo que le daré… - Alas miró a su padre. – Que intentaré hablar con él.
- Me lo he pasado muy bien, gracias Alas, gracias Aura. – dijo Akai sonriendo.
Empezaba a refrescar y Aura parecía tener sueño. Rilen la miró.
- ¿Estás bien Aura? – le preguntó.
- Estoy cansada. – le dijo bostezando.
- Ven. – Rilen se arrodilló y Aura subió a su espalda. – Pero no te acostumbres.
Aura cerró los ojos y se durmió con facilidad. Rilen quería hablar con Alas, tenía curiosidad por saber porque se llevaba tan bien con Akai.
- Alas, ¿te cae bien Akai? – le preguntó.
- Supongo. – dijo este indiferente. – Es extraño y tiene cosas raras que él dice que son juguetes. Pero sabe jugar como Aura y yo. Y si somos tres es más divertido.
- Estoy orgulloso de ti, hijo.
- ¿Por qué me lo preguntas?
- Pensé que serias más reservado. – dijo Rilen.
- A Aura le cae bien, y ha visto que no piensa cosas malas. Creo que puedo confiar en él. – dijo Alas seguro.
- Siempre es bueno tener un amigo. – Rilen sonrió.
- Ahora somos como tú y el tío Nicolás. – dijo Alas feliz.
- Ves, te dije que cada día te pareces más a mí, por mucho que intentes cambiarlo. – dijo Rilen bromeando.
- Pero yo nunca pareceré un viejo. – Alas le sacó la lengua.
- Serás… - Rilen rio.
- ¿Por qué no te cortas esa barba fea? Seguro que hay bichos ahí dentro.
- Tú sí que eres un bicho. – dijo Rilen sonriéndole.
- Y tu un yeti de las nieves. – Alas estalló en carcajadas.
- Papa es un yeti. – dijo Aura medio dormida.
- En el fondo sé que me queréis. – Rilen suspiró.
Alas sonrió. Le gustaba bromear con su padre ya que nunca se enfadaba, el siempre intentaba no faltarle al respeto y sabia cuando estaba de broma y cuando no. Quería ser como él, tener razón siempre y ser tan fuerte y sabio. Aunque pensaba que nunca se lo diría, no aguantaría ver su cara de felicidad y sus abrazos de yeti orgulloso. Alas sonrió al imaginárselo como un yeti.
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