domingo, 10 de junio de 2012

Capítulo 7 Infancia ''La ciudad''


La casa estaba en silencio, Rilen estaba plantado en el recibidor mirándose en un espejo, se pasaba una mano por la cabeza intentado aplastar los pelos que se le plantaban. Su cara tenía pocas arrugas, su piel era joven pero su corto pelo blanco lo hacía parecer más viejo y su puntiaguda barba que le llegaba casi al pecho contrastaba con sus grandes ojos azul intenso. 

Rilen suspiró, no había manera de controlar su pelo. Se dirigió a una puerta y la abrió lentamente, el sol estaba saliendo y entraba una tenue luz matinal por el tejado de cristal de aquel pequeño pasillo en el que había cuatro puertas, eran las habitaciones de Nicolás, Rilen y los niños. Aura y Alas tenían cada uno su propia habitación pero siempre dormían en la de Aura los dos juntos. Una de las puertas estaba entreabierta, Rilen la empujó con la mano con cuidado y entró. En medio de la habitación había una cama muy amplia donde sus dos hijos estaban durmiendo, aunque era bastante grande ellos la ocupaban, los dos tenían las piernas y los brazos abiertos, cada uno tenía la cabeza en un sitio. A saber lo que estaban haciendo anoche para dormirse así, pensó Rilen. 

Rilen abrió una de las grandes cortinas que cubrían casi toda la pared, dejando que entrara la luz del sol por los grandes ventanales. Los niños remugaron algo pero no les entendió. Luego accionó una palanca que había al lado de la puerta y del techo se separaron dos grandes placas de madera descubriendo el tejado de cristal por el que entró la luz del sol. 

- Vamos niños, si no os dais prisa os dejamos aquí. – La voz de Rilen era muy amable. 

- Yo no quiero ir, déjanos aquí. – dijo Aura medio dormida, nunca quería levantarse de la cama. 

- Vamos dormilona, levántate. – Rilen se sentó en la cama y le tocó el cabello. 

- ¿Nos vamos ya? – dijo Alas mientras se levantaba y se fregaba los ojos. – Pero si es de noche. 

- ¿Qué dices? – Rilen se empezó a reír. – Si te está dando el sol en la cara. 

- ¿Eso no es la luna? – dijo Alas medio adormecido. 

- La luna… a saber a qué hora os dormirías ayer. – Rilen le puso una mano en la espalda a Aura. – Vamos pequeña, tu hermano esta delirando pero al menos se ha levantado. 

- No, déjame un poco más, todavía es de noche. – dijo mientras se acurrucaba. 

- Será posible… - Rilen se levantó y cogió a Aura en brazos. – Vamos al salón Alas, ¿tenéis hambre? 

Alas se levantó y siguió a su padre, estaba tan dormido que iba de lado a lado, Rilen cogió bien a Aura con una mano y cogió a alas por el hombro con la otra. Entró en el salón y sentó a Aura en una silla, después cogió a Alas en los brazos e hizo lo mismo. Nicolás entró con una bandeja con vasos de leche y la depositó en la mesa. 

- ¿Ya estamos como siempre? – dijo Nicolás sonriendo. – Abrid los ojos bichillos. – dijo al ver que los niños habían apoyado sus cabecitas en la mesa. 

Los niños empezaron a desayunar con cara de sueño, Aura se fue despejando poco a poco, estaba muy ilusionada, para ella ir a la ciudad era como irse de excursión. A Alas le era indiferente ya que no le gustaba mucho la gente pero también tenía curiosidad. Rilen, por otra parte, estaba bastante inquieto y preocupado, sabía que a Alas no le gustaría y Aura al ver tanto humo se escandalizaría pero ahora era demasiado tarde para negárselo. 

Habían terminado con el desayuno y Rilen los acompañó a la habitación para ayudarles a vestirse, no podían ir con las pintas de siempre. Abrió un rustico armario que el mismo restauro y se puso a rebuscar, tenía que encontrar algo, más o menos, normal. Encontró dos pantalones vaqueros, que les había regalado Nicolás para su cumpleaños y que nunca se pusieron, después cogió dos camisetas blancas y unas chaquetas de lana roja. 

- Bueno… - suspiró. – Con esto bastará. 

- ¿Me tengo que poner camiseta? ¿Y esa cosa horrible de lana también? – Alas frunció el ceño y se cruzó de brazos. 

- Hijo, ¿quieres que todos te miren? – Rilen sabia como convencerlo, Alas odiaba ser el centro de atención. 

