sábado, 26 de mayo de 2012

Capítulo 5 Infancia


Estaba sentada en el suelo en medio de un frondoso bosque lleno de grandes árboles, el suelo estaba cubierto de moho, delante de ella una solitaria flor morada se movía  al son de la suave brisa. Aura acercó su pequeña mano y acarició los pétalos con mucho cuidado, miró a su alrededor y no encontró ninguna otra flor como esa. Se entristeció al pensar que aquella flor estaba sola.
-          ¡Pequeña! – la voz de un niño sonó a lo lejos.
-          Estoy aquí. – no le hizo falta gritar, sabía que su hermano la escucharía incluso si susurraba.
Alas apareció de un salto delante de ella, reacio a comportarse como un humano, siempre iba saltando de rama en rama por lo alto de los árboles.
-          Ten cuidado Alas, casi pisas la flor. – frunció el ceño.
-          La había visto y sabía que estabas pensando en ella. – Alas le sacó la lengua.
Aura lo miró con sus ojos de un vivo color verde claro y amarillo. Alas estaba plantado delante de ella con las manos en la cintura, dada su temprana edad aquella postura era demasiado graciosa y Aura no pudo contener la risa.
-          Papa está furioso, lo estoy escuchando remugar, dice que para tener cinco años somos demasiado traviesos y que no entendemos que somos pequeños para ir por ahí solos. – Sonrió divertido. – Sino vamos a casa pronto se enfadará más y mañana el entrenamiento será más largo.
-          Odio entrenar, tú siempre estás haciendo artes marciales y yo  solo me siento en el suelo como un indio para aprender a concentrarme. – dijo indignada.
-          ¿Vamos a casa? – le preguntó su hermano.
-          Si… pero. – Aura miró la flor con tristeza. – Que hacemos con ella, está sola en mitad del bosque, alguien podría pisarla.
-          No está sola. – Alas se agachó y apartó las hojas que envolvían a la flor, debajo de ellas había un pequeño brote. – Tiene una hermanita.
-          ¡Que bien! – Aura se alegró. – Pero es peligroso, casi ni se ven.
Alas le tocó la cabeza a Aura y le sonrió, se levantó de un salto y empezó a coger piedras, Aura percibió lo que estaba haciendo, ya que ambos podían comunicarse mentalmente, se levantó y lo imitó, cuando ya tenía suficientes  las colocaron  alrededor de las flores.
-          Que buena idea hermanito. – Aura se levantó y lo abrazó. – ¿Vamos a casa?
Alas miró al cielo, de su espalda se desprendieron miles de luces que formaron dos pequeñas alas azuladas. Dio unos pasos atrás separándose de Aura. Corrió hacia ella aleteando, la cogió en brazos y despegaron del suelo.
-          No. – pegó su cabeza contra la suya. – Esta apunto de esconderse el sol, vamos a verlo desde lo más alto.
Alas se elevó en el cielo dejando atrás los grandes árboles. Aura miraba el suelo impresionada le encantaba volar con su hermano, siguieron planeando hasta llegar al más alto de todos los robles, donde siempre iban para estar alejados de todo y se sentaron los dos juntos en una de sus fuertes ramas. El sol empezó a esconderse a lo lejos y todo se cubrió de un cálido color naranja, aquello era un maravilloso espectáculo y los dos se quedaron callados observando. Aura apoyó la cabeza en el hombro de su hermano y este la rodeó con el brazo. Ambos sintieron que eran los más felices del mundo, no les hizo falta hablar ya que compartían los sentimientos y los pensamientos. Podían saber exactamente como se sentía el otro, si Aura estaba triste o decaída Alas lo sabía casi antes que ella, y siempre conseguía animarla con una de sus divertidas travesuras. Cuando Alas estaba triste Aura solo tenía que abrazarlo, era como un bálsamo para él.
El sol se escondió por completo dando paso a las mil estrellas que adornaron el cielo. Los dos se quedaron contemplando, tan solo con mirar al cielo eran felices y más si estaban juntos, la brisa les apartó el pelo enmarañado lleno de hojas secas y trozos de ramas enganchadas. Nunca se preocupaban por su higiene, más que niños parecían cachorros salvajes.