- Está bien… - bufó. 

- Iremos iguales. – dijo Aura emocionada. 



Nicolás estaba esperando a la puerta de casa, llevaba una elegante chaqueta y unos pantalones perfectamente planchados y la cara bien limpia. Estaba muy diferente, siempre llevaba una bata blanca manchada de carbón y restos de extraños líquidos que utilizaba en sus experimentos. 

Rilen salió con los niños, también iba muy bien vestido y arreglado. Nicolás se quedó mirando a los niños con cara de sorpresa, parecían normales, hasta llevaban zapatillas. Estaban muy bonitos con aquella chaqueta roja les resaltaba las caras. 

- Que guapos estáis bichillos. – dijo Nicolás sonriéndoles. 

- Parezco un payaso. – dijo Alas con mala cara, odiaba llevar camisa. 

- No digas eso Alas, estas muy bien. – Intentó animarlo. -¿Verdad Aura? 

- Está muy guapo. – dijo Aura cogiéndole la mano a su hermano. 

Rilen abrió las palmas de sus manos y cerró los ojos se concentró delante de él se formó muy lentamente un túnel con las paredes e color azul que solo se podían ver desde dentro. Rilen había creado un camino en otra dimensión por el que podían doblar su velocidad sin que sus cuerpos sufrieran ningún daño. Desde dentro parecía que caminaban a una velocidad normal. Aura iba mirando a las paredes que eran translucidas detrás de ellas se movían sombras y luces, parecía que caminaran por debajo del agua. 

- Bueno, hemos llegado. – dijo Rilen dándoles paso a los demás. – ¿Estáis todos bien compuestos? – bromeó. 

- ¡Oh! Mi oreja. – exclamó Nicolás cubriéndose con una mano la parte de la oreja. 

Los niños lo miraron asustado, Nicolás se quitó la mano, sí que tenía oreja, los miró sonriendo, le gustaba jugar con ellos, en el fondo se sentía como un niño. Aura y Alas se miraron resignados, les había vencido, los dos se dijeron mentalmente que se vengarían. El túnel se abrió delante de ellos y vieron unos arboles delante, todos salieron. 

- ¿Esto es la ciudad? – preguntó Aura extrañada, estaban en un huerto. 

- No, estamos a las afueras, cogeremos un autobús e iremos al centro. – Rilen estaba cada vez más nervioso. 

Siguieron andando hasta llegar a unas pequeñas casas, ya estaban dentro de la ciudad, Aura miraba todo su alrededor con la boca abierta, las casas, para ella eran extrañas, altas y con pequeñas ventanas, olía a humedad, pero no le desagradaba del todo. Rilen les dijo que paran y se sentaron en una parada de autobús, no había mucha gente ya que estaban lejos del centro, Aura observaba a cada persona, sus comportamientos eran extraños, no les saludaban y parecía que tenían mucha prisa. Llego el autobús, los niños solo habían visto ese vehículo en los libros ilustrados que les traía Nicolás. Era mucho más grande de lo que imaginaron, las puertas se abrieron, Alas y Aura titubearon antes de subir. 

- Vamos hijos, no tengáis miedo. – les dijo con amabilidad. 

Rilen les tendió la mano y Aura la agarró con fuerza, Alas le cogió la mano a Aura, no quería mostrarle a su padre que tenía miedo. 

Subieron al autobús, solo habían tres personas sumidas en sus pensamientos, se sentaron en el fondo donde había cuatro asientos libres. 

- ¿A dónde vamos? – preguntó Alas. 

- Vamos a la ferretería del centro, Nicolás tiene que comprar algo de allí y luego iremos a comprar comida y otras cosas para casa. – su voz era temblorosa, tenía un mal presentimiento. 

El autobús empezó a llenarse de gente, Rilen estaba más nervioso que los niños que parecía que se estaban distrayendo hablando telepáticamente. El vehículo paró y Rilen se levantó, Aura miró a su alrededor y le cogió rápidamente la mano a Alas y a su padre. 

Andaban por una de las anchas aceras que estaban repletas de gente, Aura miró a un hombre a los ojos. 

- Quiero morir ya, me da asco toda esta gente. Malditos imbéciles. 

Aura miro los labios del hombre pero no se movieron, empezó a deprimirse y a sentir ira pero ella no quería sentirse así, se paró en seco y volvió a mirar al hombre que se paro delante de ella. 