-          ¡ALAS, AURA! – Rilen gritaba los nombres de sus hijos que otra vez habían desaparecido. - ¿Dónde estarán? Seguramente me estén escuchando…
Rilen caminaba por el oscuro bosque iluminado por un pequeño farol redondo que colgaba de su mano, no era una vela, ya que la esfera brillaba por completo, parecía estar hecho del mismo material que su casa, piedra de luna. Rilen estaba enfadado con sus traviesos hijos pero al mismo tiempo preocupado por ellos. Sabía que estos podían valerse por si mismos pero a él le preocupaba algo más que ellos desconocían, sabía que pensaban que el bosque era seguro ya que por muy salvajes que fueran los animales se llevaban bien con ellos. Pero a Rilen  no le preocupaban los animales, eran los humanos de quien tenía miedo y en especial de uno de ellos.
Alas miró a Aura los dos se comunicaron en silencio decidieron bajar y darle un susto a su padre. Descendieron por las gruesas ramas como dos pequeños monos, esperaron a que Rilen estuviera justo debajo de ellos y cuando iban a saltar este los miró.
-          Soy vuestro padre. – dijo enfadado. – Puedo adivinar que vais a hacer en cada momento. A casa los dos, Nicolás a preparado la cena con todo su cariño y volveremos a comérnosla fría. Tenéis muy poco respeto, bajad de ahí de inmediato. – dijo serio pero sin levantar la voz.
Aura se sintió mal por lo que dijo su padre, esta vez se habían pasado, miró a Alas con los ojos tristes arrepentida, después miró a su padre con cara de pena.
-          Aura… - Rilen no podía soportar aquella carita. – Ni lo intentes, te has portado mal y estoy enfadado.
-          Lo siento papá. – Agachó la cabeza. – De verdad que lo siento.
-          ¿Alas, te vas a disculpar? – sabía que lo que estaba pidiendo era muy difícil.
-          Lo… - Alas no quería disculparse pero sintió a Aura. – Lo siento padre.
-          Cuando lleguemos a casa os disculpareis con Nicolás, ¿de acuerdo? – dijo mientras caminaba.
Los dos asintieron, y lo siguieron de camino a casa. Cuando se estaban acercando olieron la cena y a Aura le rugió el estomago. Alas era mucho más resistente y podía permanecer enérgico durante un día sin comer.
-          Se me acaba de ocurrir cual será vuestro castigo. – se giró y les miró el pelo enmarañado que a ambos les llegaba por los hombros. – Corte de pelo.- canturreó.
-          ¡No!. – Alas y Aura gritaron al mismo tiempo.
-          Sí, me temo que sí. – Rilen se giró sonriendo. – Y una buena ducha, oléis a tierra húmeda.
-          ¿Una ducha? – Alas se estremeció. – ¿Por qué?, estamos limpios.
-          ¿Estáis limpios? – Rilen se giró y le levantó un mechón de pelo a Alas.
Aura soltó una carcajada, sabía que su padre tenía razón, siempre tenía razón en todo y Alas siempre intentaba negárselo sin éxito. Por muy cabezota que fuera, su padre le ganaba con solo decirle dos frases.
Alas se cruzó de brazos y frunció el ceño, Aura le sonrió. Habían llegado a casa, de las grandes ventanas alargadas salía una cálida luz, vieron a Nicolás andando por dentro de un lado a otro, parecía preocupado. Las paredes que daban al exterior reflejaban un color azul, de ellas colgaban enredaderas con hojas en forma de flecha y unas lucecitas parpadeaban alrededor. Su estructura circular era extraña, las paredes tenían surcos como los de una montaña rocosa, era una casa muy luminosa ya que estaba rodeada de grandes ventanales con mosaicos abstractos de colores. A Aura le encantaba y siempre que la observaba se quedaba fascinada. Corrió hacia la entrada, quería disculparse cuanto antes, abrió la gruesa puerta de madera que estaba decorada con  finos y precisos surcos de formas florales. Nicolás se giró de inmediato y la miró aliviado.
-          Lo siento, lo siento, lo siento. – Aura lo repitió varias veces, realmente se sentía muy mal ya que le había pedido a Nicolás que le hiciera su comida preferida.
-          Ya, ya Aura. – Nicolás le acarició el pelo intentando tranquilizarla. – No pasa nada. Te perdono pequeña.
-          ¿Sí? – Aura lo miró con los ojos lagrimosos y seguidamente le saltó a los brazos. – Gracias tío Nicolás. – No era su tío biológico pero a Aura no le importaba.
-          Lo siento tío Nicolás. – Refunfuño Alas sin mirarlo.
-          A ti  no te perdono. – lo miró con  expresión seria.
-          ¿Por qué? – Alas lo miró sorprendido, aunque siempre intentaba hacerse el duro quería  a su padre y a su tío casi tanto como a Aura, solo que le gustaba hacerlos enfadar.
-          Es broma. – Nicolás empezó a reírse al ver la cara de asombro de Alas.
-          ¿Qué hacemos Nicolás, les damos una ducha? – Rilen le guiño el ojo, era el momento de su venganza. – Luego calentaremos la cena.
-          ¡No! – gritó Alas, no tenía mucha hambre pero odiaba bañarse, aunque al final siempre era divertido.
Rilen pasó por uno de los tres arcos de la entrada y entró a una amplia habitación, el techo era de cristal y por el se filtraba la luz de la luna, se dirigió a una pared y tocó una esfera igual que la que llevaba en el bosque esta  iluminó la habitación. En medio de la habitación había una gran bañera de piedra oscura con tres fuentes, hechas de un extraño material blanco nácar muy parecido al marfil. Estiró una pequeña palanca que había al lado de la bañera y de los grifos empezó a brotan agua. Se agachó delante de la bañera y pulsó un botón azul que había en el suelo, este servía para calentar el agua. Todo aquello había sido diseñado por Nicolás que era un gran inventor, toda la energía que necesitaba la casa la extraían de los vidrios de las ventanas y del techo que habían sido mezclados con materiales fotovoltaicos como el silicio, todo el cristal estaba conectado por finos hilos conductores, que se juntaban todos en el sótano y almacenaban la energía en una enorme piedra de la misma característica que las luces y los farolillos de la casa. En aquella habitación había un banco de la misma piedra rodeando tres de las cuatro paredes y en la cuarta pared una pila con una fuente igual que las de la bañera. Al poco tiempo el vapor inundó la habitación.
-          Niños, a la ducha. – dijo con dulzura.
Aura y Alas lo habían estado mirando todo el tiempo escondidos detrás de la pared  mientras asomaban sus cabecitas. No podían negar que tenían ganas de entrar y sumergirse dentro de la gran bañera, la primavera no había llegado y aunque siempre estaban en movimiento sus ropas eran cortas y finas, Alas iba sin camiseta, vestido con unos pantalones que solo le llegaban a las rodillas, y Aura llevaba una camiseta de seda larga y unos pantalones como los de su hermano, ambos iban descalzos.
Entraron corriendo mientras tiraban sus ropas por el aire, no tenían ningún reparo, el pantalón de Alas cayó en la cabeza de Rilen que bufó irritado. Siempre hacían lo mismo, eran unos niños con muy buen corazón pero le era imposible enseñarles modales ya que siempre estaban solos y no entendían porque tenían que comportarse de otra manera si les hacía sentir incómodos. Ambos saltaron dentro, el agua salpicó y chorreteó por los costados filtrándose por una rejilla que rodeaba toda la bañera, esta agua era conducida al jardín que tenían en el patio trasero. De esta forma la aprovechaban al máximo y tenían el baño limpio.
Rilen se quitó el pantalón de la cabeza resignado, cogió la ropa del suelo y la puso dentro de un cesto, se giró y miró a sus niños que no estaban hablando pensó que estarían comunicándose a su manera, eso le molestaba un poco, no era justo.
-          No hagáis eso niños. – dijo delicadamente, tampoco podía negárselo.
-          ¿Por qué? – Aura lo miró sonriendo.
-          Porque no saber lo que estáis tramando me pone nervioso. – guiño un ojo. – Si Alas dejara de hablar parecería un robot. – bromeó. – Y andaría así. – Rilen movió sus brazos mecánicamente imitando a un robot.
-          Aura creo que papá está loco. – Dijo riendo a carcajadas.
-          Si, más loco que el tío Nicolás. – bromeó con su hermano.