- ¿Qué hace esta mocosa mirándome?, si no estuvieras con tu padre la gente te aplastaría sin darse cuenta de que existes. – Aura volvió a escuchar la voz del hombre resonando en su cabeza. 

Rilen se agachó al lado de Aura, pero ella no le miró, seguía con la mirada fija en aquel hombre que la volteó y se alejó de ellos. 

- ¿Estás bien?- le preguntó Rilen asustado, la cara de su hija estaba pálida. 

- No… no lo sé. – dijo Aura con la mirada perdida. 

- ¿Qué te ha pasado? – preguntó Alas que no podía leer su mente. 

- Nada… - Aura decidió no contarlo, no quería amargarles el día. – Me he mareado. 

- Hay mucha gente, pequeña. Seguramente estés agobiada, ¿Quieres que te lleve en brazos? – dijo Rilen tocándole la frente. 

- No, ya estoy bien. – le volvió el color a la cara, ya se encontraba mucho mejor. 

Alas sabía que había pasado algo, en aquel momento dejo de sentir a su hermana y no podía saber lo que pensaba, de nuevo lo pudo hacer y se tranquilizo, pensó que tal vez al marearse habían perdido el contacto. 

Entraron en la ferretería Nicolás iba lo más rápido posible, de sección en sección, cogiendo lo que necesitaba para poder irse de la ciudad, sabía que a los niños no les gustaba y no lo estaban pasando bien. Alas y Aura no estaban del todo mal allí dentro, no había tanta gente y las estanterías estaban repletas de cosas, que para ellos, eran muy raras. 

Salieron a la calle, otra vez, la gente caminaba deprisa, aquello parecía una autopista imposible de atravesar. Rilen los cogió a los dos de la mano, Alas y Aura la apretaron con fuerza. 

- Nicolás, ¿necesitas algo más? – le preguntó Rilen con cara de preocupación. 

- Solo la comida. – Nicolás miró a los niños. – Pero no es necesario comprarla ahora, volvamos a casa. 

- Sí, vamos. – dijo Rilen aliviado. 

Los niños se alegraron no querían permanecer ni un minuto más allí. Aura caminaba con la cabeza agachada, no entendía que le había pasado, tal vez aquel hombre no era normal, empezó a tener curiosidad y no pudo evitar mirar a una mujer a los ojos. 

- Tengo miedo, no quiero volver a casa, él siempre está furioso. – Aura vio desde de los ojos de la mujer como le pegaba un hombre muy enfadado. 

Apartó la mirada de inmediato, pero se cruzó con otros ojos. 

- Mañana iré a cazar y matare varios conejos. – Aura, vio como aquel hombre le quitaba la vida a aquellos animales y lo hacía por diversión. 

- Niño inútil ojala no hubieras nacido. – Aura no paraba de escuchar los pensamientos de toda la gente que pasaba por su lado. 

Alas se asustó su hermana no le respondía y no podía sentirla, esta vez sentía que le estaba pasando algo malo, lo estaba evitando, había bloqueado su mente. Aura empezó a frustrarse pero se esforzó para que su hermano no sintiera lo mismo que ella, un sinfín de imágenes horribles pasaron por su cabeza, los pesimistas, egoístas, malvados y tristes pensamientos de las personas hicieron que se enfadara, se estaba enfadando cada vez más sintió que su fuerza se estaba acumulando dentro de ella. 

- ¡BASTAAAAA! – Aura gritó con tanta fuerza que todo el mundo se quedó mirándola. 

- Pequeña, ¿Qué te está pasando? – dijo Alas medio llorando. 

- Aura mírame, Aura. – Rilen se puso de cuclillas delante de su hija, podía sentir su poder vibrar en su interior, si no conseguía calmarla podría causar algo terrible. 

Aura tenía la mirada perdida y sus ojos empezaron a brillar, estaba muy enfadada y su cara mostraba ira. El cielo empezó a cubrirse de oscuras nubes. 

- Aura, mírame. – Rilen le cogió la cara con las dos manos y la obligo a mirar, pero su hija no le prestaba atención. -¡Aura! 

Alas se abalanzó sobre su hermana y la abrazó con fuerza. 

- Para, para, para, para, para. – Alas no dejaba de repetir aquella palabra. 

Aura volvió a la realidad, miró a su alrededor y vio que todo el mundo la estaba mirando, las voces en su cabeza cesaron, miró a su padre a los ojos concentrada en su mirada, no podía leerle la mente y eso la alivió. Su ira cesó y la tristeza se apoderó de su corazón, no entendía como la gente podía ser tan infeliz y si lo eran porque no hacían algo para cambiarlo. Los corazones de la gente carecían de valor y esperanza. Sus ojos derramaban lágrimas sin parar, estaba muy triste. 