-          En el fondo del agua… - Rilen levantó una mano y puso la voz grave. – Algo estaba creciendo rápidamente, un remolino que giraba sobre si mismo tragando todo lo que había  a su alrededor…
-          ¡No! El remolino no… - dijeron los niños.
En el centro de la bañera el agua empezó a girar como si se estuviera vaciando, pero la cantidad de agua seguía siendo la misma. Se cogieron de las manos mirándose divertidos, el remolino creció y estos empezaron a dar vueltas dentro de la bañera riendo a carcajadas. Rilen movía la mano en círculos, tenía un gran poder mental que le permitía mover las cosas a su antojo. Se había pasado toda su vida entrenando su mente sin descanso para llegar a ser capaz de  controlar su entorno.
-          Venga niños poneos el pijama. – les dijo mientras paraba de mover el agua. – Y vamos a cenar que huele de maravilla.
Rilen se dirigió hasta la cocina que tenía una forma rectangular y muy alargada, con un gran banco de piedra clara y un extraño aparato mecánico que aguantaba una olla. Nicolás estaba terminando de calentar la cena, intentó coger la olla pero salto una chispa y se le chamuscó el flequillo.
-          Dichosa maquina. – dijo mientras se tocaba el flequillo. – ¿Por qué no puedo diseñar algo que no me ataque?
-          Porque pedrerías la gracia. – dijo Rilen riendo.
-          ¿Te parece gracioso? – frunció el ceño. – Deberías de estar preocupado, tus hijos viven en una casa hecha por mí, cualquier día volamos por los aires.
-          No lo creo, es la casa perfecta, deberías de estar orgulloso y dejar de lamentarte por tonterías.
-          Bueno… esto ya está listo. – dijo resignado. – Espero que esos gamberros no tarden mucho en venir porque empezaré sin ellos.
Ambos salieron de la cocina, llegaron al amplio salón y depositaron los platos y la olla encima de una gran mesa de piedra clara, en el otro lado del salón había un gran sofá azul rodeado de dos sillones del mismo color y delante de los muebles había, incrustada en la pared, una chimenea. El suelo también era de piedra del mismo color que las paredes solo que debajo de los sillones estaba cubierto por una gran alfombra roja con adornos dorados que  parecía sacada del mismo oriente.
Aura y Alas entraron correteando y riéndose, saltando por encima del sofá y los sillones, Rilen los miró enfadado, comprendía que eran especiales pero se estaban pasando.
-          ¡Niños! – les gritó. - ¿Queréis que me enfade de verdad? Tenéis que tener un poco de respeto ya que esos muebles no son solo vuestros.
Los niños bajaron de inmediato, a veces se les olvidaba que estaban dentro de casa, su padre tenía razón. Se disculparon y se sentaron en las sillas. Aura miró su plato, tenía muchísima hambre pero esperó a que todos tuvieran su comida. Rilen terminó de  poner los platos y se sentó. Empezaron a comer, Nicolás y Rilen estaban hablando de cosas que Aura y Alas no entendían muy bien, escucharon algo de una ciudad y se interesaron.
-          Papá, ¿Cómo es la ciudad? – Aura miró a su padre con los ojos bien abiertos.
-          No te gustaría pequeña. – Le sonrió con ternura. – Hay mucha gente.
-          ¿Hay niños? – preguntó Alas.
-          Sí pero no son como vosotros. – dijo Rilen.
-          Quiero ver la ciudad papá. – le dijo Aura y puso su cara para convencerle.
-          No te gustará Aura. – intentó convencerla.
-          Solo una vez. – su cara cada vez era más tierna y era difícil negarle algo.
-          No sé pequeña, no me parece buena idea. – Rilen tenía miedo de llevarlos allí y estaba seguro de que no les iba a gustar. – ¿Qué dices Nicolás?
-          Bueno… si ellos vienen podemos ir los dos así aprovechamos el viaje y lo hacemos todo de un tirón. – dijo Nicolás.
-          Está bien. – seguía pareciéndole mala idea. Pero Nicolás tenía razón. – Pero cuando volvamos seguiréis con vuestro entrenamiento. Aura, espero que mañana me sorprendas y al fin logres concentrarte.