- ¿Por qué piensan esas cosas papá? – dijo llorando. 

- ¿Quiénes hija? – su padre no quería creerlo. 

- Las personas, he leído sus mentes y he sentido lo que sienten. 

- ¿Desde cuando puedes hacer eso? – Su padre se sorprendió, no tenia ni idea. 

- Nicolás solo piensa en números y formulas extrañas, que no entiendo. – Aura estaba calmándose. – Pero nunca piensa cosas malas. Pensaba que solo podía leerle la mente a él y a Alas, porque a ti no puedo. 

- Ven aquí. – Rilen cogió a su hija en brazos. – No mires a nadie, habla con tu hermano de cosas bonitas. 

En una terraza un hombre de pelo oscuro y ojos de color miel, les había estado observando calmado, a su lado había una preciosa mujer pelirroja de ojos verdes y de piel blanca, de aspecto delicado. 

- ¿Qué le habrá pasado a esa niña? – le preguntó con una voz dulce. 

- ¿Rilen? – aquel hombre la ignoró. – Era verdad, tienes dos hijos viejo amigo. 

- ¿Lo conoces? – le preguntó extrañada. – ¿Por qué no vas a saludarlo? 

- He dicho viejo amigo pero dejó de serlo… - frunció el ceño. 

- Mi amor, no seas rencoroso, haz las paces con él, no parece mal hombre. – le dijo la mujer mientras le acariciaba el pelo. 

El hombre la miró y la besó, le encantaba la dulzura con la que su mujer le hablaba siempre, era la única que no lo odiaba. 



Rilen giró por una calle con Aura en los brazos, Alas iba pegado a él cogido de su cintura, Nicolás iba detrás. Entraron a un callejón sin salida y se escondieron en el fondo. Nicolás vigilaba la entrada para que nadie los viera. Rilen abrió un túnel delante de ellos y todos entraron rápidamente. 



El hombre de la terraza entró a aquel callejón corriendo y vio como se desvanecía la puerta del túnel. 

- Sigues siendo igual de prodigioso que cuando éramos pequeños, maldito Rilen. – dijo enfadado. 

La mujer que estaba con él se le acercó corriendo. 

- Me has dejado sola, ¿Qué ocurre? Me estas asustando. – le dijo. 

- Nada cielo, no tengo por que preocuparte, solo quería comprobar que era quien yo pensaba. – dijo calmándola, ella no sabía nada de él y así era mejor. 

- Pero si aquí no hay nadie. – le tocó la mejilla. – Debes estar agobiado, vámonos a casa. 



Llegaron a casa, Aura no paraba de llorar en los brazos de su padre. Nicolás abrió la puerta y entraron. Rilen fue al salón y sentó a Aura en el sofá se sentó a su lado y esta se abrazó a él sin dejar de llorar. 

- Lo siento mi niña, ha sido culpa mía, no tenía que haberos llevado a la ciudad. – Rilen se sentía culpable, de algún modo sabia que pasaría algo así. 

- No papá, no es tu culpa. – dijo Aura entre sollozos. 

- Mírame hija. – Rilen desbloqueó su mente y dejo que Aura viera lo que pensaba. Le mostro una imagen de su madre embarazada de ellos. 

Era la mujer más bella del mundo, sonriente, su pelo era largo y castaño oscuro parecido al de Aura y Alas, sus ojos del mismo color que los de Aura, sus labios rojizos y su piel casi blanca, su ser desprendía paz y tranquilidad. Estaba sentada en el mismo sofá en el que estaban ellos ahora, se tocaba la barriga mientras tatareaba una alegre melodía. Aura dejó que su hermano viera lo que ella estaba viendo. Los dos se relajaron escuchando aquella canción. 

- Mama es preciosa. – dijo Aura encantada, se le estaba olvidando lo que le había pasado. 

Rilen sonrió. Una voz empezó a tatarear la misma canción del recuerdo de Rilen, rebotaba en las paredes envolviéndoles. 

- ¿Mamá? – dijeron los niños. 

- Dormid un poco hijos. – dijo Rilen. 

Los niños se tumbaron abrazos uno al otro en el sofá, la melodía sonó hasta que se durmieron. Rilen no les quitaba los ojos de encima, su hija había pasado por un momento que ningún niño seria capaz de soportar. Sabía que sería difícil quitarle todas aquellas cosas horribles de la cabeza. 

- Necesitan tu ayuda, mi amor… la necesitan más que nunca. – susurró Rilen. 





Delante de una pequeña casa de pueblo, había un chico sentado en el suelo jugando con unos juguetes, el sol calentaba su blanca piel y reflejaba en su corto pelo de color rojo vivo, levantó la cabeza y sus extraños ojos amarillos destellaron. Delante de él se pararon tres niños mayores. Lo miraron con desprecio. 

- Oye tú, rarito, ¿de dónde has sacado esos ojos? – le dijo el más mayor con tono burlón. 

- Se los habrá quitado a una rana. – dijo otro riéndose. 

El niño pelirrojo los miraba serio, escondió una mano detrás de su espalda y esta se cubrió de fuego, tenía ganas de vengarse, siempre se metían con él y no le dejaban en paz. 

- Se los arranque a la imbécil de tu madre. – soltó, su cara parecía la de un pequeño demonio. 

- ¿Atrévete a repetirlo? – el niño más mayor lo cogió del cuello de la camisa. 

- Dejadme en paz. – se levantó y empujó al que lo estaba cogiendo. 

- Te vamos a dar una paliza para que aprendas a respetarnos. – dijo otro niño. 

Una mujer pelirroja vio a un niño que estaba peleándose con otros tres, pensó que era su hijo. Corrió hacia él, cuando ya estaba más cerca vio que las manos de su hijo estaban en llamas. 

- ¡Akai! – gritó aterrada. 

El niño se giró y el fuego se extinguió de sus manos. Miró a su madre y se sintió aliviado. 

- ¿Qué está pasando aquí? – dijo la mujer enfadada. 

- Nada señora, solo estábamos jugando. – dijo el mayor con cara de bueno. 

- Sí claro, jugando a hacerme la vida imposible. – susurró Akai. 

- Iros a vuestras casas, como os vea molestando a mi hijo otra vez hablaré con vuestras madres. 

Los niños se fueron corriendo, Akai abrazó a su madre, que siempre llegaba a tiempo para salvarle o salvar a los otros niños. 

- Akai, no quiero que uses tus habilidades con los demás, ¿te han visto? – su madre le arregló el cabello. 

- No, creo que no. – dijo y agachó la cabeza. 

- ¿Qué ha hecho mi diablillo esta vez Clara? – dijo un hombre que se acercó a ellos. 

- Démian, nada, solo estaban jugando, ¿verdad hijo? – Clara no quería decirle nada ya que su esposo tenía muy mal genio. 

Akai asintió a desgana, sabía que si se lo contaba a su padre, este les daría su merecido, a ellos o a sus padres. Pero Clara siempre les paraba los pies, tenia buen corazón y no le gustaba la venganza ni el rencor. Aquellos dos eran difíciles de controlar pero ella se las apañaba y siempre conseguía arreglarlo todo con una sonrisa. 

Entraron dentro de aquella casa que estaba apartada de las otras del pueblo, era pequeña pero acogedora. Nada más entrar estaba el salón, al fondo había una barra que lo separaba de la cocina. Clara dejo unas bolsas en el banco y Akai se sentó de un salto en uno de los taburetes, mientras observaba a su madre. Akai quería muchísimo a su madre, para él era como un angel, nunca se enfada demasiado, siempre estaba sonriendo y estaba pendiente de él a todas horas, escuchaba sus problemas y siempre intentaba solucionarlos. 

Démian, se sentó al lado de su hijo y le revoloteó el cabello. 

- ¿Tienes hambre? – le dijo su padre. 

- Sí, ¿Por qué habéis tardado tanto? No quiero quedarme solo otra vez. – dijo con cara de pena. 

- Papá y mamá tenían que arreglar unos asuntos, la próxima vez buscaremos a alguien que te cuide mientras no estamos. – dijo su madre. 

- No, yo quiero ir con vosotros. – dijo enfadado. 

- No puedes hijo… - su madre intentó darle alguna razón pero no pudo. 

- ¿Es porque soy raro? ¿Por qué tengo los ojos amarillos y el pelo rojo? – Akai se entristeció se sentía como un bicho raro. – No tendré amigos nunca, nos iremos de este lugar algún día como siempre, de pueblo en pueblo. 

- Esta vez, nos quedamos aquí. – dijo Démian pensativo. 