Aura lo miró sonriendo, solo llegó a concentrarse una vez pero se desoriento y casi hizo volar la casa, tenía miedo de lo que podía llegar a hacer por eso nunca podía concentrarse. En cambio para Alas era más fácil se concentraba con facilidad, aunque su entrenamiento era más duro ya que no paraba de moverse y esquivar cosas que su padre hacia volar en su dirección. Rilen conocía perfectamente a sus hijos y sabia que se le daba mejor a cada uno, aunque con Aura lo tenía más difícil, ya que su mente era complicada y al tiempo que iba creciendo tenía más y más poder que ella misma temía, no quería hacerle daño a nadie… se parecía mucho a su madre.
Terminaron de comer Aura y Alas se hablaron telepáticamente, al parecer a su padre se le había olvidado cortarles el pelo. Estaban limpiando la mesa riendo mientras miraban a su padre de reojo.
La mesa ya estaba limpia y Rilen se sentó exhausto en  medio del sofá estiró sus brazos y sus piernas, algo le rondaba la cabeza. Seguía pareciéndole mala idea llevar a sus hijos a la ciudad, además de ello, tenía que decirles como se tenían que comportar, el niño no podía mostrar sus alas y tenía que ponerse una camiseta, y Aura… bueno con ella lo tenía  más fácil, el único problema eran sus ojos de colores intensos, por otra parte, los pelos que llevaban. Ya era tarde y todavía tenía que cortarles el pelo. Los niños se sentaron uno a cada lado de él, sabían que su comportamiento de ese día no había sido muy bueno y lo abrazaron sin decir nada.
-          No creáis que se me ha olvidado. – Rilen les alboroto el cabello. - ¿Quién quiere ser el primero?
-          Alas, me lo ha dicho mentalmente. – Aura le sacó la lengua a su hermano.
-          Pequeña… - arrugó la nariz. – Me has fallado.
-          Tranquilo hermanito quiero llevar el pelo como tú. – le sonrió.
-          De eso nada. – Rilen suspiró, otra vez tenía que lidiar con ellos. – Aura tú eres una niña y Alas un niño, no podéis llevar el mismo peinado, si no fuera por vuestros ojos seriáis iguales.
-          Papa… - Aura se entristeció. – Por favor, yo quiero llevar el mismo pelo que Alas.
-          A ver, tiene que haber una solución. – Rilen se tocó la barba pensativo.
-          ¡Ya lo tengo! – Aura había tenido una gran idea aunque a su padre seguiría sin gustarle. – Déjame un mechón de pelo más largo, a un lado.
-          ¿Enserio Aura? – Rilen se rindió. – Está bien, de todas formas destacareis cuando os lleve a la ciudad…
Los niños se miraron felices, Alas cogió una silla y se sentó dejando a un lado el respaldo para que su padre pudiera cortarle el pelo más cómodamente. Rilen le cubrió la espalda con una toalla, cogió las tijeras y empezó a cortar mientras Aura le daba instrucciones de cómo lo querían.
Terminó de cortarle el pelo a Alas y Aura ocupó su lugar, de nuevo, Rilen recibía instrucciones de sus hijos.
Por fin terminó la sesión de peluquería, iba a recoger cuando Nicolás se le adelantó y le dijo que descansara un poco, se sentó en el sofá en el mismo sitio que antes. Aura y Alas se miraban el uno a otro, aparte de poder hablarse telepáticamente podían construir imágenes en sus cabezas y transmitirlas, por lo que, no les hizo falta mirarse en  un espejo. Estaban contentos, su padre les había hecho caso en todo.
-          A ver, venid aquí que os mire. – dijo Rilen desde el sillón.
Los niños se acercaron y se quedaron quietos delante de él. Parecían otros, a Alas se le veía la cara que antes llevaba escondida entre la maraña de pelo, sus ojos azul eléctrico destacaban, su carita era dulce aunque siempre estaba muy serio. Miró a Aura que estaba sonriéndole, para él, era la niña más bonita del mundo, le había dejado el pelo por debajo de las orejas igual que a su hermano, lo tenían ondulado y se les acoplaba a la cara de forma sutil, le quedaba bien el pelo corto, al igual que a Alas, ahora se les podían ver los ojos. Rilen los miraba feliz, deseaba que su madre pudiera estar con ellos y ver lo encantadores que eran… aunque tal vez los estaba viendo.

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