- Akai, algún día encontraras a alguien que no te juzgue por tu apariencia y será tu amigo de verdad, lo sé mi niño. – Su madre se acercó a él y le rozó la mejilla. – Eres un chico maravilloso y esos niños se lo están perdiendo. 

- Gracias mamá. – Akai suspiró, quería creer a su madre. 

- Pero no puedes usar tus habilidades delante de nadie, por muy enfadado que estés debes aprender a controlarte, ¿de acuerdo? – acercó su nariz a la suya. 

- Vale. – dijo desganado. 



Aura y Alas estaban tumbados en su cama, Aura todavía dormía, se movía nerviosa y estaba sudando, las pesadillas la atormentaban. Alas la miraba preocupado, se acercó a ella y la abrazó, Aura se tranquilizó un poco y abrió los ojos lentamente, miró a su hermano por un momento. 

- ¿Qué hora es? – preguntó. 

- Creo que son las dos de la noche. – le dijo Alas, ya que Aura había dejado de comunicarse con él. – Pequeña… déjame ayudarte. 

- No quiero que sufras hermanito. – le dijo Aura apenada. 

- De todos modos ya estoy sufriendo al verte así, no sé como animarte. – Alas empezó a llorar, se sentía impotente. 

Aura lo abrazó. Sabía que su hermano estaba sufriendo pero sería peor si se enterara de lo que ella había visto, era mejor así. 

A ella no se le iban aquellas horribles imágenes de la cabeza y no sabía como pararlo, la atormentaban en sueños y a todas horas, estaba cansada ya que apenas podía dormir. 

Alas notó una presencia en la habitación se levantó de golpe, Aura hizo lo mismo también podía notarlo. Recorrieron la habitación con la mirada pero no vieron nada. 

- Tranquilos hijos míos, soy mamá. – una dulce voz los embriagó. 

Delante de ellos, sentada en la cama una mujer de pelo castaño oscuro se materializó lentamente. Se giró hacia ellos y los miró con cariño. 

- Mamá. – Alas se fregó los ojos, era la primera vez que la veía. 

- Mamá… mamá. – Aura intentó decirle tantas cosas a la vez que su mente se colapso. 

La mujer abrió los brazos y los niños se acercaron a ella y la abrazaron, se sentían protegidos a su lado, su esencia les calmaba y los hacía sentirse felices. Aunque nunca antes la habían visto, la conocían, les hablaba en sueños y cuando estaban en el bosque oían sus canciones, siempre estaba pendiente de ellos. 

- ¿Qué te preocupa mi niña? – dijo con dulzura. 

- Mamá, ¿tú sabes lo que piensa la gente? – le preguntó Aura. 

- Sí, los escucho y los siento. 

- ¿Cómo puedes soportarlo? – Aura quería saber el secreto. 

- Porque también siento a la gente que está enamorada, a la que acaba de tener un bebe, a la que se divierte, a la gente que es feliz. 

- ¿Y eso te da fuerzas? – le preguntó Aura. 

- Eso y vosotros dos. Aura, tienes a tu hermano, a tu padre y a Nicolás, ellos siempre me animan con sus buenos pensamientos. Hay gente buena que te llenará el corazón de alegría. No tienes que pensar solo en las cosas malas. 

- ¿Podre hacerlo? – Aura estaba entendiendo lo que su madre le quería decir. 

- Mamá dime como puede ayudar a Aura para que no sueñe cosas feas. – le pidió Alas. 

- Solo tienes que entrar en sus sueños pero Aura tiene que dejarte. Para eso tendrás que ver lo que ella ve, tendréis que compartir el dolor, al igual que la alegría, así todo es más fácil. – su madre les acarició las mejillas. 

- ¿Me dejas Aura? – le preguntó Alas. 

- No lo sé, no quiero que sufras. 

- Tu hermano sufre más al sentir que no puede ayudarte pequeña. – le dijo su madre. 

- Vale, lo haré. – dijo Aura. 

- Me tengo que ir mis niños. Mañana tendréis una sorpresa. Unos buenos amigos míos vienen a vivir con vosotros, estoy segura que os gustaran. – les besó la frente. 

- ¿Cómo son? – dijo Aura ilusionada, tenia curiosidad de ver cómo eran los amigos de su madre. 

- Ya lo veréis. – dijo mientras se desvanecía en el aire. – Os quiero. 

Los dos se miraron y sonrieron, estaban felices de ver a su madre por ya casi se habían olvidado de su cara. Aura dejó que su hermano se comunicara con ella y le mostró sus sentimientos que ahora eran buenos. Pensó que si su madre podía soportarlo tenía que seguir su ejemplo y ser tan fuerte como su ella. 

Ambos se tumbaron de nuevo en la cama, se abrazaron y cerraron los ojos, hablaban mentalmente sin dejar de comunicarse para poder tener el mismo sueño. 



Rilen y Nicolás estaba sentados en los sillones del salón. Nicolás miraba a su amigo preocupado, estaba sufriendo y no sabía que decirle. 

- Rilen, hay algo más que te preocupa, ¿verdad? – le dijo. 

- Si, lo he visto en la ciudad. – dijo pensativo. – Tengo miedo Nicolás, se que tiene mala intenciones, Aura y Alas pueden estar en peligro. 

- ¿De qué es capaz? – preguntó Nicolás asustado. 

- El me odia y quiere verme hundido y solo. – Rilen lo miró. 

- ¿Por qué te odia? No te veo capaz de hacerle daño a nadie. – Nicolás no podía entenderlo. 

- Al principio éramos buenos amigos, de pequeños estábamos siempre juntos y nos divertíamos. Siempre sacaba mejores notas que él y eso le hacía enfadar, pensé que era normal, los niños suelen competir. Un día conseguí por fin desbloquear mi mente y moví una piedra delante de él. Los dos lo intentábamos todos los días. Pero yo lo conseguí antes, el no tardó en poder hacerlo pero para entonces yo ya podía hacer muchas cosas más, como meterme en la mente de las personas, como Aura. Él actuaba de forma extraña conmigo, y leí su mente, me odiaba, estaba celoso y furioso, su mente es oscura, para mí fue como ver la mente de un asesino despiadado. Decidí que lo mejor sería distanciarme de él, irme lejos y seguir entrenando mi mente. Sentí que me haría la vida imposible si seguía siendo su amigo y después de ver como era realmente me alejé sin pensarlo, apenado porque había sido mi mejor amigo. 

- Pero supongo que te dejara tranquilo. – Nicolás se estaba asustando. 

- No, él quiere ser el mejor, siempre lo ha querido. A pasado mucho tiempo y ya no se de lo que es capaz. Sí se entera de que tengo dos hijos… no se… - Rilen no podía continuar. 

- No entiendo como puede existir gente así. – Nicolás decidió cambiar de tema. – Por ejemplo, yo soy un completo inútil al que le explotan cosas en la cara, mi mejor amigo es un hombre prodigioso al que todo le sale bien. – le sonrió. 

- No digas eso, tú eres un genio, un científico, tal vez el mejor del mundo. – Rilen se animó. 

- Aunque lo sea, siempre me explotan mis experimentos. – Nicolás estalló en carcajadas. 

- Bueno a mí me pueden hacer explotar mis peculiares hijos. – acompañó a su amigo riéndose. 

- Eso es verdad. – dijo llorando de la risa. 



El sol se filtraba por las cortinas de la habitación. Alas abrió los ojos y se levantó de golpe, había tenido un sueño divertido, Aura estaba a su lado y parecía estar bien. 

- Pequeña, despierta. – le susurró. 

- He soñado contigo. – le dijo adormecida. 

- Yo también, hemos soñado lo mismo. ¿Cómo te encuentras? 

- Bien, estoy bien. – Aura se sentía mejor, cuando le venían aquellas imágenes a la cabeza pensaba en su madre y se tranquilizaba. 

- Vamos levántate, estarán a punto de llegar. – dijo Alas animado. 

- Es verdad, vamos. – Aura se levantó de golpe. 

Los dos corrieron por la casa llamando a su padre. Rilen corrió hacia ellos asustado. 

- ¿Qué pasa? – les preguntó. 

- Hoy vienen, hoy vienen. – dijeron los dos mientras daban saltitos. 

- Ah, sí. – Rilen supuso que su madre se lo había dicho. 

- ¿Cuándo vendrán? ¿Tardarán mucho? ¿Sabes cómo son? – Aura y Alas no paraban de hacerle preguntas a su padre. 

- Parad, calmaos un poco hijos. – Rilen les hizo callar ya que no le dejaban ni pensar. – Están a punto de llegar, ¿Queréis que los esperemos fuera? 

- Sí, dinos como son. – dijo Aura. 

- Es una sorpresa. – Rilen le guiño un ojo, estaba feliz de ver a su hija tan animada. 

Todos salieron de la casa, Rilen y Nicolás se sentaron en un banco de piedra que había delante de una ventana. Los niños estaban dando vueltas inquietos. 

Escucharon como alguien se acercaba y Aura y Alas miraron forzando su vista. Lo primero que vieron fue un lobo grandísimo de pelo negro y ojos azules que andaba hacia a ellos con elegancia. Detrás de este había una tigresa mucho más grande, más grande que un tigre normal tenía los ojos del color de la piedra lapislázuli. Y al lado de esta andaba rítmicamente un gran caballo de color grisáceo y de ojos oscuros con una larga melena negra que ondeaba al viento. Se acercaron a ellos y se pararon a unos metros. Los niños se quedaron con la boca abierta, nunca habían visto a unos animales tan grandes y bonitos. Rilen se levantó e hizo una reverencia hacia ellos. 

- Bienvenidos. – les dijo con respeto. – Niños saludad. 

- Bien… bienvenidos. – Aura y Alas estaban alucinados. 

- Nuestro más cordial saludo. – Aura y Alas escucharon la voz del lobo en su cabeza. 

- Puedes hablar. – Aura estaba fascinada. – Los otros animales se comunican con nosotros con imágenes. 

- Aura, Alas, ellos son los guerreros del mundo animal, para los animales son como sus dioses, todos les obedecen y nunca serian capaces de atacarlos, nacieron el mismo día que vosotros pero muchísimos años antes. – les dijo Rilen. 

- ¿Papá tú también puedes escucharlos, y tú Nicolás? – preguntó Alas. 

- Sí, pueden escucharlos quien ellos quieran. – dijo Rilen. 

- ¿Cuáles son vuestros nombres? – preguntó Aura. 

- No tenemos ninguno, yo soy lobo, ella tigresa y el caballo. – dijo confundido. 

- ¿Por qué me tengo que llamar caballo? Suena mal. – dijo enfadado. 

- Porque eres un caballo. – le contestó el lobo. 

- Si queréis podemos poneros un nombre. – dijo Aura. 

- Sería un gran honor recibir un nombre vuestro. – dijo la tigresa su voz se parecía a la de la madre de Alas y Aura, era agradable. 

Aura se acercó al lobo, que era el que estaba más cerca levantó la mano para acariciarle pero se paro antes de hacerlo, no sabía si al animal le gustaría, este acercó su cabeza y dejó que lo acariciara, Aura le sonrió. Alas se aceró e hizo lo mismo. 

- Eres grande y muy fuerte, tu nombre será Guardián. ¿Te gusta? – le preguntó Aura. 

- Sí, es perfecto, seré tú guardián siempre. – Guardián estaba feliz le gustaban aquellos niños, eran puros y muy simpáticos. 

Aura se acercó a la tigresa la miró a los ojos, su mirada era muy maternal le recordaba a su madre. La tigresa se acercó a ella y apoyó su cabeza en la barriga de Aura mientras ronroneaba. 

- Eres una chica, por fin Aura tiene compañía. – dijo Alas. – ¿Lalzúli, te gusta? 

- Sí pequeño, nuestros ojos son muy parecidos. – Le gustó aquel nombre. 

Aura se acercó al caballo, era el animal que más le gustaba. El caballo se acercó a ella y la empujó con la cabeza Aura se cayó de espaldas al suelo. 

- Caballo ten más respeto son hijos de la Diosa. – Guardián se enfadó. 

Aura se quedó mirando al caballo fijamente a los ojos. No entendía porque había hecho eso, pero seguía gustándole. 

- Ayúdame a levantarme o te quedas sin nombre y te llamaré caballo gruñón. – Aura sonrió divertida. 

- Pequeña ten cuidado es un salvaje. – le dijo Lazúli. 

- Yo también. – dijo Aura. – ¿Me ayudas? 

El caballo sopló y se acercó a ella, agachó su cabeza y dejó que Aura se agarrara a su cuello. Cuando iba a levantarla Aura le mordió el cuello sin apretar. 

- ¡Venganza! – gritó divertida. 

- Aura, ¿Qué haces? – Rilen no entendía el comportamiento de su hija. 

- Kinos, eres el caballo más bonito del mundo. – le susurró Aura a la oreja. 

- ¿No me preguntas si me gusta el nombre? – le preguntó mientras la levantaba del suelo. 

- ¿Te gusta? – Aura sonrió con ternura. 

- Sí, mucho, pequeño bicho. – Kinos parecía divertirse con Aura. 

- Kinos has encontrado a alguien que te aguante. – dijo Guardián riéndose. 



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